Jueves, 18.10.2018 - 22:59 h
Enviado espacial

De la ‘gauche caviar’ a la ‘gauche Galapagar’

La dulce manera que tiene la izquierda de ceder a la tentación del placer burgués ha recibido muchos nombres y muy buenos, porque la literatura nace del conflicto. Ahí está la ‘gauche caviar’ francesa, la ‘radical chic’ que bautizó Tom Wolfe y la izquierda Ballantines de Brasil. España ha aterrizado de pronto en esta postrevolución parcelaria que se vendrá a llamar en adelante la ‘Gauche Galapagar’ -de Sol a La Navata-. Es la ‘gauche divine’ con menos Taittinger y más cortacéspedes, un universo onírico donde el enemigo puede llamar cualquier día a tu puerta y ofrecerte un kilo de limones o, a lo peor, una tarta.

En un ala de la derecha habita una multitud que sostiene que hay que predicar con el ejemplo y que para pregonar el reparto hay que repartir primero lo de uno. Como acercamiento a la realidad este tipo de planteamientos simplistas equivalen a pretender enviar un hombre a la luna en un avión de papel. Nunca creí que para entender a los que tienen frío haya que tener frío uno mismo primero e incluso más frío que los demás. La finca plebiscitaria de los Iglesias-Montero, ese Kensington de la Sierra la dibujó el propio líder de Podemos como la morada del demonio. Que uno puede vivir donde le dé la gana y encauzar su vida como le convenga -incluso en un palacio del tedio como es un chalet- sin dar explicaciones a nadie es evidente. Tendría que decírselo Pablo Iglesias a él mismo hace dos años, cuando convirtió en un infierno este terrenito con piscina en el que está a punto de entrar a vivir. Este escrache, que es igual de absurdo que otros, se lo ha montado Pablo Iglesias a sí mismo. Esta soga, áspera e injusta, que le rodea el cuello al cierre de esta edición, se la trenzó él cuando sostenía que no se podía comprar uno una casa de 600.000 euros representando, entendiendo o incluso siendo el pueblo (aka ‘la gente).

Iglesias, que quiere probar si es cierto el dicho de “planta y cría; tendrás alegría”, se hizo socialdemócrata mientras desayunaba un cruasán durante la campaña de las últimas generales. No debería existir mayor conflicto en el viaje de la vida, o quizás toda la bronca del ser humano consista en eso mismo. Crecer es aceptarse, aunque si yo me viera ahora con mis ojos de mis 18 años, quizás me insultaba. Y sin embargo, aquí estamos. Luego esto sucede con diferente grado de brusquedad. Pablo e Irene, emperadores de la ‘gauche Galapagar’ se miraron a los ojos mientras Podemos debatía acerca de si era cierto que, como decía Errejón, “la hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales” y andan ahora debatiendo si será mejor césped natural o artificial, pues los hay muy logrados. Hay que ver esos céspedes; los tocas y parece que son de verdad. La vida es un viaje.

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