Domingo, 16.06.2019 - 19:54 h
Libertad sin cargas

El día que el 'Ibex vasco' también dio la espalda a Rajoy

Más de 500 cargos ‘colocados’ en los diferentes ministerios por el Partido Popular –herederos de los cesantes galdosianos- hacían el pasado viernes sus cajas en estado de ‘shock’. “Es una vergüenza. Una traición y una deslealtad sin igual”, clamaba uno de ellos en relación al PNV, expresando una sensación que recorría a la amplia mayoría, también en la cúpula. Esta vez no fue como otras veces, en las que la celebración de unas elecciones augura –o al menos puede suponer- un cambio. Esta vez, hacía apenas una semana, el Ministerio de Hacienda había logrado sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado, la condición ‘sine qua non’ para aguantar la legislatura, y quien más quien menos hacía sus cuentas hasta 2020. Todo el mundo tiene hipotecas. El fenomenal jarro de agua fría se secaba este fin de semana con una oleada de preguntas que, entre la rabia y la incomprensión, siempre terminaban igual: ¿Qué hemos hecho mal? ¿Cuál ha sido la agenda oculta de las negociaciones que no hemos sabido ver?

“No hay que darle muchas vueltas –explicaba una fuente de alto nivel del ya anterior Ejecutivo-. El PSOE da apoyo al PNV en el País Vasco. Esa es la carta que se ha jugado y era muy difícil de contrarrestar. Los nacionalistas vascos no podían permitirse esa ruptura”. En efecto, Iñigo Urkullu y la ‘sanchista’ Idoia Mendia firmaban un “acuerdo político” allá por noviembre de 2016 para forjar un gobierno de coalición en Euskadi, reeditando el pacto alcanzado bajo el paraguas de Eusko Alkartasuna 18 años antes y que fue dinamitado por el Pacto de Estella. No obstante, la explicación de los 38 escaños –mayoría absoluta- que suman en el Parlamento vasco PNV y PSE no convencía este fin de semana a muchos de los ‘afectados populares’, que se preguntaban cómo ha sido posible que el Gobierno de Mariano Rajoy no haya amarrado la legislatura en Madrid en paralelo al generoso pacto de Presupuestos.

Y es que, ciertamente, el actual presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, ha jugado sus cartas con maestría. Según explicaban el pasado miércoles fuentes próximas al PNV, a cambio de apoyar la moción de censura, el líder socialista había ofrecido al presidente del Euskadi Buru Batzar, Andoni Ortuzar, el mantenimiento de las dádivas presupuestarias obtenidas de Rajoy y elecciones generales en noviembre. Un planteamiento inasumible por los nacionalistas vascos, que necesitaban retrasar lo más posible los comicios ante el imparable avance demoscópico de su verdadera némesis, véase Ciudadanos. No en vano, Rivera, ungido defensor de la unidad de España y campeón de los ataques contra el privilegio que supone el Cupo vasco, provoca sarpullidos en el PNV. Desactivarle (por ahora) era suficiente razón como para pensárselo. En cuanto Sánchez alargó los plazos electorales, escenario que también él mismo anhelaba, Ortuzar y los suyos no encontraron razón alguna para no venderse al mejor postor.

Ante ese éxito, el fracaso de las iniciativas lanzadas por el Partido Popular para atraer a los nacionalistas a su causa terminó por aflorar el desgaste y las deficiencias de gestión de un gobierno en minoría. De hecho, según deslizaban con mimo el mismo miércoles fuentes conocedoras de los contactos, los negociadores populares se plantearon cómo tocar la fibra sensible del empresariado vasco para buscar su complicidad, sabedores de que, si algún estamento puede influir en las decisiones del PNV, ése es precisamente el de las grandes empresas y la industria vascas. Sin embargo, pronto descubrieron para su decepción que esos puentes no solo estaban dinamitados desde hacía tiempo, sino que las apelaciones a la estabilidad y al buen estado de la economía que pudieran argumentarse, palidecían ante la lista de agravios que esgrimen desde hace meses los pesos pesados del ‘Ibex vasco’.

“No sé si ese planteamiento ha estado o está sobre la mesa –aseguraban el jueves a primera hora fuentes al corriente de las negociaciones-. Pero se equivoca quien piense que puede pedírsele algún tipo de mediación a Iberdrola, después de los frentes abiertos que tiene Nadal con Galán por el cierre de las centrales de carbón, o a BBVA, con quien la relación es francamente mala”. En efecto, Francisco González, presidente del banco, no ha dudado en cargar contra el Gobierno por insistir en que van a recuperarse las ayudas públicas recibidas por Bankia o por el diseño del ‘banco malo’, principio del fin de su desencuentro con Luis de Guindos. Repsol, con su consejero delegado Josu Jon Imaz, otrora factótum del PNV, tampoco fue un factor. En roman paladino, el PP no pudo siquiera disparar la bala de los empresarios y el temor que despierta Sánchez para su cuenta de resultados. Un desenlace sorprendente. No en vano, el nuevo presidente socialista ha dejado ver un programa que incluye un impuesto a la banca para pagar las pensiones y ‘devolver’ a la sociedad el coste del rescate a las entidades financieras, entre otras medidas que implican cargas y tributos extra para las compañías.

La parte buena para los populares, no obstante, es que el acuerdo electoral PSOE-PNV da tiempo al partido para rehacerse y presentar otra cara a corto o medio plazo, a ser posible desligada de las sentencias que vienen. La clave ahora será la pelea con Ciudadanos por liderar la oposición –y el voto- de centro-derecha, al tiempo que se explota la situación de extrema debilidad de Sánchez en el Congreso, así como sus veleidades –que las habrá- con los partidos independentistas. Rivera, a buen seguro desolado por los hechos de la última semana, ya ha dado orden de pasar de pantalla y trabaja en redefinir su estrategia. Mientras, Bruselas y Merkel esperan de uñas al nuevo Gobierno tras el último órdago eurófobo de Italia. Sánchez, que pocas leyes podrá sacar adelante, tendrá que al menos medir muy bien los mensajes si quiere consolidarse y no volar el ‘status quo’ con promesas de gasto. Todo un cambio de paradigma en apenas siete días.

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