Viernes, 06.12.2019 - 01:39 h
Libertad sin cargas

Bankia espera en la Ciudad Esmeralda... con permiso de Iglesias

“Lo importante es que tengamos un gobierno. Aunque no sea el que más nos guste. Necesitamos estabilidad”. Así se sinceraba esta misma semana el presidente de una empresa del Ibex en el elegante reservado de un restaurante madrileño. “Si os fijáis, los programas de los partidos liberales en Europa han evolucionado en los últimos años hasta coincidir con los que hace apenas un lustro diseñaban las formaciones socialdemócratas. Esa mayor sensibilidad social en política es el signo de los tiempos. Y no hay razón para que desde las empresas no se entienda y se abrace”, remachaba, asumiendo que el ‘efecto Podemos’, entre o no en un Ejecutivo con el PSOE de Pedro Sánchez, ha permeado ya la política y la sociedad. “Bueno, sí, pero lo que Pablo Iglesias propone es una banca pública o una empresa energética estatal”, se le contraatacaba, haciendo de abogado del diablo. “Claro, aquí ya estamos hablando de ocurrencias, y eso sí es un problema”, zanjaba sin ambages.

Y, lamentablemente, la irrupción de la formación morada en el Consejo de Ministros se produciría en un momento en que sectores clave para la economía lo último que necesitan son ocurrencias. Es el caso de la banca, colectivo con el que cualquier conversación amenaza con terminar provocando una depresión propia o ajena. Un alto ejecutivo recordaba esta semana como las entidades financieras jamás podían haber imaginado que iban a convivir con una curva de tipos bajo cero durante tantos años… y lo que queda. “Es una auténtica ‘japonización’”, explicaba, insistiendo en que los tiempos que corren han obligado incluso a una reinvención del oficio. En efecto, formados en la fórmula de una profesión basada en prestar para recibir con intereses, los tipos cero dinamitan cualquier operativa clásica. Es más, lo peor que puede pasarle hoy a una sucursal es que un ahorrador le lleve 50.000 euros para abrir un depósito. “No les queremos, tendríamos que cobrarles aunque socialmente no se acepte”, remacha esta fuente.

En este punto y para mantener los retornos y rentabilidades -y también los bonus, que todo hay que decirlo-, solo hay un camino: las fusiones. Con ello, las entidades conseguirían ‘ipso facto’ eliminar importantes gastos en servicios centrales y adelgazar la estructura de costes. Pero, después de tantos meses dando por hecha esta segunda oleada de operaciones, ¿no se estará volviendo a vender la piel del oso? “No, hay que acometerlas. Lo normal es que el año que viene, cuando haya un gobierno en marcha, esos procesos tengan lugar. Lo necesitan las entidades medianas y las grandes. Va a suceder”, relata el citado ejecutivo. Y en ese movimiento, todo pasa por una entidad que, por otra parte, está desde hace años en el punto de mira de Podemos como piedra angular de su proyecto de banca pública, véase Bankia. No en vano, la entidad que preside José Ignacio Goirigolzarri cuenta en su accionariado con el Fondo de Reestructuración y Ordenación Bancaria (FROB) y al actual precio de la acción tiene difícil continuar con su privatización. Ademas, el discurso demagógico también le pone en el centro de las críticas al rescate bancario.

Por tanto, ante las debilidades que pueda tener Nadia Calviño como muro de contención y el temor de que Sánchez termine convirtiéndose en el primero de los ‘podemitas’, bien harían en acelerar los aspirantes a asaltar el banco. Descartado Santander -que demasiado tiene con la digestión de Popular-, el envite bien podría interesar a BBVA -mejor desviar el foco de atención sobre Villarejo&Co- y Caixa -el tamaño siempre importa, y más en banca-, si bien en ambos casos la operación no tiene otro camino que realizarla a pulmón, con el esfuerzo que eso supone. No en vano, es impensable que cualquiera de esas entidades pueda asumir, corporativa y socialmente, que el Estado forma parte de su accionariado, aunque sea de manera temporal. Más encaje podría tener el movimiento para Sabadell, para quien sí sería concebible estructurar la operación con un intercambio de ‘papelitos’. Mientras todos se tientan la ropa frente aIglesias y citan las salvaguardas que ofrece Bruselas frente a una “ocurrencia” morada, parece lógico pensar que la hoja de ruta para ‘comerse’ al banco verde debe estar en la mesa de todos la competencia.

Por ahora, además, las negociaciones entre las huestes de Iglesias y Sánchez parecen explorar una opción paralela, eso sí no menos inquietante. Y es que según aseguran fuentes conocedoras de las conversaciones, Economía estudiaría ya una fórmula para dar más peso al ICO como organismo público de crédito. No sería fácil que esa instancia -que actualmente sobre todo avala préstamos que dan efectivamente los bancos- se convirtiera en una entidad financiera con todas las de la ley, teniendo en cuenta que para ello se precisa una ficha bancaria y los parabienes de Bruselas. Sin embargo, solo el planteamiento y el afán de crear estructuras clientelares bajo esos entornos públicos ya generan comprensible alarma. Sobre todo si se tiene en cuenta que, en privado, Podemos no rebaja el tono en sus exigencias más disruptivas en lo económico. Por mucho que las conversaciones intenten mantenerse entre bambalinas para que lleguen a buen puerto, es de lamentar que nadie en el actual Gobierno en funciones haya bajado al ruedo a definir unas líneas rojas básicas de la negociación en cuestiones que suponen dinamitar el modelo de economía de libre mercado y alientan un intervencionismo inusitado.

“Toto, I have the feeling we’re not in Kansas anymore”, dice Dorothy a su perro tras ser arrastrada por un tornado y recalar el mundo mágico de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939). Una fórmula que en la cultura popular americana se utiliza desde entonces para explicar cómo alguien, de forma imprevista, es desprovisto de aquello que le es conocido y despojado de su zona de confort. Lo que se avecina, con la irrupción del bloque PSOE-Podemos en coalición, es lo más parecido a un salto a lo desconocido, a abandonar Kansas. Más que corazón y valentía, se necesitará cerebro no solo para que la economía, que aguanta estoicamente, mantenga su velocidad de crucero, sino para equilibrar los programas con la realidad y que las empresas encuentren un marco jurídico estable no perturbado por la competencia de lo público. Por si acaso la cosa se tuerce, mejor que los interesados empiecen ya a recorrer el camino de ladrillos amarillos. Bankia espera en la Ciudad Esmeralda.

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