Lunes, 25.03.2019 - 07:41 h
Enviado espacial

Por qué se le colaron los balones a De Gea

Dicen los analistas que de doce disparos a puerta en el Mundial, el portero de la Selección Española solo paró uno. Alguien cree con razón que se pueden agarrar más balones, pero imaginarse la siguiente escena ayuda a comprender la estadística: estás en el área, se acerca el contrario y entonces sabes que ahí detrás hay un país entero deseando en el fondo de sí mismo que hagas una cantada para así confirmar sus sospechas: no tienes manos. Justo en el momento en el que el delantero va a chutar, te asalta la pregunta: ¿Y si es verdad que no tienes manos? Como mecanismo ilusionante y fortalecedor de la seguridad en uno mismo, no tiene precio. Dicho esto sin paños calientes: a De Gea se le escaparon los balones porque los españoles lo derribaron, lo ridiculizaron, redujeron su ánimo al de un insecto y en el fondo, lo hicieron fracasar.

Cuando le colaron el último penalti ruso, en los salones se escuchó la misma vocecilla de siempre: “Es que te tienes que reír”. España es un país que se ríe mucho, pero esto no quiere decir que sea una nación siempre benigna. Si algún día alguien le escribe un himno y hace referencia a un país que se levanta, querrá decir sin duda que los españoles estaban sentados poniendo verdes a otros. Hemos conseguido que el mundo entero nos imagine tirados en la cama, pero esta es una imagen falsa, porque este es un país de sofá. Las terrazas, aquí tan sobrevaloradas, se inventaron para ver gente como todas las del mundo, aunque las españolas se parieron para ver a la gente caerse, para reírse de la gente y para comentar lo fea que va la gente.

A la espera de que alguien le encuentre a esto una parte positiva, España es la peor hinchada del mundo porque es un gigante de mantequilla y cuando vienen mal dadas, resulta nociva. En el deporte -también en la empresa y en la política-, el ánimo de lo ibérico sube muy rápido y, cuando llega a arriba, se desfonda a la primera y comienza la búsqueda de cabezas de turco. Desde Trafalgar a Numancia, somos duros cuando no hay nada que perder. Solo en ese caso. Después, este país no se permite el triunfo porque en realidad está amenazado por la envidia. Al primer éxito, se encienden aquí y allá los dos faros de costa de la desgracia. Con el primer traspiés, comienzan a sonar el ‘Qué malos somos’ y el ‘Siempre igual’, que son los dos hijos oscuros del ‘Ya lo decía yo’, el mantra español por excelencia, ancla en el tobillo de todo viaje que se quiera emprender en este país, carencia en la toma de decisiones a todos los niveles.

Yo creo que todo este mal nace en el sofá, en esa manera de animar a la española: sentarse, poner los pies encima de la mesa, hacer chistes en Twitter y amedrentar al tipo que sale ahí hasta convertirlo en vergüenza nacional. Asaltar su ego y hundirlo hasta una ciénaga lo suficientemente oscura para que un jugador considerado como uno de los mejores porteros del mundo llegue a creerse que no ve los balones, sin duda la mejor manera de que termine por no verlos.

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