En perspectiva

¿Qué apostamos?, cuando la televisión se tomaba su tiempo para atraer al público

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RTVE

Más de tres minutos duraba el comienzo del mítico concurso ¿Qué apostamos?, una eternidad para la televisión de hoy. La pegadiza sintonía se tomaba su tiempo para sumergir al público en el tono de celebración que merecía un gran formato de estas características, donde se retaba la maña nacional.

Pero para que el show no fuera una desordenada sucesión de peculiares pruebas sin ningún nexo en común, la dinámica del espectáculo estaba bien planteada. Primero hubo que construir una gran carpa en Prado del Rey para acoger las apuestas, pues algunas requerían mucho espacio y el plató más grande de la cadena en los Estudios Buñuel aún estaba ocupado por el 'Un, dos, tres...'. Y ya que se levantaba tal instalación se decidió comunicar la carpa al país como plató emblemático. No era un estudio de televisión cualquiera, era un lugar único. Así se diseñó una escenografía característica, muy colorista y muy luminosa, para atrapar la fantasía de toda la familia. Incluidos los niños.

En su interior, la propia carpa atesoraba un juego de telones y puertas teatrales para dar más profundidad al set. Los presentadores tardaban en recorrer el decorado. Así el espacio daba la sensación de ser aún más grande y glamouroso de lo que realmente era.

Cantando y caminando, caminando mucho, Ramón García y Ana Obregón aparecían en escena con una liturgia escénica ideada para proyectar más su aureola de grandes estrellas. Pero no de divas. Pues no bailaban del todo bien, eran imperfectos. Como el propio espectador. En todo este rato, el guion lograba que se fueran sumando adeptos a La 1 a través de la cercanía de la travesura.

Así cada comienzo de la primera temporada de ‘Qué apostamos’ planteaba un sketch antes de la reconocible sintonía. A menudo, el gag introductorio se realizaba fuera del plató. Para transmitir esa complejidad del show. De hecho, el primer programa Ana y Ramontxu aparecieron en lo alto de una grúa. Abajo, muy abajo, se divisaba iluminada la nueva carpa. Fue toda una presentación de personajes. Ana tranquilizando a un Ramón asustado, como un niño, desde las alturas.

Estos gags iniciales eran sencillos pero eficaces. Y es que servían como avanzadilla para ir crear el efecto llamada de nuevos espectadores y marcar en el ojo del espectador la percepción de show vivo e imprevisible. A diferencia de la televisión predominante en estos últimos años, no se corría a empezar para que el público no cambie de canal y se arrancaba contextualizando la atmósfera del show en tres pasos: planteamiento de conflicto cómico entre los presentadores, paso a una pegadiza sintonía para inyectar el compás de fiesta entretenida y, finalmente, entrada en el estudio al ritmo de la música para ubicar al público en la fantasía de una noche en la que todo podía pasar. Es más, se retaba al propio público a ayudar a los presentadores en una apuesta. Sólo había que ir hasta la carpa durante la emisión con lo que desafiara el apostador. Resultado: había que quedarse hasta el final para ver si aparecía la gente suficiente con, por ejemplo, un modelo de avión de aeromodelismo -en la primera emisión- y, entonces, se tenía que mojar Ana o Ramón dentro de una ducha que también entraba moviéndose por el plató al compás de la música. La magia de la travesura estaba planteada de principio a fin. No sólo era una sucesión de apuestas, era una colorista fiesta en familia.

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