Viernes, 19.10.2018 - 16:04 h
Enviado espacial

La paz era esto (así cambia las cosas la última disolución argumental de ETA)

Comunicado de ETA
 

El pasado mes de noviembre, Mari Mar Blanco acudió a Valladolid a la inauguración de una avenida con el nombre de su hermano. Brillaba el sol liviano de Castilla y el Pisuerga corría con caudal abundante, callado y manso. Como hoy. Esta mañana, por ese lugar transitaban peatones solitarios y los trabajadores fumaban en las puertas de sus oficinas. Se diría que es la misma calle que ayer, la misma ciudad que ayer, el mismo país que ayer. Y no lo es: el comunicado en el que ETA reconoce el daño causado y pide perdón a las víctimas de toda su barbarie cambia radical y definitivamente el contexto de la mayor quiebra que ha sufrido la sociedad española desde la Guerra Civil y la Dictadura.

Este país sabía que el estado de derecho, la firmeza democrática, la voluntad de paz de los pueblos y hasta la lógica iban a terminar más pronto que tarde con ETA. Después del cese definitivo de la lucha armada, después de la entrega de armas más o menos teatralizada, la disolución de la banda que se intuye para el próximo día 5 era una etapa prevista, algo que iba a suceder sí o sí. Pero lo que ha pasado hoy podría no haber pasado. ETA podría haberse disuelto sin reconocer el daño que causó a la sociedad española o hacerlo sobre una arquitectura de discurso tan barroca que hiciera irreconocible el corazón del gesto, ese “sentimos de veras” con el que esta mañana España ha declarado oficialmente la primavera que se debía desde hace 40 años y ha estrenado la dulce sensación de concebir, al fin, un futuro en paz.

Sucede que ninguno de los pasos de la hoja de ruta del terrorismo ha tenido la dimensión que tiene este último. Ante el cese de la actividad armada cabe la duda de si es definitivo, ante la entrega de armas cabe la duda de si son todas las armas, ante la disolución de la organización cabe la duda de si responde a la presión policial y si, en otro contexto futuro, podría reactivarse. Del reconocimiento del daño causado, en cambio, no se regresa a ninguna parte. La disculpa no tiene retorno. Por eso, de alguna manera, esta fase es la que hace definitivas a todas las demás.

Quedan 857 lápidas, miles de vidas rotas, ausencias, traumas, crímenes sin resolver y un temporal de lágrimas, pero reconocer el daño es la base para reconstruir los pedazos de una sociedad que tarde o temprano tendrá que volver a mirarse a la cara. Habrá que avanzar sobre perspectivas distintas, palabras que duelen, retóricas incomprensibles y todos los matices del mundo sobre lo que ha sucedido, pero sin ese ‘me equivoqué’, nunca acariciaríamos la posibilidad, por lejana que resulte, de que Euskadi se cure. La disculpa es el único camino de vuelta del infierno. Hoy es un buen día porque es el primero de muchos en el que estamos de acuerdo en lo fundamental: no tendría que haber muerto nadie. La paz era esto.

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