Jueves, 27.02.2020 - 10:42 h
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El SMI no es lo importante, sino el estado de ánimo de los empresarios

En mayo de 1997 el gobierno del PP puso en marcha una reforma laboral que funcionó: la idea consistió en reducir la temporalidad (afectaba al 35% de la fuerza laboral) de modo que para incentivar el contrato a los jóvenes y mujeres se redujo la indemnización en caso de despido de 45 a 33 días por año trabajado. Además, se incentivó la contratación con ayudas públicas. Resultado: cuando hicieron las cuentas en 1998, se habían creado más de 300.000 contratos fijos.

Hacer contratos fijos se puso de moda: Mercadona anunció que iba a hacer fijos a 12.000 empleados; La Caixa, BBV, y otras grandes empresas y bancos, anunciaron iguales medidas, lo cual aumentó el optimismo. Era contagioso.

La economía creció un 4%, los impuestos bajaron, las tasas y tarifas de ciertos sectores se liberalizaron, bajó la luz y el país entró en una onda expansiva tan potente que desde fuera se comenzó a hablar del milagro español. Había tanto empleo que se necesitó contratar extranjeros. Fue la mayor oleada de inmigración conocida en décadas.

No hacía falta hablar de salario mínimo porque en algunos sectores como en la construcción, ante la falta de mano de obra, los salarios se disparaban: peones, albañiles, soladores, pintores… todas las constructoras se robaban a los trabajadores a pie de obra a golpe de talón.

Los salarios en general subían, a pesar de que la inflación bajaba. Era el rompecabezas de los economistas. La inflación bajó del 2% y los tipos de interés se pusieron a la misma altura, cosa insólita entonces. Pedir un crédito en un banco era tan fácil como in a una churrería. Encontrar empleo, era igualmente fácil. Obtener subidas salariales, estaba a la orden del día. Los empresarios las pagaban sin discutir.

¿Qué es lo que se había apoderado del país? El optimismo.

Cuando los empresarios son optimistas, no les importa el salario mínimo sino cuánto más pueden ganar vendiendo sus productos y servicios. Y si en ese momento, el Estado les incentiva la contratación, entonces les salen las cuentas. Es más, el gobierno del PP penalizó los contratos eventuales, para obligar a los empresarios a hacer contratos fijos. Pero a los empresarios no les importó porque estaban en plena euforia.

Ahora, el debate está si el nuevo Salario Mínimo Interprofesional de 950 euros les va a ayudar a crear, mantener o destruir empleos. Lo que parece demostrado con la experiencia de finales de los años 90, es que no es el coste laboral tan importante, como las expectativas de los empresarios.

Y las expectativas, como el fútbol, es un estado de ánimo. La pregunta es: ¿el nuevo gobierno está creando ese estado de ánimo?

No mucho, la verdad.

Antes de que se formase el nuevo gobierno, se selló una alianza entre Unidas Podemos y el PSOE, plasmada en varios documentos. Uno de ellos era 'Un nuevo acuerdo por España', donde se hablaba de empleo, de las empresas y de las leyes laborales.

Si uno se lee el documento, saca la conclusión de que los empresarios son señores muy malos. En un artículo publicado en lainformación.com en enero, se hacía un resumen no literal pero sí interpretativo del contenido de ese acuerdo en los siguientes términos: "Los empresarios cometen fraude, roban derechos, despiden a los trabajadores por haber presentado bajas por enfermedad, escriben convenios colectivos a su placer, subcontratan con alevosía, imponen las condiciones que les da la gana, defraudan con los cursos de formación, abusan de los contratos de prácticas, encadenando uno tras otro, abusan aún más de los becarios, cambian las condiciones laborales cuando les da la gana, se aprovechan de la contratación a tiempo parcial, pagan desigualmente a los trabajadores por el mismo trabajo, practican la economía sumergida, alargan sin excusas la jornada laboral, ocultan a la inspección jornadas laborales, abusan de los autónomos (los falsos autónomos), tienen un gran descontrol del impacto de los nuevos riesgos laborales, como el uso de las TIC (Tecnologías de la Información y de la Comunicación), no aplican la perspectiva de género, imponen horarios irracionales, obligan a los empleados a estar permanentemente conectados, no protegen la lactancia y el embarazo, se les escapan los casos de violencia y acoso en el trabajo… En resumen, defraudan, explotan y manejan despóticamente sus empresas".

Es decir, en un año como 2020 donde todo indica que la economía va a crecer menos, y que van a crearse menos puestos de trabajo, va a bajar la afiliación a la Seguridad Social, y va a aumentar el desempleo, el gobierno de socialistas y comunistas lanza un pacto por el empleo que provoca en los empresarios cualquier cosa menos optimismo.

Los análisis que se han hecho sobre el impacto del SMI en la economía son incompletos porque el periodo es muy corto y no se pueden ver las tendencias. Solo dentro de unos meses veremos si el impacto es positivo o negativo.

Pero no será el SMI el culpable de que los datos sean malos, sino la interpretación del entorno económico por los empresarios. Si ellos creen que hay “"dudas razonables", interpretarán el SMI como una carga.

Desde luego, el ambiente no es nada bueno porque las noticias que los empresarios leen en la prensa o ven en la televisión no son como las de 1998: en aquel año, la empresa que no hiciera fija a su plantilla temporal era casi un enemigo del pueblo. Entonces, había un "estado de ánimo" que impulsaba a firmar contratos fijos, ampliar plantilla y subir salarios. Y fueron compensados.

Ahora, el estado de ánimo no tiene nada que ver con eso. No hay un pesimismo pronunciado, es verdad, sino, como diría Descartes, una "duda razonable".

Algunas cifras ya indican que muy positivo no va a ser este 2020. Las cifras del paro registrado en enero son las peores desde 2013. Además, febrero y marzo no son meses muy turísticos, ni meses de contratación. Para colmo, la Semana Santa cae en el segundo trimestre, con lo cual los próximo datos del paro EPA (que es trimestral y se darán en abril) podrán darnos una idea de si el invento funciona.

Todo tiene pinta de que los datos serán malos. El FMI ha rebajado las previsiones de crecimiento. Las ventas de las grandes empresas han caído, según los indicadores del Ministerio de Economía. Lo mismo está sucediendo con el consumo eléctrico y, sobre todo y más preocupante, el indicador de confianza del consumidor ha caído 10 puntos, según el cuadro resumen de indicadores.

Si comparásemos estos indicadores con los que existían en 1998 la diferencia sería llamativa. Es la diferencia que hay entre cierto escepticismo (hoy) y mucho optimismo (entonces).

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