Sábado, 18.08.2018 - 21:40 h
Alcaldesa de Logroño

Las mujeres y los techos de cristal: ya pueden ser más altas que la luna 

Hace unos días escribía Iñaki Ortega en su columna semanal en este diario un fantástico artículo que, bajo el título "La generación de Leonor", nos permitía adentrarnos en las características y valores de aquellos que por haber nacido en torno a 2005 compartirán con la heredera del trono de España la responsabilidad de pilotar el futuro de nuestro país.

Un artículo que al leerlo te produce la satisfacción de darte cuenta de
cómo nuestra generación -los que hoy tomamos decisiones desde muy diversos ámbitos, desde los gobiernos o la sociedad civil- vamos a promover un buen legado para los que vienen por detrás, mejor sin
duda del que recibimos y también del que les fue otorgado a los que
nos precedieron.
Daremos paso a una generación que tendrá una jefa
de estado y que -confiamos- habrá alcanzado la soñada igualdad de
género.


Y ¡justo! una reflexión la de Iñaki Ortega que llega en la semana del
11 de febrero, ¡qué casualidad! la fecha declarada por la Asamblea General de Naciones Unidas -en su resolución del 22 de diciembre del año 2015- como Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, en reconocimiento al papel clave que el género femenino desempeña en la comunidad científica y tecnológica.

A buen seguro muchas de las que son niñas hoy, las de 'la generación de Leonor' serán brillantes matemáticas, informáticas o ingenieras y alguna recogerá un merecido premio Nobel. Una generación que, esperamos, no sufra 'el efecto Matilda'. Fenómeno con el que la abolicionista y sufragista Matilda Joslyn Gage bautizó en su ensayo "La mujer como inventora" el prejuicio en contra de reconocer los logros de las mujeres científicas, cuyo trabajo a menudo fue atribuido históricamente a sus colegas masculinos o a sus maridos o hermanos. Los casos de los siglos XIX y XX que ilustran “el efecto Matilda” incluyen los de Nettie Stevens (que descubrió los cromosomas que determinan el sexo), Marie Curie (pionera en el campo de la radioactividad), Lise Meitner («madre» de la fisión nuclear), Marietta Blau (que desarrolló emulsiones radioactivas para medir eventos de alta energía), Rosalind Franklin (cuyas aportaciones fueron imprescindibles para el hallazgo de la estructura del ADN) y Jocelyn Bell Burnell (que descubrió la primera radioseñal de un púlsar). Todas ellas son recordadas y reconocidas estos días.

En España, destacados nombres en el campo de la bioquímica y biología molecular, como Margarita Salas; de la oceanografía, Ángeles Alvariño; o la oncología, como María Blasco, se están empezando a visibilizar ahora. Por fortuna, los tiempos han cambiado, o están cambiando, aunque puede que la lista negra se alargue.

En la última edición de los Nobel, una vez más, ningún nombre femenino sonó en los anuncios del fallo del jurado... y nadie puede aducir que sea por falta de candidatas. Realmente, el número de investigadoras premiadas con un Nobel desde que los galardones comenzaran a entregarse en 1901 no llega a la veintena y bien es cierto que la razón no solo se encuentra en que menos féminas accedan a carreras científicas, sino también en los criterios muy discutibles de la Academia Sueca a lo largo de los años.

La brecha de género en los sectores de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas persiste desde hace años en todo el
mundo. A pesar de que la participación de las mujeres en las carreras de grado superior ha aumentado enormemente, estamos todavía
insuficientemente representadas en estos campos.

La ciencia y la igualdad de género son vitales para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), incluidos en la Agenda 2030. En los últimos 15 años, la comunidad internacional ha hecho un gran esfuerzo inspirando y promoviendo la participación de las mujeres y las niñas en la ciencia. Pero, desafortunadamente, seguimos enfrentándonos a barreras que nos impiden participar plenamente en esta disciplina. De acuerdo con un estudio realizado en 14 países, la probabilidad de que las estudiantes terminen una licenciatura, una maestría y un doctorado en alguna materia relacionada con la ciencia es del 18%, 8% y 2%, respectivamente, mientras que la probabilidad para los estudiantes masculinos es del 37%, 18% y 6%.

Aunque las leyes dicen que mujeres y hombres somos iguales y tenemos las mismas oportunidades, la vida real es muy distinta, y la ciencia es uno de los campos donde esto se hace más patente. Esta segunda edición del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia ha llenado las agendas del mundo de actividades para conmemorarlo, para explicar el trabajo y reflexionar sobre su posición como mujer en la ciencia. Y muchas de las actividades que se realizan esta semana se han dirigido a niñas y adolescentes con el objetivo de acercarles la ciencia y romper con el estereotipo, social e individual, de que la ciencia no es cosa de mujeres.
En esta tarea, mostrar el ejemplo de mujeres que se han dedicado a
la ciencia es crucial.
Es importante que las niñas tengan referentes de
científicas en los que fijarse para que se sientan identificadas y
puedan elegir así ser científicas. Es una tarea que nos corresponde a
las generaciones actuales y que permitirá a las futuras tener entre sus
miembros más ilustres a grandes investigadoras.

En mi ciudad, en Logroño, acabamos de inaugurar una estupenda exposición -"Con A de Astrónomas”- en el que el protagonismo recae
en las miles de mujeres que han investigado el cosmos. Con ellas nos
sumergimos en las estrellas, las galaxias, los planetas... en un mundo
de sueños
que -gracias a su esfuerzo, a los inconvenientes que
lograron sortear, la incomprensión a la que a menudo se enfrentaron
y los problemas que superaron- hoy es más real para otras mujeres
que están rompiendo techos de cristal y comprobando que detrás hay
un cielo que también ellas pueden tocar, que las niñas de hoy -si así
lo desean- por fin podrán ser tan altas como la luna.

Las mujeres y los techos de cristal: ya pueden ser más altas que la luna

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