Jueves, 27.02.2020 - 15:33 h
Telediaria

El contenedor documental 'Sense Ficció' de TV3 ha entrevistado para su último reportaje a Jordi Pujol. El 'president' ha vuelto por un instante a la que fue tantos años su televisión autonómica, después denominada como reclamo publicitario con el subtítulo de 'televisión nacional de Catalunya'. Es la segunda ver que participa en un formato informativo del canal en sólo unas semanas. También ha sido entrevistado en el emblemático '30 minuts'. En el primer y último caso, para hablar de los Mossos. En el segundo, para apuntar sobre el 0,7%. No confundir con el 3%. El 0,7% se refiere a la cooperación internacional para el desarrollo. Y de cooperación internacional quizá hay otros referentes más reales que Jordi Pujol.

Porque Pujol siempre aparece en TV3 como la aparición estelar de la venerable autoridad. Su discurso tiene interés como presidente tantos y tantos años de la Generalitat, sí. Pero el problema surge cuando no existe ni rastro de programas de estas características dedicados al gigante caso de corrupción en el que Pujol y su familia están implicados.

Ninguna entrevistas incisiva a Pujol al respecto del 3%. En TV3 a Pujol se le trata prácticamente y exclusivamente como un honorable sabio de Estado. Lo que define muy bien en qué se ha ido transformando la televisión pública catalana.

En su programación, TV3 ha ido incorporado una ingeniería de terminología sutil, que afianza en la sociedad un sentimiento de diferencia respecto al resto de España. Por ejemplo, el primer paso visible a nivel terminológico fue empezar a llamar desde sus espacios al Gobierno Central como Gobierno Español

España versus Cataluña, como dos todos diferentes. Incluso España vista con cierta equivalencia a corrupción y opresión, mientras que a Cataluña se otorga cierta correspondencia con una entrañable prosperidad más poética. No es nada nuevo, viene cultivándose desde hace años desde la cadena.

Y, claro, esta percepción que se ha construido a fuego lento con una naturalidad aplastante salta por los aires si se trata la realidad del caso Pujol con profundidad. Mejor, quizá, seguir tirando de él para aprovechar sus experiencias en amables labores cotidianas de honorable president. 

Las alegorías del lenguaje y la épica de la imagen han servido como eficaz herramienta de los nacionalistas catalanes para hacer cuajar socialmente los mensajes de una forma sencilla desde la televisión, como realiza cualquier campaña publicitaria que repite consignas a las que, a primera vista, es complicado no rendirse. Se promueven proclamas en emisión como "Democracia por encima de la Ley" o "derecho a decidir" cuando, en realidad, en este caso, la expresión más rigurosa sería decir "derecho de autodeterminación".

Detalles que se han ido tatuando, sin demasiadas fisuras, en un lenguaje cotidiano que funciona a la perfección y que se abre camino en unos medios que se han contagiado emocionalmente de estas mismas proclamas. Incluso por sus propios periodistas. La pasión ha terminado engulliendo a la esencia del periodismo: sosegado, obstinado, comprobado, equilibrado y con resistencia a los mecanismos de la ira. Un hecho que también ha sucedido en el Reino Unido con el apoyo favorable al Brexit.

TV3 sigue siendo una factoría audiovisual de producciones con gran valor de modernidad. Pero, cuidado, se va alejando de aquellos tiempos en los que fue referente de televisión sensible, cercana e innovadora. Tiempos en los que supo crear una alternativa audiovisual aplastante. No sólo informativa, especialmente creativa. Reflejó la diversidad de Cataluña a través de sus ingeniosos y osados programas y series. Hablaban el lenguaje de la calle. De todas las calles. Pero, paradójicamente, la intensidad del movimiento en busca de la independencia de Cataluña ha propiciado que TV3 pierda su verdadera independencia. 

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