Viernes, 21.09.2018 - 14:24 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Alejandro Magno, Gaugamela y Pedro Sánchez 

Una de las cosas más interesantes que hay en política es la estrategia, el arte para dirigir un asunto. La cosa pública, el deporte de competición y la ciencia militar comparten esta disciplina basada en analizar los puntos débiles del rival y armar toda una serie de acciones coherentes dirigidas con un único propósito: la derrota del rival.

Aquel que lea este artículo y piense que Alejandro Magno y Pedro Sánchez tienen algo que ver errará de pleno, pero sí es cierto que la táctica que ambos emplearon para derrotar a sus adversarios, el rey Darío y Mariano Rajoy, comparten algunos rasgos en común.

Retrocedamos, con paso firme y decidido, 2.300 años. Sobre la llanura de Gaugamela, cercana a la actual Mosul, los centenares de miles de soldados y esclavos persas de Darío, el último rey aqueménida, se desplegaban en toda su magnitud ante la mirada atónita de los escasos guerreros macedonios, liderados por un imberbe Alejandro Magno.

Fotografía Alejandro Magno
    

El espectáculo debió ser brutal. Las cimbreantes sarisas de las falanges macedonias estaban preparadas para recibir la embestida de la caballería pesada persa, la furia de los temidos elefantes de guerra y las temibles acometidas de los famosos 10.000 inmortales, todos prestos para expulsar al osado príncipe de Pela.

Alejandro, el único e inigualable, era consciente de que se encontraba ante un fracaso seguro. Ningún ejército podría derrotar en su propio territorio a un contingente que superaba por 10 a 1 a sus propias tropas. El caudillo griego necesitaba encontrar algo, algún elemento externo a la mera realidad que le proporcionara una ventaja, por mínima que esta fuera, para resultar vencedor en una batalla decisiva para el futuro del mundo.

Alejandro decidió sacrificar parte de sus efectivos disponiendo los mismos hacia las primeras hileras persas que se frotaban las manos oliendo a sangre helena. Los macedonios no entendían bien qué estaba pasando. Prietas las filas, sí, por supuesto, pero también eran sabedores de que el enemigo tardaría apenas un momento en destrozar el yunque que había preparado como siempre su adalid. Sin embargo, esta vez no habría ningún martillo. Alejandro, acompañado de sus más fieles seguidores, se alejó del frente de batalla a caballo y en paralelo a las líneas del rey Darío.

Para llamar la atención se colocó su casco de león con un penacho especialmente llamativo que provocó exactamente el efecto que esperaba. Miles de persas a caballo y a pie salieron en su búsqueda. La trampa estaba dando sus resultados, que no eran otros que estirar las líneas enemigas, aligerando la escolta del rey aqueménida y generando un espacio sin protección entre Darío y Alejandro.

Una vez observado que el hueco creado era el suficiente, viró su rumbo 90 grados y atacó directo a la cabeza del imperio. Alejandro y sus generales comenzaron una galopada sin vuelta atrás hacia el desprotegido centro de mando persa en el que Darío, sin dar crédito a lo que veía, no tuvo más remedio que abandonar a toda prisa el campo de batalla, dejando tras de sí a sus soldados y emprendiendo una huida tierra adentro, sin siquiera tener tiempo para observar como todo su ejercito, sus cientos de miles de guerreros, eran masacrados sin piedad alguna por los griegos.

Alejandro había vencido y lo había logrado gracias a comprender que cuando quieres ganar la guerra no hay otra manera que atacar al rival donde más le duele. En este caso a la misma cabeza de la serpiente.

En parte, la táctica empleada por Pedro Sánchez para alcanzar la presidencia del Gobierno se asemeja a lo acontecido en Gaugamela hace 2.300 años. Idéntico análisis de la situación, absoluta inferioridad en la aritmética parlamentaria y misma estrategia para alcanzar un resultado: atacar directamente al líder rival para que caiga, como un castillo de naipes, junto con su ejército.

Pedro Sánchez
El presidente del Gobierno a las puertas de Moncloa, su nueva residencia. / EFE

Las dudas también surgieron entre la tropa socialista. Una moción de censura con apenas 84 diputados no tenía ningún viso de fructificar hace apenas una semana. Al igual que en Gaugamela sería necesario sufrir, sacrificar algunos principios para alcanzar el objetivo, por ejemplo, gobernar con los presupuestos de tu principal adversario.

La moción de censura fue el espacio exacto que necesitaba el dirigente socialista. Un pasillo que le llevaba directo al corazón de la política nacional. Al igual que ocurriera hace 2.300 años, la única manera de construir esta holgura no era otra más que estirar las filas propias hasta el límite, sumando, escaño a escaño, una mayoría que pudiera batir al gobierno popular. Sin líder, los persas no pudieron más que abandonar las armas, léase el gobierno popular, y retirarse al interior, el Senado, donde aún las huestes macedonias tardarían años en llegar, quizá dos años, lo que le queda a esta legislatura.

Alejandro no fue sólo el más brillante de los generales de la antigüedad. Consiguió conquistar gran parte del mundo conocido y trató de forjar un imperio con una línea clara, aprovechar lo mejor de dos mundos que se conocían de manera dramática pero que estaban llamados a crear una civilización mixta. Ni PSOE ni Podemos, tal vez algo nuevo.

Junto a la gloria surgen también los peligros. No todo en el reinado de Alejandro fue positivo. La ambición desmesurada por conquistar tierras llevó al hegemón heleno a inundar de riquezas toda la Hélade, por lo que el precio del trigo aumentaba sin compasión generando una inflación desmesurada. A mayor conquista, mayor era el coste de la vida y la población fue, como siempre en la historia, la primera perjudicada. Alejandro descuidó sus cuentas públicas para favorecer su propia gloria. Se olvidó de Gaugamela, tan sólo quería conquistar más y más. Desconectó de la realidad, un vicio muy común entre los líderes políticos y militares a lo largo de los tiempos.

Y como no, en esta historia siempre deben aparecer otros personajes. Los diádocos, los generales que acompañaron al macedonio por todo el orbe. Lisímaco, Pérdicas, Antípatro, Ptolomeo, … rivalizaron en esplendor con Alejandro que tuvo que lidiar con más de uno para evitar que su gloria lo eclipsara.

El nuevo Gobierno de Sánchez suena mucho y bien pero ahora hace falta que la suma de muchos no lleve a la resta de todos. Un líder siempre debe rodearse de los mejores, pero además de saber elegir hay que saber dirigir. Alejandro lo hizo, pero a su muerte comenzó una guerra inmisericorde entre los otrora compañeros de armas por el poder. Quizá, este aspecto tan terrible de la política, se esté librando ahora en las orillas de Génova.

Marlaska, Borrell, Rivera, Calviño, Duque, Robles, son los nuevos nombres llamados a acompañar a Sánchez en su próxima parada: la permanencia en Moncloa. La misión del animal político es clara. Debe alcanzar el poder y una vez en él permanecer a toda costa. Si Sánchez ha leído a Estrabón, probablemente también haya hecho lo mismo con Maquiavelo.

Como afirmaba al comienzo de este artículo Pedro Sánchez y Alejandro Magno no comparten nada más que demostrar que con una estrategia clara y decidida todo es posible. Nunca Arquímedes estuvo tan acertado. Denme una moción de censura y moveré el mundo.

Temas relacionados

Ahora en Portada 

Comentarios