Domingo, 19.08.2018 - 12:12 h
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El barco Aquarius y el nuevo Faro de Alejandría... para las mafias

Desde que cayó el régimen de Gadaffi en 2011, Libia está bajo el control de milicias armadas y de terroristas. Para financiarse emplean toda clase de cosas: drogas, armas y por supuesto, migrantes. A estos últimos los envían a Italia, que es el país europeo continental más cercano, a los cuales les hacen pagar cada billete a precio de oro.

Algunos de esos migrantes proceden de lugares lejanos como Somalia o Eritrea, considerados unos de los países más pobres del mundo, sometidos a las luchas de los señores de la guerra. Cada migrante viaja durante días y, al final, paga cientos o miles de dólares o euros a las mafias para que les consigan un sitio en un barco con destino a Europa. Son los ahorros de toda su vida. Mientras esperan, todo lo que consumen se paga a precios desorbitados. Una hogaza de pan, 15 dólares. Una botella de agua, cuatro dólares, según confesaba un refugiado eritreo a la publicación italiana L’Indro. Les tratan como esclavos.

Cuando embarcan en lanchas, chalupas o barcos, lo único seguro es que tienen a sus pies todo el mar y en el horizonte quizá aparezca Italia. Algunas ONG les facilitan barcos en mejores condiciones para que el mar no sea su tumba. En 2015 llegaron a Italia más de 150.000 refugiados de África y del conflicto de Siria. En 2016, fueron 180.000, y en 2017, fueron casi 120.000 según datos de Naciones Unidas. España recibió entre un 10 y un 15% de esa cifra.

Los que tienen suerte de llegar a Italia son acogidos por organizaciones como Emergenzia Nord Africa, que cuenta con un presupuesto considerable. ¿Qué pasa con estos refugiados que logran pisar Europa?

Unos transitan de país en país hasta recalar en Alemania, Francia, Dinamarca, Suecia o Reino Unido. Van allí atraídos por otros migrantes o por las historias que escuchan. Unos encuentran trabajo y hasta prosperan, pero la mayoría se tiene que conformar con estar en la escala más baja de la sociedad, con empleos basura y mal pagados.

Comparado con lo que han sufrido en su tierra, es casi una bendición porque gozan de las ventajas sociales de los sistemas europeos, o de tranquilidad. Algunas mujeres acaban víctimas de redes de prostitución. Otros refugiados son repatriados.

Lo que está claro son dos cosas: la primera es que la crisis de los migrantes y los refugiados no se ha solucionado. Los países de origen de los refugiados están en guerras como Siria, o los habitantes son victimas de bandas armadas y grupos terroristas, como Nigeria con Boko Haram.

La segunda es que el impacto en las sociedades europeas se manifiesta tarde o temprano en las urnas. Parte de los ciudadanos europeos, atemorizados por la llegada masiva de inmigrantes, opina con el voto. Una de las razones por las que los británicos votaron salirse de la UE fue para que no siguieran entrando más inmigrantes.

Muchos europeos votan a partidos anti-inmigracionistas, como ha sucedido con Alternative für Deutschland en Alemania, que consiguió 90 escaños en el Bundestag, el 13% de los votos. Alemania es sin duda el país que más inmigrantes ha acogido. En Italia, La liga Norte, partido anti-inmigracionista, ha formado una extraña coalición con el Movimiento 5 Estrellas y ahora gobierna ese país. Una de sus primeras medidas ha sido impedir la entrada del barco Aquarius, con 629 refugiados.

En Dinamarca, los legisladores aprueban leyes contra los inmigrantes, como prohibirles llevar el hiyab (velo) en las calles. En Austria, el nuevo gobierno formado por conservadores y extremistas de derecha tiene una clara política de no dejar pasar a más inmigrantes. En Francia, no lo olvidemos, el partido más votado en las pasadas elecciones fue el de Marine Le Pen, que propone cerrar la puerta a los inmigrantes.

Los países europeos se gastan millones de euros en ayudas a los gobiernos norafricanos para que solucionen el problema allí, y para que eviten el flujo de refugiados. El problema se ha atenuado, pero no se ha solucionado por la sencilla razón que la mayor parte de los países al norte y al sur del Sahara son, por decirlo claramente, un desastre. España ahora parece dispuesta a acoger más inmigrantes. Desde el gobierno vasco, al catalán pasando por el de Madrid y el de Valencia, aparte de muchos ayuntamientos, han lanzado una señal muy humana, en el sentido de acoger más migrantes. En estos momentos, dada la novedad y el desafío moral, resulta para cualquier político casi imposible oponerse. Total, es solo un barco con 629 personas. Es algo que se puede asumir.

Pero como señalan los analistas, esto va a funcionar como el nuevo faro de Alejandría, un polo magnético para las mafias que trafican con refugiados. Incluso para los mismos refugiados. Una información del canal árabe internacional Al-Jazeera, que difunde su mensaje por todo el mundo, exponía claramente que España se ofrecía con gusto para acoger migrantes. El desesperado que haya visto ese canal cambiará ahora de rumbo.

La consecuencia a corto plazo será que esas pobres gentes, que son ciudadanos que solo quieren vivir en paz y que huyen del horror y del hambre, se sentirán aliviadas al saber que España se ofrece a darles refugio. Pero como el problema no se va a solucionar para todos, la llegada de más inmigrantes solo significará una cosa: dentro de pocos años, un partido anti-inmigración irá cogiendo vuelo en España hasta convertirse en una presencia real en la vida política española. Los otros partidos se echarán las manos a la cabeza.

Deberían pensar que son los votantes comunes y corrientes los que están cambiando el panorama político de Europa, votantes asustados, y que su voto solo es la consecuencia de uno de los grandes problemas del siglo XXI, un problema al que nadie encuentra solución todavía. Y esos votantes pueden cambiar lo que pensábamos que era la esencia de la Unión Europea.

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