Libertad sin cargas

'Ave, Sánchez', los que van a morir buscan pelea... y planean el asalto a los medios

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene este viernes en rueda de prensa tras la cumbre extraordinaria de la UE celebrada en Bruselas, Bélgica.
'Ave, Sánchez', los que van a morir buscan pelea... y planean el asalto a los medios.
EFE/ Horst Wagner

“La democracia y la aristocracia no son estados libres por su naturaleza -reflexionaba Montesquieu en ‘El espíritu de las leyes’, definitiva plasmación de las bondades de la separación de poderes que había perfilado John Locke para alumbrar el liberalismo- . La libertad política solo se encuentra en gobiernos moderados, si bien no siempre está en los estados moderados. Está allí solo cuando uno no abusa del poder, pero es una experiencia eterna que todo hombre investido de autoridad abusa de ella. No hay poder que no incite al abuso, a la extralimitación. ¡Quién lo diría! Ni la virtud puede ser limitada. Para que no se abuse del poder es necesario que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder”. Parece mentira que una sentencia publicada hace más de 270 años pueda explicar tan bien lo que acontece en 2020, con un Gobierno empeñado en tomar el control del poder judicial a cualquier precio, aunque para ello haya que aligerar casi ‘manu militari’ las mayorías necesarias y pasarse por el arco del triunfo los consensos que hasta ahora han regido para su renovación. Tal desprecio por las instituciones solo se entiende desde la comprensión de la doliente España de nuestros días.

“En este Gobierno las decisiones las toma uno, véase el presidente. Él da la palabra en el Consejo de Ministros y el debate real normalmente se lleva a cabo entre Iglesias, por un lado, y Calvo y Robles, por otro, las más preparadas para darle la réplica. A partir de ahí, se hace lo que dice él. Es un régimen presidencialista”, asegura bajo condición de anonimato un buen conocedor de las dinámicas del Ejecutivo. Un escenario que alimenta demasiados peligros. Para empezar, que quien camina sobre las aguas y sus acólitos pierdan el foco y piensen que todo vale. En este punto, inopinadamente, la temeraria decisión ‘sanchista’ de acelerar una renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) por la tremenda puede marcar un antes y un después entre diversos estratos de la sociedad civil española, que hasta ahora miraban de reojo los desmanes y maniobras del líder socialista. De hecho, no se había visto hasta ahora una reacción entre bambalinas tan potente como la mostrada en estos últimos días por conspicuos empresarios, los mismos que -lamentablemente- ríen las gracias del presidente para no ser víctimas del BOE y de imprevisibles vetos en el acceso al maná de los fondos europeos.

¿Por qué ahora? Esencialmente, porque tocar la justicia es jugar con las cosas de comer. Evidentemente, Sánchez querría unos tribunales amables para sus ‘cuitas’ políticas, un afán que no fue ajeno a quienes ocuparon antes su cargo. En este punto, el nombramiento de su exministra de Justicia Lola Delgado como fiscal general del Estado en el arranque de legislatura dejaba poco lugar a la imaginación sobre sus intenciones. Sin embargo, quienes se juegan los millones a diario suelen tener otras inquietudes. Porque, ¿quién puede fiarse de la seguridad de una inversión sin un marco jurídico estable y una justicia independiente? La cuestión no es baladí si tenemos en cuenta la debilidad del capital en las grandes empresas de Ibex, en las que se echan cada vez más en falta verdaderos socios de referencia. ¿Quién va a invertir en una empresa española sometida a la regulación de un Gobierno que cambia de reglas de juego como de camisa y que, además, escenifica sin rubor su interés en renovar los órganos claves de la justicia para ‘colocar’ a los suyos? Como si no hubiera plan B para destinar los dineros, sobre todo teniendo en cuenta el lánguido desempeño de la economía española, cada vez mas alejada de la recuperación que alientan sus socios comunitarios.

Con este diagnóstico bajo el brazo, un buen puñado de ilustres empresarios han empezado a compartir sus preocupaciones sobre la situación en madrileños cenáculos y cónclaves privados, a la sazón convocados por los chambelanes más expertos e insignes. En esencia, el principal temor se concentra en la falta de contrapesos a la acción de gobierno. Con el legislativo más fragmentado que nunca y el ejecutivo en manos de un nuevo ‘César’, el último golpe asestado a la Corona por gentileza de Podemos y el referido órdago para renovar la justicia ha terminado por propiciar que algunos quieran mover ficha, entre hartos y desasosegados. De sospechosos habituales a nuevos vengadores, hay quien ya explora la posibilidad de tomar participaciones en el maltrecho mundo de la comunicación para hacer frente a la deriva populista que atisban y que -nada es altruista- puede terminar por magullar sus propios negocios. La atomizada galaxia de los medios, con una miríada de pequeños cuerpos celestes a la espera de consolidación desde hace lustros, puede ser la última aldea gala, una suerte de Kamchatka donde resistir el golpe de unos tiempos despiadados y rebosantes de maleza.

Hay empresarios que ya exploran la posibilidad de tomar participaciones en el maltrecho mundo de la comunicación para hacer frente a la deriva populista y ante la ausencia de otros contrapesos

Los concernidos, que solo han reparado en Santa Bárbara cuando ha tronado, creen haber descubierto como si de una iluminación se tratara que no existe en España un sector de medios estructurado, con socios industriales/editoriales de peso y, lo más importante, con vocación de país a largo plazo. Basta comprobar cómo los dos principales grupos audiovisuales -véase Atresmedia y Mediaset- no solo cuentan con una fuerte presencia de capital extranjero, sino que, como ya publicó este periódico, han drenado vía dividendo todo el sector de prensa nacional. Los números cantan. Los diarios facturaron en el año 2007 en torno a 3.000 millones de euros, su máximo histórico. El duopolio audiovisual repartió entre 2008 y 2019, entre dividendos y recompra de acciones, la friolera de 3.400 millones (1.800 solo en los últimos cinco años). Es difícil pensar en un escenario mediático más benigno para Moncloa y los intereses de Iván Redondo que el actual, con decenas de pequeños ‘players’ con sus rentabilidades seriamente comprometidas, apenas armados con sus viejas lanzas y haciendo la guerra por su cuenta mientras defienden sus vetustas fortalezas.

“Cuando en un siglo o en un gobierno los diversos cuerpos del Estado se esfuerzan por aumentar su autoridad, y adquirir ciertas ventajas unos sobre otros, se engañaría mucho el que creyese que tales empeños eran señal de cierta corrupción. Por una desgracia inherente a la naturaleza humana, los grandes hombres moderados son muy raros; y como es más fácil dejarse llevar por su propia fuerza que contenerla, por eso tal vez, en la clase de hombres superiores, es más fácil encontrar personas de suma virtud, que hombres de suma prudencia. El alma siente tal delicia en dominar a las demás almas; aquellos mismos que aman el bien se aman tanto a sí mismos, que no hay nadie a quien no alcance la desgracia de tener también que desconfiar de sus buenas intenciones”. La misma obra de Montesquieu, la diferencia entre querer y querer bien, entre el ego y el bien común, entre la prudencia y las buenas intenciones que pavimentaron el camino hacia el infierno. Aplíquenselo a quien proceda, a ese nuevo 'cesarismo' rampante. Como diría el tango, tres siglos no son nada. 

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