OPINION

Los másters de la URJC y las 'dos Españas'

Hubo un tiempo en el que a todo esto que ahora pasa en España se le llamaba “lo normal”. Hasta ayer, a un ejecutivo, un deportista o un político lo llamaban de una universidad para ofrecerle un curso. Cuando le decían que le daban todas las facilidades, se referían a todas literalmente. Se pasaban de fácil y, al final, lo aprobaban por circular un miércoles a menos de seis kilómetros de la facultad. Esa España era un romance al móvil en un vagón del AVE por el que desfilaban en voz alta como una tómbola del escándalo los cohechos, los regalos de Rolex de oro, la pasta en Andorra y las cenas a los concejales. Hasta las amantes en los hoteles se cantaban en alto en los trenes de aquél país, esa España del ‘yo te lo arreglo’ que sigue siendo una nieve sucia en una acera que no termina de irse

Después de que saber que ahora Pablo Casado no recuerda haber asistido a las clases ni a los exámenes del mismo máster de Cifuentes, dudo de si en ese mundo tan reciente y por momentos tan distante de la primera década del 2000 también se invitaba a los cursos a la gente chachi de la política como a los famosos a las inauguraciones de los bares. También se mandaban jamones antes de Nochebuena. Lo más probable es que a Cristina Cifuentes la invitaran a una ronda de estas. Se metió en el lío, quizás por hacer un favor, quizás porque era, como decimos, lo normal. Lo normal de aquella España. Después los ‘amigos’ y la comunicación de crisis hicieron lo demás. En realidad, Cifuentes quizás tenga razón cuando sugiere que la que debería de dimitir es la Universidad Rey Juan Carlos, que es la que al parecer dio el aprobado en esas condiciones de Bélmez académico. O eso, o es que fue ella la que presionó para que se le aprobara, cosa que se antoja improbable por resultar demasiado obvia, aunque improbable en política hay poco. Quizás Cifuentes estudiara mucho, aunque le está costando demostrarlo. Después se desató esa trapisonda de comunicación, el negarlo todo, y la manera de hacer como que no pasa nada que no es otra cosa que la sonrisa del derribado en el aire, la trayectoria sostenida de una perdiz alcanzada en el pecho en un ojeo. La vieja política de la cacería tiene presa y ella aún no sabe de dónde le vino el tiro. Para ser justos, la red en la que cayó la sonriente presidenta de la Comunidad de Madrid la tejió ella misma. El listón de lo ejemplar que está a un TFM de llevársela por delante lo puso ella.

La manera de juzgarse que tiene España tiene algo de repaso al día siguiente de una fiesta en el temblor terrorífico de la resaca y las sábanas sudadas de frío interior, cuando al repensar lo sucedido, siempre se bebió demasiado, siempre se habló demasiado y siempre se dijeron demasiados piropos. Este país en el que aún suenan los compases de la última canción del bunga-bunga arrastra la mancha católica del pecado y en esto, también, el pecado del otro siempre es más grande.

O mucho ha cambiado esto o es que la nación se nos ha desdoblado entre la España que aún somos y la que nos gustaría ser, la pulcra España del Twitter. Este mundo ansiado y el que somos representan dos tierras lejanas y contiguas que parecen la misma, y no. Está la ejemplar, la que se supone que es como se debe, la ‘comme il faut’, y después está la España real. En una come y bebe el escándalo y en la otra ese escándalo duerme, de manera que la barahúnda y la inmoralidad recorren al día unos cuántos kilómetros de la dormida al comedero. En ese trajín de planos de la ética desplegada, a mayor distancia, mayor escándalo y todo ese universo cabe en cada casa.

Las dos Españas son la de lo normal y la de la rabia, ya no hay rojo y azul. Las dos están dentro de la misma. Dice Antonio Maestre que una toma cocaína y la otra, diazepam. No es tan sencillo, y en cambio...

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