Martes, 10.12.2019 - 12:07 h
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El sentimiento trágico del español no cambia aunque las cosas cambien

Un latinoamericano me contó su experiencia al conseguir trabajo en España después de muchos meses de intento. Estaba muy contento porque significaba una gran oportunidad.

Cuando se puso a hablar con varios españoles que también acababan de entrar en la empresa, los españoles empezaron a echar pestes: el paro, la corrupción, la crisis, las pensiones... Este país era un desastre.

El latinoamericano solo pudo responder con lo primero que se le vino a la cabeza: “Puede ser, pero aquí las cosas funcionan. En mi país nada funciona”.

El español no ha cambiado. Como decía Unamuno, tiene pegado al cuerpo el sentimiento trágico de la vida. Las cosas siempre van mal, todo es un desastre y este país es un caos.

Uno podría pensar que después de la crisis, todavía no nos creemos la recuperación. Las familias arrastran todavía una gran deuda, el desempleo juvenil es el más alto de la UE después de Grecia, comprarse un piso sale muy caro, los ahorros se han esfumado, el empleo es precario…

Pero no. Los españoles pensaban lo mismo incluso cuando las cosas iban muy bien. Incluso cuando todos comprábamos pisos, coches, viajes y teníamos ahorros, entre finales de los 90 hasta 2008.

Me lo recordaba un economista del Banco de España que estudió las opiniones de los españoles durante esos años de vacas gordas: las cosas iban mal. Siempre mal.

¿Por qué digo esto?

Porque a pesar de que hay cosas muy graves que no hemos solucionado, el país va cada vez mejor. Sube la afiliación a la seguridad social (por cierto, han aumentado un 7% entre los extranjeros), la economía va mejor (el FMI ha subido las previsiones), es el país que más empleo crea de la UE, disminuye la deuda, se venden más coches, aumenta el consumo, se exporta más que nunca, la inflación está bajo control, las pensiones suben aunque sean un poco y la criminalidad ha bajado año tras año.

Esto no hay que verlo con los ojos fijados en el presente sino en el futuro. De seguir así, la España de 2023 (dentro de cinco años) será mejor que la que dejamos en 2007. Y la del 2030 no se parecerá a la actual. No es un brindis al sol sino lo que dicen la mayor parte de las previsiones.

Y encima, las cosas funcionan. Cuando digo funcionan me refiero a la administración pública, los transportes, los servicios básicos y las empresas de todo tamaño. Somos más eficientes, más ecológicos y distribuimos mejor la riqueza que en la antigüedad. De hecho, es lo que dicen los latinoamericanos que vienen a España por primera vez, como suelo constatar cuando hablo con ellos, sienten que están en un país hiperdesarrollado. Admiran a España y a los españoles, aunque les parezcan un poco bruscos.

Pero, claro, queda algo por resolver: el sentimiento trágico de la vida. En el 2022, en el 2030 o en el 2050 se harán encuestas de opinión y la mayor parte dirá todavía que esto es un desastre y que no tiene nada que ver con Alemania. Somos así.

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