Miércoles, 19.12.2018 - 13:28 h
Libertad sin cargas

¡Ojo Sánchez y Casado! España cree vivir un apocalipsis económico

La encuesta Henneo/Metroscopia publicada este domingo por todos los diarios del grupo al que pertenece La Información es una auténtica joya para analizar algunos de los fenómenos políticos y sociales que han golpeado la realidad española en los últimos meses. Y es que más allá del sondeo sobre intención de voto -que refleja como el bipartidismo vuelve por sus fueros, con el PSOE liderando la carga tras la moción de censura de Sánchez-, llama la atención la escasa confianza que los votantes muestran sobre una economía española que desde hace años se anota crecimientos sostenidos al tiempo que reduce el desempleo con firmeza prusiana. Certero como siempre, José Juan Toharia, catedrático de Sociología y cabeza visible de la firma de análisis, constata como “en nuestro tejido social, tras diez años de crisis económica, siguen siendo claramente perceptibles las profundadas heridas que aquella (y el modo en que se le ha hecho frente) han causado”. Sea como fuere, los números son para reflexionar.

Por ejemplo, hasta un 82% de los españoles piensa que la crisis no está superada. De hecho, más de la mitad (un 52%) estima que no solo no se ha tomado esa playa, sino que quedan muchos años para llegar a la orilla. En esta línea, ocho de cada diez afirman sin ambages que encontrar trabajo en España es difícil o bastante difícil y el 73% que las próximas generaciones vivirán peor que la de sus padres. Una percepción casi apocalíptica que admite pocos matices pero que contrasta con lo que dicen las cifras del INE y la Encuesta de Población Activa (EPA), la estadística más fiable para evaluar la evolución del empleo. Según la última entrega correspondiente al segundo trimestre del año, hecha pública hace apenas días, España se sitúa ya en los 11.900.300 contratos indefinidos, una cifra muy próxima al máximo histórico de 12.050.400 trabajadores fijos registrado a mediados de 2008. Un dato que sería suficiente para que el menos avezado de los políticos sacara pecho y diera por finiquitada la devastadora crisis que irrumpió hace una década.

Otro ejemplo. La encuesta Henneo/Metroscopia arroja un dato sobrecogedor: un 93% de los contribuyentes sostiene que los salarios que ofrecen las nuevos puestos de trabajo que ha traído la recuperación son “insuficientes para poder vivir”. Y una cosa lleva a la otra. Un porcentaje idéntico piensa que hay desigualdad económica en España, un sentimiento que comparten los votantes de todos los partidos políticos. Hasta un 85% de los electores del PP en 2016, los más optimistas, lo confiesan sin rubor. Si se tiene en cuenta lo elevado de esos porcentajes, está claro que ni los incrementos salariales pactados para el sector público, en el entorno del 8% en los próximos tres años, ni las alzas acordadas entre Gobierno y sindicatos para el conjunto de los trabajadores o de las propias pensiones, son un esfuerzo valorado en demasía. Tampoco que, según el propio INE, el salario bruto anual por trabajador se mantenga estable en los 22.806 euros, lo que supone un sueldo neto en doce pagas de aproximadamente 1.500 euros al mes.

A la vista de los datos, parece evidente que existe una desconexión brutal, una brecha de proporciones isabelinas, entre los políticos y los ciudadanos, entre las impresiones de la calle sobre la economía -doméstica y general-, por un lado, y las sensaciones y los datos que manejan las élites, por otro. En el caso del PP, llueve sobre mojado. El lamento más escuchado entre sus altos cargos en los días posteriores a su salida del gobierno no era muy diferente al que ya exponían cuando Zapatero desalojó al Partido Popular de Moncloa después de los años del ‘milagro económico español’. Véase, “llegamos para embridar la economía cuando el PSOE había dejado el país arruinado tras convertirlo en la fiesta del gasto. Y cuando vemos la luz, nadie lo agradece”. Un despecho hasta cierto punto comprensible, pero al que falta un punto de autocrítica. No en vano, según la encuesta de Metroscopia, el PP es el partido que mayor rechazo genera. De hecho, un 50% de los consultados dice que no le votaría nunca. Por algo será.

Y es que lo cierto es que ni aquel PP de Aznar ni el último de Rajoy han sido capaces de armar un relato social convincente, de vincular la sensibilidad social al ADN del partido, pasar de los números a las personas. Algunos altos cargos desde la soberbia intelectual -los peores- y otros desde la firme creencia de que el trabajo se hace en los despachos pero no en los medios de comunicación -los más ingenuos-, han entregado la cuchara y dado por perdida esa batalla por ‘nolo contendere’. En este punto, el trabajo que tiene por delante Pablo Casado para ‘socializar’ y bajar el partido al terreno es hercúleo. Para empezar, no solo se trata del político que los votantes perciben más a la derecha, sino que los propios electores populares, paradojicamente, estiman que su nuevo líder está bastante más a la derecha que ellos mismos. Un giro que podía tener sentido a corto plazo para, sobre todo, ganar la presidencia del partido y escenificar una vuelta a la esencias, pero que escora decididamente a su formación y que a medio plazo tendrá necesariamente que dulcificar. Más preocupante para él es, sin duda, que cabalga contra la agenda político-social altamente ideologizada en la que el nuevo Gobierno ya ha introducido el día a día.

Porque en lo que respecta al PSOE de Sánchez, hasta ahora la economía no deja de ser útil en la medida en que le permite reforzar la legitimidad en el mensaje social que los socialistas se otorgan casi de origen. Esto es, el nuevo Ejecutivo va a gravar a la gran empresa porque, sobre todo, está socialmente bien visto que paguen más los siempre perversos bancos o las eléctricas, por citar dos sectores malditos. Eso sí, más allá de que el Impuesto de Sociedades deba reformarse -hacia una lógica eliminación de las deducciones-, los fuegos de artificio duran lo que duran. Y la falta de una política de fondo, como ocurrió con el tándem Zapatero/Solbes y su “desaceleración” en lugar de “crisis”, también aleja al votante. No hay que olvidar que, mientras se esfuerza por utilizar el Gobierno como plataforma electoral, Sánchez ya ha incrementado las previsiones de déficit en medio punto y hasta la Airef apunta la posibilidad de que pueda irse por encima del maléfico 3%. Un mal asunto. En suma, el bipartidismo ha salvado el primer ‘match-ball’ y ha vuelto, pero no hace demasiado ya nos enseñó unas costuras no pequeñas. Ahora le toca reinventarse (de verdad y de una vez por todas) o morir.

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