Martes, 10.12.2019 - 23:23 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

¿Dónde está España?

Escribía Maquiavelo en 'El Príncipe' que quien permite el desorden para evitar la guerra tendrá primero el desorden y luego la guerra.

Es evidente que una máxima establecida en el siglo XVI no puede extrapolarse directamente al XXI, pero, tristemente, la historia de nuestro país está plagada de momentos en los que la inacción del Estado se convierte en el acelerante perfecto para que el sistema estalle.

En realidad, no revientan las calles, ni siquiera las instituciones. Saltan por los aires los esfuerzos de varias generaciones en la búsqueda de paz y democracia en un territorio llamado España. Una nación que, se dice pronto, no ha llegado a disfrutar de 50 años de paz y democracia seguidos en sus fronteras.

La Primera República española, en 1873, estuvo protagonizada por el fenómeno del desorden público. Estanislao Figueras, primer presidente republicano de nuestra historia, rehusó restaurar el orden público ante los alzamientos de los partidarios de la imposición de una república federal en España. Su reacción -¿les suena?- no fue otra que subirse a un tren con destino París y abandonar a su suerte a todos los españoles.

Apenas unos días después, el Congreso de los Diputados se veía rodeado en un intento de golpe de Estado. Los sucesores de Figueras, Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, se encargaron y empeñaron en elaborar un proyecto de Constitución Federal de la República de España. De nuevo, el desorden se impuso, comenzando a surgir miniestados como setas en forma de cantones que se declaraban la guerra entre sí. De nuevo el desorden y la inacción del Estado fueron precedentes del desastre.

La verdad es que nuestro país es peculiar. La experiencia volvió a repetirse durante todo el siglo XX. La falta de respuesta ante los desordenes y alzamientos provocados durante la monarquía de Alfonso XIII y la República de 1931 culminaron en el golpe de Estado de 1936, que tampoco fue sofocado con éxito. El resultado lo conocemos todos. España, el proyecto español, derivó en una guerra civil que aún hoy, 83 años después, sigue pesando en el legado de los bisnietos de sus protagonistas.

El desorden es sinónimo de anarquía. Impide no solo el libre ejercicio de la actividad económica o empresarial. También limita los derechos de expresión y manifestación que, curiosamente, son los mismos que permiten justificar lo injustificable y no condenar lo condenable.

En Barcelona nos jugamos mucho más que unos adoquines levantados o unas barricadas incendiadas. Nos jugamos el restablecimiento del orden, de la bendita normalidad que permite llevar a los niños al colegio o hacer la compra en un mercado sin oler a gasolina por la mañana. También posibilita llevar luz y gas a cualquier hogar o pasear libremente por la calle. Nos jugamos la existencia misma del Estado tal y como lo conocemos. El resto es caos y fracaso colectivo.

No es momento de pensar en las razones que nos han llevado hasta aquí. Ni siquiera es el instante de cuestionar por qué España afronta el mayor desafío a la democracia desde 1981 con un Gobierno en funciones, ni la irresponsabilidad de convocar unas elecciones generales que tendrán lugar dentro de tres semanas.

Tampoco hay que preguntarse si estamos aquí por dejar pudrir las cosas desde hace ya tantos años, con diferentes gobiernos y con distintos presidentes o si la educación en el odio y el desprecio a una nación es el germen de lo que recogemos hoy en Cataluña.

Es tiempo de evitar que una Jefatura de Policía se vea sitiada durante horas por una masa con sed de sangre. Es el momento exacto para que las ideas, sean las que sean, demuestren que este país es mucho más que jóvenes ninis haciéndose un 'selfie' delante de un cajero en llamas, que cientos de miles de personas llamen a la prensa manipuladora o que se lance ácido contra sus propios hermanos encargados de velar por la seguridad de todos.

Suelo escribir sobre países en conflicto, sobre sucesos que llevan a preguntarnos si merece la pena vivir en un mundo rodeado de guerras y odios. Sin embargo, hoy toca escribir sobre tu propio país, sobre tu propia gente, sobre las mismas caras de odio que ves en lejanos continentes, en otros países donde prima más la supervivencia que la convivencia.

Tampoco hay que dejarse engañar. Es evidente que esto no es Alepo, Sarajevo o Yemen, pero no es cierto que esto sea una normalidad democrática, como afirman algunos, que ocurra en Londres, París o Ámsterdam.

El hecho diferencial es que aquí hay unos cuantos miles que quieren imponerse a todo un país, a una Nación, a una sociedad. Eso, ni lo podemos ni nos lo podemos permitir.

En este escenario dantesco en el que se ha convertido Cataluña surge la figura de un turista que preguntado por las cámaras se pregunta: ¿dónde está España? La periodista, que, en ese momento, con un fondo de contenedores ardiendo, no da crédito al interrogante le contesta que si se refiere a la Plaza de España en Barcelona. El rostro del viajero nos sorprende al contestar que no, que se refiere a si está en España o en otro mundo, en otro país… y es que es cierto, ¿dónde está España? ¿Qué ha quedado de ella? ¿Qué ha quedado de nosotros?

Comenzaba el artículo afirmando que el desorden público ha estado presente en todos y cada uno de los momentos anteriores a las grandes desgracias de nuestro país. Es cierto, mi padre tenía razón, el español es el único animal capaz de tropezar dos, tres, cuatro o más veces con la misma piedra.

Recuperemos el orden y evitaremos el desastre. No nos olvidemos que en Cataluña hay mucha gente, incluso nacionalistas, que se preguntan ¿dónde está España?. No demos la callada por respuesta.

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