Martes, 16.07.2019 - 09:13 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Brexit: 'The neverending story'

Si no lo han hecho todavía les recomiendo vivamente ver la película, casi documental, Brexit: the uncivil war. Sin ánimo de hacer ningún tipo de spoiler, la cinta muestra todo el entramado que culminó con un referéndum histórico en las tierras de la Reina Isabel II. Es un ejemplo del tesón con el que un país puede llegar a autodestruirse democráticamente.

Como bien señala Dominic Cummings, magistralmente interpretado por Benedict Cumberbatch, la carrera en contra de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea se inició hace 20 años. Esta afirmación relativiza la eficacia de las campañas electorales y pone de manifiesto la importancia de interpretar las señales que la sociedad ofrece a sus dirigentes. Es el denominado olfato del gurú político que, de estar desarrollado apropiadamente, le ayudará en su toma de decisiones. De lo contrario, le conducirá a la más absoluta de las derrotas.

Cuando un tema sin solución aparente está encima de la mesa durante tanto tiempo, los políticos siempre tienen la tentación de lanzar la pelota a la sociedad. Confían en que ésta resuelva un problema al que no han sabido dar alternativa. Si no se piensa con antelación, los resultados pueden ser desastrosos.

Este es el caso que plantea la película dirigida por Toby Haynes. Para entenderla debemos partir de una base. Si los mensajes que proliferan en los medios de comunicación, en las redes, en las publicaciones especializadas, en las tertulias o incluso en las conversaciones de sobremesa no encuentran discusión o contrargumentación alguna, la denominada clase política, tendrá perdida cualquier esperanza de cambiar la percepción de la ciudadanía.

De esta manera. cualquier campaña electoral se ve condicionada por la lluvia fina y convincente de la comunicación entre los ciudadanos que cada cuatro años, en el mejor de los casos, se convierten en decisores. Es la regla de la democracia. El pueblo, como el cliente, siempre tiene la razón, incluso aunque vaya en contra de sus intereses.

Efectivamente, los mensajes más creíbles y los mejor construidos son aquellos que pasan a formar parte de nuestro ser social de manera inconsciente. Luego, como el mismo Cummings recalca, simplemente hay que repetir, repetir y repetir. En este sentido, la política se parece mucho al fútbol o al menos a la concepción que Luis Aragonés tenía de él: Ganar, ganar, ganar y volver a ganar, eso es el fútbol… y también la política.

El efecto del anuncio y posterior negociación de la salida del Reino Unido de la UE ya ha generado el terremoto institucional que se preveía. A la desconfianza de Bruselas se une el cambiante estado de ánimo británico, que dista mucho de ofrecer una visión homogénea para tratar de alcanzar una separación justa y eficaz del espacio europeo.

La sombra del fantasma de un segundo referéndum comienza a volar por las Islas. Al más puro estilo de un ex presidente del Gobierno gallego, la premier británica deja pudrirse los temas. Lo hará hasta su derrota final.

La Cámara de los Comunes permitirá a Theresa May ampliar el plazo para que Gran Bretaña diga adiós a Europa. El deadline del 29 de marzo aparece ya como una quimera política, pese a que en su momento se defendía como el punto de no retorno de los partidarios de la salida. Con un “no acuerdo” todos pierden, en realidad todos perdemos.

En el lado británico la cuestión es evidente. La ruptura sin más con Bruselas en ningún caso favorecería las posiciones políticas de conservadores y laboristas. Tampoco beneficiaría a los diversos grupos (cada uno con una visión diferente del problema) que pueblan sus filas.

Perdería, por supuesto, la Unión Europea, que vería como uno de sus miembros más ilustres se va, por voluntad propia y sin más formalismos que el “Goodbye Europe”.

Tampoco saldría bien parado al armazón jurídico comunitario, puesto que quedaría sin efecto la escasa regulación que ofrece el artículo 50 del Tratado de la Unión. Con todo, estaríamos ante un procedimiento que requiere de muchos más pasos. Hay que recordar que todas las partes deben estar de acuerdo en ampliar el plazo, con la autorización unánime de los veintisiete (veremos la posición de Irlanda e incluso España) y con la conformidad del Reino Unido.

Ahora bien, ¿qué ha cambiado en la presunta determinación británica para abandonar la Unión? Es evidente que los efectos económicos de una salida alocada provocarían una catástrofe burocrática en ambos bloques. Según el Gobernador del Banco de Inglaterra, la salida sin acuerdo del Reino Unido tendría una repercusión directa sobre la tasa de desempleo británica que podría aumentar, como mínimo, un 6%. Los precios de la vivienda descenderían un 25% y los “no” permisos de aviación y circulación de mercancías podrían paralizar el país y crear serios problemas de abastecimiento. Eso por no hablar de la inmediata devaluación de la libra (no nos vendría nada mal) y la posible caída de la inversión europea, que en el caso de la española afectaría a nuestro segundo socio destinatario. En definitiva, parece que el apocalipsis se desataría en la campiña inglesa.

Pero el factor determinante no es tanto económico como político, y, si me apuran, democrático. El afán velado de Jeremy Corbin, el líder laborista, de plantear un segundo referéndum para desbloquear la situación, realmente es una bomba de relojería destinada a presionar, aún más, al gobierno británico.

De manera inmediata, los eurosescepticos (por no decir eurófobos) han apoyado permitir a May solicitar una ampliación del plazo de salida, pese a que, en los casi tres años que llevamos de negociaciones, han venido repitiendo como un mantra su negativa a ir más allá del 29 de marzo.

No les ha faltado razón ni visión política. Un segundo referéndum probablemente cambiaría el destino tan ajustado de un pueblo que tomó la decisión más trascendental de su historia reciente. Tras una apasionante contienda electoral, el “leave” se impuso al “remain” por tan sólo un millón trescientos mil votos. Dicho de otra manera, el 1,97% del electorado impuso su voluntad al futuro de un país de sesenta y seis millones de personas.

La decisión puede ser suicida o absurda, pero el caso es que el principio democrático se impuso y el mismo gobierno que propuso temerariamente la consulta tuvo que remangarse y ponerse a gestionar la salida de la segunda economía y el mercado financiero más importante de Europa. No puede ser de otra manera. En democracia la voluntad del pueblo expresada en las urnas es la que debe regir la política.

Un segundo referéndum, nos guste o no, quebraría este principio, amén de dar legítimas razones a un populismo eurófobo que busca recuperar la soberanía, aunque sea en favor de la autodestrucción.

Una vez más las terceras vías se impondrán y quizá todo se solucione ganando un poco más de tiempo -en esto May es una maestra- para encontrar una lógica a esta historia que comenzó hace veinte años, pero a la que nadie contestó. El que calla otorga, y esa es exactamente la razón del mayor fracaso político en la historia de la Unión Europea. El tiempo dará y quitará razones, pero está en manos de todos evitar que una salida ilógica se convierta en una huida surrealista. Esta es la historia loca e interminable del Brexit.

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