Domingo, 23.09.2018 - 07:02 h
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Los Ocho de Alsasua: ¿Qué es terrorismo?

No es que España, así tomada en su conjunto, sea impermeable al razonamiento, es que después de treinta años de ETAs, Gales y otras culebrillas de pólvora y sangre, este país no se ha puesto aún de acuerdo en lo que es el terrorismo. Quizás de tanto mirar a la barbarie de cerca ya no seamos capaces de ponerle palabras. Estos días se ha abierto un agujero de sentido como un socavón cuando la Audiencia Nacional se dispone a juzgar a los Ocho de Alsasua después de 500 días de prisión preventiva por unos hechos ocurridos el 15 de octubre de 2016. 

Esa noche, según el informe de la Fiscalía, los ocho acusados dieron una paliza a dos guardias civiles de paisano en el bar Koxka de la localidad navarra y agredieron de diversa manera a sus parejas. A las dos de la mañana, uno de ellos fue al baño presuntamente y por el camino le preguntaron si era madero. A la vuelta, alguien le arrojó un vaso de chupito y le dijo lo típico: que si ‘txakurra’ -perro- , que si vete de aquí, que si os merecéis todo lo que os pasa. Después, la bronca fue a más. Al teniente le partieron un tobillo y la mandíbula y, según el relato de las víctimas, cuando estaba inconsciente en el suelo fuera del bar sangrando por la boca, su pareja se echó encima para protegerlo de las patadas.

Entiende también la fiscalía que los hechos se dan dentro de un contexto de hostigamiento hacia la Guardia Civil en la localidad donde tienen especial predicamento los movimientos Alde Hemendik (Fuera de aquí) y Ospa, que se proponen echar de Euskal Herría a los agentes de la Benemérita. De 2008 a 2009, se contaron cien actos vandálicos contra la Guardia Civil en el pueblo. Cuatro de ellos, el año pasado, incluían la quema y el apaleo simbólico de ‘picoletos’ de cartón. Según la Fiscalía, la paliza se enmarca en toda esta campaña, con lo que pide 50 años de cárcel a los acusados de la agresión por lesiones con fines terroristas, pues supone que se alinean las violencias del individuo y con las de la banda, un concepto, así desde fuera pillado con alfileres.

Manifestación contra las acusaciones de terrorismo.
   

Los acusados han pergeñado una versión distinta de los hechos. Uno de ellos sostiene que pegó al agente, pero por una discusión acerca de unas multas. Otros no estaban allí, o no se enteraron, o no se acuerdan. Además, sostienen que no tienen que ver con el movimiento filoetarra ni con las presiones a los agentes para que abandonen Navarra. En realidad, estaban todos encantados. El entorno de los acusados, sus familias, algunas personas del pueblo y una manifestación entera que tuvo lugar en pamplona apoyada por el gobierno nacionalista de Uxue Barkos se esfuerzan en definir la noche del Koxka como una pelea de bar, una riña, sin más. Hacen todo lo posible además por dibujar Alsasua como un lugar en el que la convivencia es pacífica. Un vergel, vaya.

En realidad, en ese intento por cincelar los hechos como una bronca fruto del alcohol respira de alguna manera aún aquella cotidianeidad del mal, cuando ayer los asesinatos se zanjaban en media página en el periódico y al día siguiente, la vida seguía, ‘Estas cosas pasan’. En las bambalinas mediáticas del proceso de los Ocho de Alsasua se va a dirimir si la agresión a uno - quien sea- por andar por la calle o por entrar en un bar con su novia, por estar, por existir - ¿recuerdan?- sigue siendo normal.

De modo que el grueso del desarrollo va a verter no solo en si los acusados participaron en las lesiones y las amenazas, si no en saber si formaban parte del movimiento Alde Hemendik, con lo que estarían usando la violencia con fines políticos, que es donde se ancla el adjetivo terrorista. No es lo mismo pegarle a un tipo en un bar porque no te gusta su cara a que el tipo sea negro y el bar esté en un barrio supremacista. No es lo mismo que en Sevilla le den una bofetada a un chaval de San Sebastián por mirar a la novia de otro que porque alguien le ha escuchado hablar euskera por el móvil.

Lo difícil va a ser ponerle nombre a la diferencia sin ser injustos ni meter la pata. Durante decenios, en esta tierra se luchó la guerra de las palabras y aún no ha terminado. El combate, el fascismo, los enemigos de Euskal Herria... Había verbos que cuando se decían imprimían velocidad a las balas. No sé si la paliza es terrorista; quizás ya nunca más sabemos lo que significa terrorista. ¿Es terrorismo solo empuñar el arma, comprar la bala y clonar las placas de la matrícula? O también jalear, señalar, atemorizar, rematar de un puñetazo la arquitectura del miedo... Es difícil saber dónde termina el término; también cuesta saber dónde acaban las ciudades. También resulta cómico que se niegue el apellido terrorista en una época en la que cada vez más cosas son terrorismo, además del terrorismo: el crimen de pareja, por ejemplo, o el crimen racista. Por otra, conviene ser muy preciso, porque una palabra sin límite es un cuchillo sin filo y se puede banalizar la carga del significado. Y quizás fuera una palea de bar, pero en guerra de los significados no va a haber inocentes.

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