Domingo, 21.01.2018 - 20:56 h

¿Crisis de gobierno tras el 21-D y el adiós de Guindos? El 'Matrix' particular de Rajoy

El Banco de España (Bde) ponía cifras esta semana a las advertencias que ya venía lanzando. El conflicto catalán restará tres décimas al crecimiento en los próximos dos años. ¿Poca cosa? Puede, sobre todo teniendo en cuenta que el crecimiento del PIB transita por confortables entornos superiores al 2%. Sin embargo, la carga de profundidad del supervisor se confinaba en la letra pequeña. Al referirse a los riesgos que afronta la economía española y a la incertidumbre catalana, avisaba de “un hipotético rebrote de las tensiones en los próximos meses”, que “podría llevar a un impacto más pronunciado sobre las decisiones de gasto de los agentes privados”. Un planteamiento del todo contundente para un organismo de tradicional ponderado. Y a apenas una semana de los comicios del 21-D.

Además del Bde, el ‘jefe’ de los mercados, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ya había alertado a finales de octubre de “consecuencias notables” si se prolongaba el conflicto de Cataluña. ¿Consecuencias notables? Véase, mayor dificultad para financiarse, pérdida de confianza y volatilidad de los mercados, retraso o suspensión de los proyectos de inversión… Hasta uno de los organismos clave en la proyección internacional de España, el Real Instituto Elcano, dedica un especial en su web al proceso independentista catalán y en su dossier explicativo se pregunta si no es el ‘procés’ una rebelión de ricos -en tanto tiene más apoyo en las rentas más altas- y recuerda “la elevada fractura social y económica” a la que se enfrenta Cataluña por la salida de empresas. En suma, todos alineados y prietas las filas.

Dicho esto, y por mucho que se empuje por tierra mar, mar y aire el discurso del miedo económico, social o cibernético -el mensaje más inquietante que transmite el Gobierno es de golpe tecnológico hasta el punto de temer que la página electoral de Indra pueda ser clonada por ‘hackers’ catalanistas-, lo cierto es que el propio Ejecutivo ya se ha ocupado de conjurar buena parte de peligro que la embestida soberanista conllevaba. La aplicación del 155 y la convocatoria de elecciones ha supuesto un vuelco del tapete y un nuevo reparto de cartas. Pase lo que pase el 21-D, las tensiones a las que aluden BdE o CNMV no es fácil que tengan vuelo. Al margen de las soflamas electorales, el fuego de la vía unilateral parece sofocado y sus ascuas son solo la base sobre la que el independentismo tendrá que refundarse. Y eso lleva tiempo.

Un escenario que deja al PP ante una realidad inexplorada y, si cabe, aterradora. Véase, tener que gobernar… sobre el resto de cosas. Como recordaba Diego Crescente en estas mismas páginas, en su artículo ‘La legislatura perdida’, un año después de que el PP llegara a Moncloa apenas se habían aprobado siete leyes, dos de las cuales eran meras transposiciones de directivas europeas. Eso sí, la costumbre de tirar de real decreto-ley se mantiene en la legislatura del diálogo: el Ejecutivo aprobó 21 de estas iniciativas, de las cuales solo se rechazó una. Dicho de otro modo, la pléyade de grupos e intereses parlamentarios, unidos a la focalización del debate en Cataluña, han permitido al presidente del Gobierno hacerse fuerte en su ‘Matrix’ particular, un mundo donde los tiempos los marca y dependen solo de él.

En este punto, no falta quien recuerda en las comidas de la calle Jorge Juan que en apenas un trimestre el Gobierno dejará ir al Banco Central Europeo (BCE) a su ministro de Economía. No en vano y a día de hoy, Guindos sigue siendo la opción más firme para la vicepresidencia de la institución, por mucho que algún compañero de gabinete saque a relucir cada vez que puede que el cargo debería ser para una mujer, en un alarde de cariño para el técnico comercial. Empero, si finalmente vence su candidatura, se presentaría a Rajoy -dicen entre las élites- una ocasión pintiparada para acometer una crisis de gobierno y recuperar algo del impulso político perdido. Con un buen número de ministros desaparecidos en algún lugar de la travesía catalana, el movimiento tendría sentido ante el reto de prolongar con cierto aliento una legislatura que termina por mandato en 2020 y que ahora huele a muerto. Véase, Presupuestos in extremis y con retraso para 2018 -PNV mediante; sin cuentas para 2019 en la víspera electoral, con todos los partidos tomando posiciones, y convocatoria de comicios en 2020.

Claro que, Rajoy -a diferencia de Neo- hace tiempo que tomó la pastilla azul y, en su particular mundo, esas cosas no pasan. Es más realista plantearse, por ejemplo, si Álvaro Nadal, como desde hace años anhela, accederá por fin al Ministerio de Economía y podrá olvidarse de la CNMC, al menos los fines de semana. El elegido será clave. No en vano, el frente económico del Gobierno tiene el reto de cerrar un nuevo modelo de financiación en la segunda parte de la legislatura. Un sistema nuevo para todos, pero también para Cataluña. Porque, como bien advierte Elcano, PP y PSOE tienen ahora la oportunidad de “acomodar mejor a esa parte de la población catalana desafecta del proyecto español”. Sin perjuicio de los que siempre están y han estado, cultivar al hijo pródigo no parece, pasado el trance del 21-D, la peor idea.

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