Domingo, 29.03.2020 - 21:53 h
Telediaria

Oscar 2020: Joker a salvar la crisis de una ceremonia de entrega de premios

Los Oscar 2020 repiten sin maestro de ceremonias. La Academia de Hollywood intenta reinventar sus premios y creen que, de momento, no necesitan presentador, ya que en 2019 sin un cabeza de cartel frenaron sus cuatro años de pérdida de audiencia. ¿Qué sucederá este domingo?

La maratoniana gala también pasa factura a sus propios inventores, los norteamericanos: el público tiene más oferta audiovisual que nunca y, por tanto, cuenta con menos paciencia que antaño. Hay que intentar que el show sea más imprevisible para que la atención de los espectadores no decaiga. Así que los organizadores de los Oscars han pensado que, mejor que un presentador,  que vayan apareciendo en escena por sorpresa diferentes estrellas del cine.  Esa coralidad es la que ahora articula el sarao.

Porque los Oscars siempre ha comprendido con maestría que los grandes protagonistas del espectáculo están en el patio de butacas del lugar en el que se celebra el sarao. De hecho, el acierto inteligente de las galas dirigidas por Ellen DeGeneres (2006 y 2014) fue transformar el teatro en un plató de televisión en el que, como en su show, recaía gran parte del protagonismo en el público. Un público que, aquí, son las grandes estrellas del imaginario colectivo mundial por obra y gracia del cine. Aliciente irresistible. 

De esta forma, los estadounidenses siempre han tenido claro que para promocionar su cine es crucial proyectar telegénicamente a esas estrellas, sus estrellas. Por eso mismo, miman estas galas de autobombo en las que se crea una postal de triunfo del celuloide a través del glamour. 

Pero no basta con una alfombra roja y unos premios para que el show despierte el interés general: cuando empieza la emisión hay que hacer creer a la audiencia que asisten a un gran e irrepetible acontecimiento en directo. Si no lo ves, no tendrás nada de qué hablar en las próximas horas. En la búsqueda de esa catarsis colectiva es fundamental un gran número de inicio que no genere indiferencia: con mucha pompa, coreografía imposible si es necesaria y un toque de nostalgia. Siempre infalible. 

Así, en los primeros minutos, se crea una atmósfera de apabullante show con una acción estelar -ya sea un musical, minipelícula o las dos cosas juntas- que, después, se debe redondear con una presentación rápida que bebe de la corrosión del monólogo teatral. Es decir, un poco de mala leche identificable por parte del público. La mordacidad de la comedia es el más sabroso puré en el que incorporar todos los datos protocolarios que, en el caso de los Oscar, explican el cine del año y contextualizan lo que va a acontecer en la gala. Estos datos si fueran recitados en televisión de otra forma podrían ser densos e invitar a cambiar de canal. La ironía inteligente y comprometida salva la tele porque implica al público, no lo tutela. Y de eso van los Oscar, y la tele, y el cine: de implicar.

Con este arranque, ya está lista la gala para andar. No hay que dar más rodeos. Sólo dejar que los premiados hagan suyo el espectáculo. Son los grandes protagonistas. Antes, eso sí, hay que explicar a los nominados más novatos algunas instrucciones de uso de las estatuillas: sólo disponen de 40 segundos para dar las gracias y que si quieren trascender por la televisión es mejor contar algún aprendizaje, anécdota, lucha, sensibilidad o curiosidad de su experiencia con la película que aporte al espectador e invite a descubrir su trabajo. No nombrar a toda la familia. Este detalle se nos olvidó a los españoles en los últimos Goya...

La relevancia de las galas de estas características va estrechamente unida al interés que han despertado sus nominados en los últimos meses. Los Oscars dependen en gran medida de la influencia de sus premiados. De ahí que ya se pueda pronosticar sin titubear que Joker será el gran protagonista de la noche del próximo domingo. Es más, una película que ha calado tanto socialmente será reclamo para que la ceremonia destaque en repercusión y en la evaluación final de los audímetros.

Pero para destacar en ese examen de las audiencias, los creadores de la televisión norteamericana también tienen muy interiorizado que se necesita crear un momento disrruptivo cuando más allá de la mitad de la ceremonia el interés del espectador decae. Ahí se suele planificar un gag muy pensado. Ellen DeGeneres, como hábil utilizadora de las redes sociales, organizó el selfie más viral. Ha sido el más sublime sketch disrruptivo de la historia de los Oscars. Lo tenía todo: utilizó al poderoso star system del patio de butacas e hizo al público partícipe del momento a través del millonario retuiteo en las redes sociales. También, en esa noche, Ellen pidió pizzas en directo, ya se sabe en estas largas ceremonias se pasa mucho hambre...

Con estos pequeños giros televisivos, se crean puntos de inflexión de guion que sirven para que el desfile de premiados coja aire y el prime time continúe sin perder ese nervio de evento especial en el que pasan situaciones estimulantes. ¿Con qué nos sorprenderán estos Oscars? Los creadores ya habrán estructurado unos creativos golpes de efecto que sirvan de mullidito colchón que acoja, envuelva, abrace y deje fluir la incontrolable emoción de los premiados... y Joker.

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