Domingo, 17.12.2017 - 16:31 h

Maduro conduce a Venezuela a su abismo más profundo: el impago

El estado venezolano tiene una deuda externa de 150.000
millones de dólares. Con un producto interior bruto de
206.000 millones de dólares (según el FMI), la relación deuda/PIB es incluso mejor que la de España.

Sin embargo, cada vez que España emite deuda en forma
de bonos para financiarse y pagar a sus funcionarios y sus pensiones, los inversores se la quitan de las manos. Se fían de España.

En el caso de Venezuela, no pasa lo mismo. El estado venezolano cada vez tiene más problemas para colocar su deuda, lo cual es como si una pareja joven en paro fuera de banco en banco para pedir una hipoteca: los bancos no se fiarían.

Los bancos y los inversores no se fían de Venezuela porque piensan que es muy posible que el gobierno no les devuelva su dinero. Y aquí viene la paradoja: Venezuela es uno de los países más ricos de Sudamérica. Tiene las mayores reservas de petróleo del mundo y tiene muchas materias primas.

Entonces, ¿por qué iba a fallar Venezuela en sus pagos? Por varias razones: la primera es que el precio del petróleo ha caído en cuatro años a la mitad: de más de 100 dólares por barril a menos de 50. Eso ha destapado un montón de cosas, entre ellas, que Venezuela no ha sido capaz de desarrollar otra gran industria diferente al petróleo. Depende del petróleo, pues con él, el estado riega el país.

Hay más. El chavismo no solo no ha logrado sembrar el petróleo en sus 18 años en el poder para hacer un país más próspero, sino que ha hecho lo contrario: destrozar a las grandes industrias por medio de nacionalizaciones. En un programa de ingeniería puramente soviética, nacionalizó industrias de alimentación, de ganado, de café, a los centros
de distribución y puso al mando a militares o a miembros del partido que no tenían ni idea. Como resultado, la producción nacional ha ido cayendo, lo cual ha obligado al país a importar cada vez más productos, desde carne hasta leche pasando por las medicinas.

Cuando se importan productos, se pagan en monedas internacionales aceptadas por la comunidad internacional como el dólar. Pero dado que en Venezuela solo vende petróleo en dólares y el petróleo cada vez vale menos, al país se le van agotando sus reservas en dólares, que ahora son de unos 10.000 millones de dólares.

Para obtener dinero, el estado venezolano (la desprestigiada petrolera PDVSA) emite bonos y obtiene préstamos. Así paga sus importaciones. Pero la comunidad internacional le presta menos dinero, especialmente después de que el presidente Donald Trump prohibió a instituciones
norteamericanas suscribir bonos venezolanos, debido a la corrupción y al despotismo de los chavistas.

A media que pasan las semanas, se van venciendo los bonos, o los intereses de esos bonos. Por ahora Venezuela ha pagado. Pero Maduro acaba de pedir a la comunidad internacional que le refinancie la deuda.

Eso más o menos es como si un señor se dirigiera a su banco para decirle que le modifique las condiciones del préstamo: o sea, es un aviso de que podría empezar a dejar de pagar.

Todavía no ha pasado pero a las agencias de calificación de riesgo no les ha extrañado, porque siempre se adelantan a los acontecimientos. El bono venezolano está considerado junk bond, bono basura, pues tiene una malísima calificación.

¿Lo próximo? Suspender pagos. Declararse insolvente.

Esto ya sería caer directamente en el abismo, lo cual es una metáfora insuficiente para calificar adónde ha llevado Maduro y el chavismo al país, pues como se revela en el programa de Jordi Evole (que el entrevistó) el pueblo venezolano no tiene ni lo más básico para sobrevivir.

Después del abismo, ¿qué hay?: ¿el infierno?

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