Martes, 21.11.2017 - 13:29 h

'Operación Monzón': el día que Juan Luis Cebrián dejó de mimar al PP de Rajoy

"Lo que diga Juan Luis, que nos ha ayudado mucho". Esa frase, defendida desde una facción del Gobierno para garantizar una sucesión editorialmente inocua en Prisa, era todo un voto de confianza. Sin embargo, el fracaso de la 'operación Monzón', la apuesta última del periodista para tutelar su relevo al frente de la compañía, ha revelado las contradicciones, necesidades y pasivos de todos los actores implicados en el aparente teorema de Fermat en que vive desde hace años el microcosmos que fundó Jesús Polanco. Con dos factores clave que se olvidan ante tanto ruido. En primer lugar, la crisis política que afronta el PP por el incendio catalán, que deja al Gobierno inerme, sin Presupuestos y con la legislatura en el aire. Y en segundo -pero vinculado al primero-, el oscuro objeto de deseo que supone el control de un armamento tan pesado como el que atesora Prisa. Como se verá, en ese laberinto las preguntas son a veces tan sugerentes como las respuestas.

Para empezar, resulta imprescindible ponerse en el pellejo de los dueños de la compañía, en especial en el de Santander (véase Ana Botín), Telefónica (José María Álvarez-Pallete) o Caixa (Isidro Fainé).
Sus empresas, gigantes corporativos acostumbrados a moverse solo en función de los intereses de sus accionistas, ya socorrieron a la editora de El País hace algo mas de un lustro. Un movimiento sin rédito empresarial -mejor no echar cuenta de las minusvalías-, que les metió de cabeza en el capital de la firma y que solo se entiende por el aliento del Ejecutivo para el 'proyecto rescate'. Parecía al menos lógico que ahora, ante la necesidad de rascarse en bolsillo con otros 500 millones, los afectados quisieran elegir primer ejecutivo. Y en ese punto, Javier Monzón, un gestor profesional de probada solvencia, contaba con toda la confianza de Botín, que ya le había reservado la presidencia de
Openbank. Prisa era para los dos una oportunidad 'made in heaven'.

​Y es que Botín, que acaba de culminar con la compra del Popular una de esas operaciones de campanillas que marcarán un antes y un después para su banco y para el sector, un movimiento de impacto similar al que tuvo la adquisición de Banesto por parte de su padre, aún no había dado
muestras de buscar una dimensión 'política' para su gestión, a diferencia de lo que fueron los últimos años de su progenitor, a la sazón pieza clave del Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC). ¿Quiere Botín dotar de esa dimensión a su gestión o simplemente pretende cuidar de su dinero? De una forma o de otra, Javier Monzón al frente de Prisa era una pieza clave y, si admitimos la hipótesis primera, la primera decisión estratégica de la presidenta del banco en el sector de los medios de comunicación. Una reflexión que, 'mutatis mutandi', puede aplicarse a Álvarez-Pallete un año y medio después de desembarcar en Telefónica.

Claro que, dicho todo eso, Monzón tenía sus contraindicaciones. Y no solo por su final en Indra, en guerra abierta con Pedro Morenés y con parte del Gobierno Rajoy, sino también por sus amistades peligrosas. De hecho, fuentes conocedoras de las negociaciones para la sucesión, no dudan en señalar a Felipe González como una pieza clave en la fontanería del proceso por su ascendencia sobre Cebrián. Una maniobra que, al llegar cocinada, no solo levantó suspicacias en el Ejecutivo, sino que directamente terminó de dar sentido a la trama y se intuyó como la preparación artillera del 'establishment' ante un eventual cambio de guardia en Moncloa a corto o medio plazo. ¿Realidad? ¿Meros fantasmas? Es más fácil que la imaginación juegue malas pasadas cuando tienes que prorrogar otros Presupuestos y hasta asumir que no vas a cumplir el objetivo de déficit. Entonces, toda precaución es poca.

A partir de ahí, es donde de verdad caben algunas de esas preguntas sin respuesta. Las primeras, incluso dramáticas en sus propios términos en tanto asumen el indecoroso peso de lo público en decisiones que deberían ser solo privadas. Por ejemplo, ¿cómo pensaban Santander o Telefónica sacar adelante la designación de Monzón para gobernar el principal grupo de medios de comunicación del país, sabiendo que es persona 'non grata' para parte del PP? Y por seguir desde la ingenuidad,
¿cómo pensaba el Gobierno Rajoy que su fiel aliado Juan Luis Cebrián iba a mirar por los intereses 'populares' a la hora de buscar un sustituto para Prisa, después de años resistiéndose a que siquiera un consejero delegado le enmendara la plana? Al final, el más elegante -y largo- ha sido Monzón, que advirtió el embrollo en que se metía aunque sacara adelante 'in extremis' la votación en el Consejo. Y es que además de ganar la batalla, luego hay que gobernar el día después.

Disipada la humareda tras el tiroteo, las segundas cuestiones tienen que ver con el futuro. Prisa necesita casi más desesperadamente que un gestor nuevo los 500 millones de dinero fresco comprometidos en la ampliación de capital que se aprobó el pasado viernes en paralelo al plan de sucesión. Y según aseguran fuentes conocedoras de las conversaciones, tras el desplante que han sufrido los Botín o Pallete, las aportaciones y sus cuantías están lejos de quedar cerradas. Y por cierto, sigue pendiente la cuestión del sucesor. El Gobierno, pese a los últimos roces con el afectado, piensa en un ejecutivo con experiencia en el sector de los medios de comunicación, con un brillante último desempeño empresarial en el ámbito público y que, como Clarence, el ángel de la guarda que interpretaba Henry Travers en ¡Qué bello es vivir! (1946), ya se ha ganado las alas. A Cebrián, empero, no le gusta esa película. Y para cuadrar el círculo de accionistas y Gobierno, hay que contar con él.

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