Domingo, 08.12.2019 - 03:01 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Conclusiones de un debate: que gobiernen ellas

Recuerdo a un antiguo político que para sacar una sonrisa de sus colaboradores durante la crisis económica más profunda que ha vivido nuestra democracia decía: "Pues mira, que gobiernen ellos". Ese ellos en realidad no era otra cosa que los otros. Un intangible que ponía de manifiesto la castiza expresión de esto no lo soluciona ni Dios.

Pues bien, salvando las distancias, poco más o menos esto puede decirse del debate que ayer noche reunió a las cinco políticas más interesantes de la actualidad. Una por partido y no fue por un tema de género. Se pidió a cada partido que enviaran a lo más granado de su dialéctica y este fue el resultado.

La última oportunidad, como así se bautizaba el debate, suponía asumir que, en caso de cometer un fallo grave, un error de esos que pasan a la historia política del país, ya no habría remedio de solucionarlo a tan solo tres días de las elecciones. El caso es que fallos de estos los ha habido y muchos. Se acordarán del "indecente" de Pedro Sánchez a Rajoy o la niña de este último o el silencio de Rivera por citar algunos de los más notorios. El riesgo era alto y el beneficio, como mucho permanecer igual.

El formato planteado por los organizadores era realmente trepidante, incluso atropellado en muchos momentos, en los que los cuchillos parecían no encontrar un objetivo sobre el que centrarse en los diferentes temas propuestos. Las protagonistas fueron ellas que en muchas ocasiones desbordaban a la otra Ana Pastor (no confundir con la representante popular).

Desde un punto de vista de comunicación, al menos dialécticamente, han estado a años luz de sus jefes y eso se notó desde el primer minuto en un debate en el que los aspectos programáticos pasaron a un segundo plano y en el que era más importante sacar a colación las incoherencias del oponente que cualquier atisbo de racionalidad ideológica propia.

Mucho está cambiando la política. El tratamiento de los datos, los mensajes personalizados y la elaboración de argumentarios a través de la neurociencia política, están convirtiendo la lucha política democrática en una auténtica dictadura intelectual. El paradigma ha mutado. Si antes era el votante el que examinaba al político a través de un programa, ahora es el político el que analiza al votante para ofrecerle lo que quiere. El mundo al revés.

Y esto es exactamente lo que hicieron ayer Irene Montero, Ana Pastor, Inés Arrimadas, María Jesús Montero y Rocío Monasterio. Darnos exactamente lo que querían nuestros oídos, cada uno el suyo.

Por encima de todo, la última oportunidad sirvió para que nos diésemos cuenta de la distancia que separa a los líderes de sus lideresas. Es una distancia abismal, al menos en lo comunicativo. Lejos de formatos encorsetados que favorecen eminentemente a los partidos políticos, el modelo presentado ofrece la posibilidad de ver la espontaneidad, una virtud que en política comienza a ser una 'rara avis'.

Desde el punto de vista más pragmático, el encuentro de ayer sirvió para que Inés Arrimadas salvara la papeleta a Albert Rivera y se configurara como la gran protagonista. Lejos de cometer el error de no contestar a las preguntas que hábilmente planteaba la presentadora, fue directa a dejar clara la pregunta sobre la que nos pronunciaremos el 10-N y que no es otra que saber a quien apoyará o dejará de apoyar uno u otro partido para conformar un gobierno que saque de una vez a este país del desbloqueo y la inacción.

Así, ya sabemos que Ciudadanos apostará por la derecha, no la extrema, apoyará a la fiel derecha de toda la vida del Partido Popular que le permita mantener el tipo al menos en el Parlamento. Un guante que fue recogido, con poco entusiasmo, todo sea dicho, por parte de la representante popular, superada en algunos momentos del debate por el ritmo del programa.

La aclaración del sentido de los apoyos post 10-N también llegaron al bloque de la izquierda. Ya sabemos que el PSOE mantendrá su cerrazón en un gobierno en solitario, algo que nos ha llevado a la repetición electoral y que si no cambia en su planteamiento nos puede llevar a terceras elecciones. Un escenario que Unidas Podemos - créanme que ha recuperado muchos votos durante la campaña - intentará impedir dependiendo del número de escaños que finalmente alcance. La recuperación del voto es obra del tándem Iglesias - Montero y su virtud para preparar correctamente un debate electoral.

Y llegó el turno de Vox. Quizá el único partido que sabía que, en parte por presión popular, no iba a salir de rositas del segundo y último gran debate de la campaña. Lejos de acobardarse, Rocío Monasterio tenía bien claro que no hay mejor defensa que un buen ataque y dejó como un corderito a Santiago Abascal. Lo suyo son las distancias cortas, repartiendo, desde la extrema derecha del espectador, golpes a sus presuntos aliados y a su socialista vecina de atril. Mas diplomática fue la relación con Irene Montero en lo que parecía un pacto entre los extremos para no pisarse la manguera.

No hubo más debate. Una vez respondida la pregunta sobre qué sucederá a partir del 11 de noviembre, el juego derivó en ataques a la línea de flotación de las oponentes. Sin duda la contienda fue más vivo que en la categoría masculina, pero dejando en evidencia que hoy en día la política en España tiene nombre de mujer.

Algunos se preguntarán ¿quien ganó? En esto la política no ha cambiado. Ganó quien usted quería que ganara, porque los debates son como el ombligo. Todos tenemos uno y nos parece el más bello de todos.

La campaña más corta de la historia de la democracia no ha defraudado. Realmente hemos visto lo mismo en una semana que en dos. Costando la mitad y teniendo en cuenta lo ilógico de esta convocatoria electoral más nos vale aplaudir estos siete días de calma chicha antes de volver a la incertidumbre política del próximo lunes.

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