Martes, 13.11.2018 - 17:57 h
Telediaria

Por qué 'Sálvame' no debe coger nunca vacaciones 

Llegó en 2009 y, desde entonces, no ha parado ni por vacaciones de verano su emisión. De hecho, no puede parar su emisión. Sálvame se ha convertido en un rentable pilar estructural de la programación de Telecinco. Cada tarde, apuntala con competitivos datos de audiencia cuatro horas de la parrilla de la cadena de Mediaset con un contenido que es fácil de producir. Sólo basta con los dimes y diretes de unos colaboradores que discuten, se emocionan y, sobre todo, acompañan a un espectador que no necesita prestar excesiva atención a su televisor. Conectes cuando conectes, es sencillo comprender lo que sucede en el plató de Sálvame.

Casi una década en la que la máquina de Sálvame no se ha parado. No ha descansado. El programa funciona independientemente de la persona que lo presente, ya sea Jorge Javier Vázquez, Paz Padilla, Carlota Corredera, Nuria Marín o quien se tercie. Porque da igual el nombre de quien lo presente. En Sálvame el protagonista hace tiempo que es Sálvame, un lugar de discusiones de patio de vecinos con famosos que son terrenalizados, porque sufren como cualquiera. Y lo cuentan intensamente. Un culebrón, al estilo de Los Ricos también lloran, pero llevado a la realidad de un plató muy iluminado aunque, en el fondo, cutre. Como el patio de vecinos que representa. 

Un plató en el que no pasa nada por coger el móvil en directo -puede ser una exclusiva, claro-, en el que no pasa nada por comer en directo -la tarde es larga, claro- y en el que no pasa nada por levantarse e irse por los pasillos de Telecinco -que están bien preparados para seguir al tertuliano de turno si necesita escaparse, claro-.

Un universo el que ha construido Sálvame, enormemente característico, que no puede parar, pues representa la decadencia de un tipo de personaje que si el programa se toma un descanso, parecerá un show viejo. O, lo que es peor, un formato desfasado.

Porque el éxito de Sálvame ha estado en transformar en surrealismo las miserias de unas generaciones que interiorizaron que podían vivir de los talonarios de las exclusivas. Da igual que fuera criticando, sin demasiada ética, a otro rostro popular. De igual que fuera acorralándolo, en directo, a un invitado en un plató. Una forma de entender el cotilleo en decadencia que Sálvame ha sabido aprovechar, reinventar y hasta reírse de su forma de actuar.

Pero si Sálvame se toma vacaciones el propio Sálvame será antiguo. Porque la audiencia vive una transición que todavía las cadenas no logran discernir en qué tipo de contenidos desembocará. Lo que sí saben es que si te esfumas, puedes perder tu sitio. Porque Sálvame no es un colaborador al que, después, puedes hacer un recibimiento por todo lo alto, Sálvame es un contenedor que vive del surrealismo de su propia inercia. Parar la máquina será demostrar que ya es pasado, que ya no es para tanto, que ya incluso satura, que no produce ni nostalgia, que ya pasó su tiempo porque si se va su público no lo echará de menos.

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