Jueves, 09.04.2020 - 20:03 h
Telediaria

¿Por qué 'Sánchez y Carbonell' es un programa vital para La 2 de TVE?

No son buenos tiempos para entender el binomio que forman cultura y televisión. Quizá porque vivimos en la era de la simplificación de la realidad, y eso lleva a los directivos televisivos a pensarse catorce veces cualquier atisbo de riesgo. No vaya ser que el contenido moleste a alguien. No vaya a ser que el espectador no sintonice con el canal porque no entiende lo que ve.

Error. Se nos está olvidando por completo que el gran valor de la televisión no es reconocerlo y entenderlo todo. No es escuchar canciones que ya conoces. No es asistir todo el rato a los mismos entrevistados porque son los famosos que están en todas partes de promoción. Al contrario, el gran superpoder de la pantalla es descubrir, desafiar, estimular, pillarnos por sorpresa. La mejor televisión es la que nos inspira abriendo paso a los referentes que están y, sin embargo, a veces no se les ve. Por eso mismo, en los últimos tiempos, TVE ha ido viajando hacia el agujero negro de la invisibilidad, especialmente La 2. La cadena se ha quedado en un bucle de contenidos, como si existiera cierto miedo a lo nuevo o a arropar a la pluralidad de talentos desconocidos, precisamente cuando su función como cadena pública y sin publicidad debe ser marcar una valiente e innovadora alternativa a los operadores privados, más atados a los imperativos del mercado. Pero, por suerte para la sociedad, la cadena pública aún no ha sido absorbida del todo por ese agujero negro.

¿Cómo luchar contra esta invisiblidad? Volviendo a ser referente, intentando asentar una programación creativa y con cierta osadía. Que no se parezca a nadie, que sólo se parezca a La 2. ¿Y cómo se logra este reto en un canal cultural como La 2 en 2020? El gran problema que ha tenido la segunda cadena en la última década es que su programación ha elegido la opción del programa enlatado y atemporal. Del documental que no se sabe si se ha grabado este año o en 2010 a un contenedor de cine que atascó durante años todo el prime time, con cine que no se elegía tanto en función de su calidad sino que se compró al peso. Faltó equilibrar la diversidad, sobre todo porque prácticamente se olvidó el apoyo y la visibilización del cine que habla del hoy, de nuestro presente.

Y la televisión pública ha de ser valiente para retratar su tiempo, aprendiendo de su pasado. Es la única manera de vislumbrar el futuro: documentar el presente desde el entretenimiento para las generaciones que vendrán y estimular la creatividad social con el arte escondido en nuestro off cultural. Un arte que, paradójicamente, es difícil de conocer en una época en la que hay tanta oferta de contenidos disponibles, donde sólo sobreviven aquellos que cuentan con inversión para marketing o están apoyados por una gran televisión privada. Porque la publicidad y los dos grandes grupos de comunicación televisivos privados son los que tienen el poder para marcar la agenda cultural de lo que queremos ver o no. El resto casi no existe. Nos creemos libres para elegir, pero nos estamos perdiendo mucho. Y mucho interesante.

Ahí debería encontrar su hueco y su voz TVE: como plataforma decisiva para mostrar lo que otros no acogen porque se sale de los cánones de lo popular. Pero para trascender con un formato cultural hay que ser valiente en forma y fondo. De ahí que triunfe, por ejemplo, 'Cachitos de hierro y cromo': su montaje es osado, sus rótulos inteligentemente mordaces y ha contado con tiempo suficiente para darse a conocer, asentarse y crecer. El éxito de 'Cachitos' está en que enriquece lo mejor y lo peor del ingenioso archivo de TVE con un tono subversivo, nada condescendiente y con ideales, a diferencia de casi todo el resto de la programación diurna actual de la televisión pública, que pasa desapercibida porque huye de la autoría.

Pero, en tiempos de la televisión bajo demanda, para que La 2 vuelva a destacar y calar socialmente, necesita un epicentro en el que la cultura ebulla. Un epicentro donde el arte encuentre un atractivo escaparate. Mejor aún si es en un vibrante directo, porque sólo la producción propia viva salvará el canal. Ahí, si tiene margen para consolidarse, está resultando vital la función de 'Sánchez y Carbonell', el gran magacine en directo que Elena Sánchez y Pablo Carbonell conducen los jueves en prime time. Noche de por sí muy complicada, porque TVE decide competir con TVE: ya que también emite 'Cuéntame', serie que comparte un target de público similar al de 'Sánchez y Carbonell', que continúa la estela de 'Alaska y Segura'.

Dirigido por uno de los más característicos autores de la modernidad televisiva, Santiago Tabernero ('Versión Española', 'Carta Blanca'), 'Sánchez y Carbonell' transforma el nuevo estudio 6 de Prado del Rey en un cabaret  en el que todo puede pasar. Así La 2 se nutre de la energía del directo tras años como desordenado contenedor de formatos grabados y crea un acontecimiento identitario único, pues no es posible en ningún otro canal.  El programa sabe que generar un evento especial es una virtud y hace partícipe al público de un espectáculo en el que cualquier ingrediente es posible. Y la audiencia siente que asiste a algo especial a través de una experiencia que recupera la teatralidad clásica de la televisión.

De hecho, el plató está compuesto por un juego de triángulos escénicos que recuerdan la importancia de la puesta en escena en la televisión. En pleno boom de las pantallas de leds como solución comodín a cualquier dirección artística, Tabernero apuesta por el atrezo tangible como mejor arma para crear icónicas atmósferas irrepetibles. 'Sánchez y Carbonell' intenta contar cada historia con un envoltorio visual aplastante que la impulsa. También atreviéndose a recuperar el teatro en televisión, siendo el primer programa con una compañía estable, 'La Joven'. Pero no lo hace como los vetustos 'Estudio 1', sino con la gracia del directo con público. Fuera decorados artificiosos, la pequeña representación se envuelve por el propio bullicio de los asistentes al programa que rodean con su presencia en el plató a estas microobras que hablan de los temas que están en la calle: la indignación de las redes, el machismo, el acoso...

La propuesta de miniteatro en un estudio de televisión es valiosísima, porque, tenga más o menos audiencia hoy, contiene una riqueza documental aplastante para mañana. Es la típica píldora que nos documenta a través de TVE y se verá más en el futuro que en el presente. Además, como es breve, se puede consumir en el visionado conjunto del programa o fragmentada con sólo un clic en el bajo demanda. Lo que supone más repercusión para el canal: 'Sánchez y Carbonell' se puede ver en directo en la tele tradicional o, por partes, en las nuevas ventanas de consumo. Y esto invita a que otros públicos descubran el formato a posteriori. Y vuelvan a La 2. O directamente conozcan La 2 como productora de contenidos que se salen de lo común y que hablan de lo que nos ocupa a través de la imaginación televisiva.

No sólo con el teatro, todo el programa es un estético entramado de microhistorias que se van complementando y desengrasando entre sí, como ya hacía antaño 'La bola de cristal' -compuesto por píldoras que experimentaban constantemente con la forma de narrar-, pero también incorporando una peculiar mezcla del espíritu en directo de emblemáticos espacios como 'La edad de oro' de Paloma Chamorro -el arte viaja a implosionar en las tripas de la tele-, 'Directísimo' de José María Íñigo -se entrevista a referentes, conocidos o no, que no siempre son entrevistados en la tele- y 'Viva el espectáculo' con Concha Velasco -el público celebra alrededor del escenario de un cabaret imprevisible y sin snobismos artísticos.-. 'Sánchez y Carbonell' aprende de la modernidad de antaño y la incorpora a la vanguardia artística y televisiva de hoy.

Cada entrega de 'Sánchez y Carbonell' se arma con un tema que hila con fluidez la escaleta y nos define como sociedad. La dictadura de la felicidad, el fin del mundo, amor en tiempos de Tinder, el 'barrionalismo'... Temas sin trinchera, que se presentan con un irónico e ingenioso punto crítico que hace reflexionar. Porque esa es la mejor televisión: la que nos entretiene inspirándonos e incluso cuestionándonos nuestras realidades.

'Sánchez y Carbonell' lo consigue y lo conseguirá aún más si tiene tiempo para afianzar en la parrilla una alternativa estable que permita conocer a los nuevos referentes de la cultura. Pero de toda la cultura. 'SyC' no se queda en los manoseados artistas superventas y cuenta con la habilidad de abrir TVE a la diversidad de creadores y divulgadores con mucho que transmitir en la tele e incluso transmitirlo de muchas formas creativas. Y hacerlo sin pavor al audímetro. Porque, al final, el servicio público de La 2 no se mide sólo en curvas de audiencia. TVE necesita ser influyente. La cadena pública será protagonista destacada o no de la España que viene dependiendo del aporte social que alcance su producción y la habilidad para diferenciarse del resto de operadores por la capacidad de radiografiar con carácter, inventiva, atrevimiento, sensatez y autoría lo que somos, mucho más allá de ir a rebufo de las tendencias 'mainstream' que ya pueblan de forma clónica toda la frenética tele comercial -y convencional-  de hoy. 

'Sánchez y Carbonell' ha de ser ese engranaje que pone en el mapa una segunda cadena viva y relevante, porque no sólo asiste a la cultura, si no que la cobija, la cuida, la baila. El entretenimiento puede ser útil y La 2 con espectáculos en directo como este volverá a ser referente, sobre todo si interioriza que su batalla no está en lograr una milésima más o menos de cuota de pantalla, para eso están otros canales. La 2 no es una cadena que deba luchar por el efímero resultado de audiencia del día después. Su misión es otra: luchar por la excelencia. La excelencia que deja huellas de su tiempo en el tiempo, que serán recorridas por otros en el futuro.

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