Domingo, 24.06.2018 - 07:03 h
Enviado espacial

La ‘diasporeta’ catalana (el nacionalismo no se cura viajando)

La exconsejera del Govern Clara Ponsatí ha dejado el Waterloo de KRLS para mudarse a Escocia y lo ha anunciado como cuando abren una hamburguesería en un pueblo: “El exilio catalán llega al Reino Unido”, ha dicho. Como si llegara la
modernidad. En la jota, Calahorra presumía de que ya era ‘Washingtón’, pues ya tenía obispo, frontón y otra cosa. Escocia ya tiene exilio catalán. ‘Ja soc’ en Escocia. Los miembros huidos del Govern le están dando mucho la razón a Antonio Gamero cuando dijo que como fuera de casa no se está en ninguna parte.

La intención del procesismo es enviar gente al extranjero como embajadores de Tractoria, pero también cónsules del ditirambo y lo descabellado. El independentismo edifica aquí y allá faros de costa de lo imposible. Esta ‘diasporeta’ es cándida como el jersey de punto de Anna Gabriel en Suiza. Resulta tierna porque la espera siempre es dulce. Esperar a que suceda, a que el mundo cambie, siempre es una posibilidad: dejar todo en manos de la esperanza. A mi hija le enseñé un día en un parque el brote de un roble recién nacido y tocó la hierba a su lado para invitarme a sentarme con ella: “Ven -me dijo-, vamos a ver cómo crece”. Puigdemont cree que su proyecto es un cultivo lento, pero que todo es cuestión de tiempo. Piensa que el tiempo pone a todo el mundo en su lugar, pero otros creen que es el juez Llarena. Puigdemont es un explorador de lo inverosímil, como aquel ganadero de Salamanca, que recibió de nuestra casa una caja de percebes y los sembró a ver qué salía.

El nacionalismo siempre tiene que viajar, aunque sea a ninguna parte. En esto gana la partida de las demás corrientes de pensamiento político porque el nacionalista siempre va prendido en un impulso adolescente. La vejez significa la renuncia al absurdo, por eso es difícil de aceptar, como el aburrimiento, como el hecho práctico de que juntos estamos mejor. El ser humano debería poder ser siempre un chaval yéndose de viaje de fin de curso con el acné en la cara, la vida por delante, dinero para vino y la ambición inconfesable de comerse el mundo. Después aparecen en casa con una trenza postiza, una pulsera en el tobillo, un tatuaje secreto, ojeras de resaca y la dirección postal de un ligue al que pronto dejarán de escribir. 

Europa siempre ha sido un sueño de provincias. A mi Europa siempre me resultó una versión práctica de mi casa con variaciones distintas en cuanto al precio de las copas y la legislación antitabaco. Mi sueño siempre fue el África negra, con su olor a pelo, a fuego y a mantequilla, y cuando vuelvo de allí, la gente de mi ciudad me resulta muy fea.

Pío Baroja se equivocó con lo del nacionalismo y en otras cosas. El nacionalismo no se cura viajando. Ni siquiera ser español se cura viajando, porque el español siempre viaja creyéndose ser más o menos que los de allí. Viajando no se cura nada si no se tiene vista. Yo me he cruzado con españoles por los rincones más extraños del planeta y, como tengo esta cara de capitán de la armada noruega, nunca me han confundido con uno de ellos. En eso he ganado. Agradezco la suerte de que hasta en las aerolíneas españolas me hablen en inglés, así puedo observar desde la distancia el espectáculo desolador del español fuera de casa. Algunos viajan con una noche a cuestas y otros cacharrean como un feriante.

Antes que verlos, a los españoles por el mundo se les escucha. España fuera es vozalona, es un atentado a la discreción porque el español fuera se ríe mucho y tiene que hacer mucho ruido, un ruido muy español de carcajada y estruendo, como los tambores de Calanda.

El español habla en alto para hacerse entender y cree además que nadie más en el mundo comprende castellano. Se le escapa que es el segundo idioma del mundo por eso mantiene conversaciones sobre los demás en su cara pensando que no se van a enterar, como si un chino se acordara en chino de los muertos de uno y uno no se fuera a dar cuenta. También da mucho la matraca con que si lo de allí es mejor, o si en cambio es lo de aquí. Que si en Bélgica, para mejillones, los gallegos y esa no es manera de tirar la cerveza, y el cava es más barato y mejor que la champaña. El español catetea sin remedio. Como en otros ámbitos, el independentista por el mundo es pura españolía destilada, pues hay que tener en cuenta que vive en un eterno viaje al extranjero. Para él, Huesca es ‘overseas’.

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