Miércoles, 24.07.2019 - 03:00 h
Libertad sin cargas

Las cenas 'light' de FG, Fainé y Botín 24 horas antes del fin de Rato

“No comimos nada, como mucho una coca-cola”, revelaba en ‘petit comité’, hace ya años, uno de los asistentes a las supuestas cenas que precipitaron la dimisión de Rodrigo Rato al frente de Bankia. ¿Es casualidad que el presidente de la entidad presentara su renuncia cuando no habían pasado ni 24 horas de la última de esas reuniones? En aquellos dos encuentros -que han vuelto a primer plano por las testificales de los afectados dentro del juicio penal que se sigue en la Audiencia Nacional por las presuntas irregularidades en la salida a bolsa de la firma-, participaron conspicuos representantes del sector bancario, véase el ya fallecido Emilio Botín (Santander), Francisco González (BBVA), Isidro Fainé (Caixa), amén del propio exvicepresidente del Gobierno y el entonces ministro de Economía, Luis de Guindos. Y al menos según se desprende de sus declaraciones, las viandas no fueron lo único ‘light’. Dicho de otro modo, cuando se vieron, y según parece, lo único que le faltaba a Bankia era ponerle el último clavo del ataúd.

En verdad, de acuerdo con el encaje de las testificales y el relato que los implicados han hecho ‘sotto voce’ a sus colaboradores más próximos en los últimos tiempos, la primera reunión, que tuvo lugar el 4 de mayo de 2012, no se convocó para tratar la situación de Bankia. Más bien, la idea partió de Guindos para plantear a los principales entidades financieras del país el contenido del conocido como real decreto Guindos II, que obligaba a bancos y cajas a destinar mayores provisiones para hacer frente al deterioro del ladrillo en sus balances. El primer decreto, que ya impactó dramáticamente en las entidades, obligó a dotaciones en el entorno de los 50.000 millones. El segundo, imponía partidas adicionales por un valor cercano a los 30.000 millones. Todo un ‘shock’ para el sector… y suficiente como para alentar un debate entre las principales figuras del sector. Fue casi al final de esa reunión cuando Rato aprovechó para deslizar su interés en contar a sus pares el saneamiento que tenía previsto en Bankia. “Se había hecho tarde y decidimos volver a vernos el domingo”, ha explicado a su entorno uno de los presentes.

Fue en la cita del domingo 6 de mayo cuando se abordó en toda su crudeza el ‘caso Bankia’. Como ha relatado él mismo, Rato planteó a los presentes la necesidad de inyectar en el banco capital público por 7.000 millones de euros. “A mí, su propuesta me cuadraba”, expuso en su intervención Fainé, añadiendo que “Paco González era el que decía que, en lugar de 7.000 millones se necesitaban 15.000 o 20.000”. El propio expresidente del BBVA ha sido explícito a ese respecto. “No se arreglaba el problema”, zanjó, calificando la salida a bolsa como “una mala decisión que hizo muchísimo daño a nuestro país”. Es más, sacó pecho por no haber respaldado nunca la operación y dirigió sus dardos, como ya había hecho en anteriores ocasiones, a la entonces vicepresidenta del Gobierno, Elena Salgado, que habría dado órdenes políticas para que los actores clave del sector apoyaran el movimiento. “Fuimos implacables y supimos que íbamos contra un grupo político”, remachó el ejecutivo.

No obstante, la verdadera discrepancia entre las declaraciones en sede judicial del triunvirato de banqueros radica en la petición de dimisión de Rato. Aunque existe consenso en que, después de semejante rapapolvo, a Rato no le quedaba otra opción que dimitir, su decisión de abandonar la presidencia del banco justo al día siguiente no dejó de causar sorpresa entre algunos de sus compañeros de partida. Fainé, por ejemplo, lo reconoció y negó abiertamente que en aquellas horas se pusiera sobre la mesa la salida del presidente de Bankia. “Yo personalmente le dije que lo mejor era que dimitiera porque no iba a conseguir el capital”, dijo por el contrario Gonzalez, que puso acento en la actuación del Banco de España, que prefirió pasar de puntillas por el problema y “no afrontar” la crisis. Difícil determinar hoy los intereses personales que mueven cada una de las testificales. “Lo que han dicho siempre los asistentes a esas cenas es que nadie se lo pidió -explica un estrecho colaborador de uno de ellos-. Si FG ha dicho en su declaración que sí lo hizo, probablemente es porque lo hiciera en el ínterin entre las reuniones y el anuncio. De una forma u otra, Rato no tenía margen de maniobra. De ahí a una conspiración…”.

Lo que tiende a perderse de vista en la causa actual es que, en primer lugar, el procedimiento civil que se resolvió en 2016 ya dejó claro algo que hoy nadie discute. Esto es, que las cuentas de Bankia estaban hechas unos auténticos zorros cuando se produjeron esos cónclaves. No en vano, el Supremo sustanció que las mismas contenían irregularidades, lo que obligó a pagar a los minoritarios, lo que no es poca cosa. En concreto, la Sala Primera subrayó la inexactitud del folleto de la OPS y que los pequeños inversores -a la sazón los demandantes- carecían de los medios para obtener información sobre los datos económicos relevantes para tomar la decisión de adquirir o no acciones de la entidad. No obstante, la vía penal que actualmente dirime la Audiencia tendrá que demostrar que, además, se produjo dolo, una conclusión difícil a la luz de lo visto. En todo caso, sería una pena que la teoría de la conspiración que todo lo enfanga en estos días convirtiera una debacle administrativa y de gestión en lo que no fue a lomos de la presión mediática.

Una declaración que ha pasado con más pena que gloria ha arrojado más luz sobre el caso que la comparecencia bajo palio de los grandes banqueros. El jefe de contabilidad del Banco de España -donde está la verdadera guerra de todo este drama- se llevó las manos a la cabeza al poner en el foco en la información que recogía el folleto de la OPS. Jorge Perez calificó de “bestialidad” que la salida a bolsa se hiciera a 3,75 euros cuando el valor en libros de la compañía se situaba en 15. En ese escenario, “los administradores deben analizar si hay un indicio de deterioro”, subrayó, ante un descuento inédito del 80%. También, lejos de la línea oficial, criticó abiertamente que se permitiera cargar pérdidas contra reservas y no contra resultados.”. Según un profundo conocedor de cómo se manejo la situación durante esos meses, “lo único que cabía por parte de BFA era adelantar el canje de las preferentes que atesoraba por acciones del banco, pero eso lo único que hubiera hecho es adelantar un año la nacionalización”. En suma, las dudas de ilustres cargos del supervisor se produjeron, por lógica, antes de la primera visita de la firma al parqué, en julio de 2011. Toda una constatación de la deriva en la que ya estaba el banco. Lo que vino después es historia. Cuestión de plazos.

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