Martes, 13.11.2018 - 06:43 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

El emocional debate sobre la inmigración y los refugiados

Se acordarán. Fue hace tres años. En julio de 2015, durante un debate en una escuela, la canciller alemana Angela Merkel se dirigía a un grupo de estudiantes en Rostok. La polémica en torno a los refugiados estaba en el centro del debate electoral en Alemania. Los millones de demandantes de asilo, que se agolpaban a las puertas de Europa, veían en Berlín la salvación y en Merkel la figura política que necesitaban para llegar al paraíso europeo.

En este escenario surgió la figura de Reem Sahwil, una niña de apenas 14 años que con gran entereza preguntó a la canciller una cuestión que afectaba directamente a su futuro. Su petición de asilo, tras más de cuatro años de residencia en este país, aún no había sido contestada por parte de las autoridades alemanas. 

El silencio negativo terminaba en apenas unos meses y Reem y su familia podrían ser obligadas a volver a Líbano, su país de procedencia. Reem reclamaba el derecho a vivir en un país en paz, donde poder terminar de formarse como el resto de compañeras alemanas que la arropaban durante el encuentro.

La niña preguntó en perfecto alemán a la jefa del ejecutivo más poderoso de Europa, y ésta le contestó al más puro estilo burocrático de la Alemania Oriental. Su respuesta fue contundente. Lo primero que hizo fue recordarle que la política es a veces muy dura, lo que ya anticipaba el tremendo mazazo que se le avecinaba a Reem.

Aseguraba que en Líbano había miles, cientos de miles de personas esperando para entrar en Europa. De nuevo el gesto de Reem se torcía a medida que la canciller endurecía su discurso. Merkel vaticinaba la imposibilidad de dar acogida a todos lo libaneses, africanos o personas procedentes de cualquier otro país o continente en la esperanzadora Alemania. "No podemos permitírnoslo", aseguraba.

Mirando fijamente a los ojos de Reem le espetó que "algunos tendrán que regresar a su país". Cuando el presentador le preguntaba que cuanto tiempo tardaría en tomar una decisión así, Merkel se preparaba para contestarle que en un año. Era muy tarde para Reem Sahwill. Sus lágrimas comenzaron a brotar desde sus negros ojos. La joven libanesa se dio cuenta de que dentro de ese "algunos", ella y su familia podrían estarlo y fue consciente de que, quizá, nunca más estaría con sus compañeras de clase.

Después de cinco segundos tensos, en los que la presidenta germana descubrió la distancia tan abismal que existe entre el discurso racional y la recepción emocional del mismo, se lanzó a tratar de consolar a Reem. Lo único que se le ocurrió a la canciller fue decirle que "lo has hecho muy bien", pero las lágrimas de Reem no se debían a la presión televisiva. Eran provocadas por su temor a regresar al infierno. Un año después, Merkel anunciaba al mundo que Alemania se disponía a acoger a más de un millón de personas que habían solicitado asilo en su territorio.

En esta lucha entre la política racional y emocional, que tan bien relata Manuel Arias Maldonado en su libro 'La democracia sentimental', el debate sobre las migraciones se hace un hueco en la agenda mediática. Cualquier experto en comunicación es capaz de advertir la desigual lucha mediática que se produce, sobre todo en la televisión, entre un inmigrante descalzo y zaherido por concertinas, exhausto tras un viaje de miles de kilómetros a través del desierto, y una opulenta sociedad que parece asustada porque otros puedan llegar a amenazar su presente veraniego.

Sin embargo, la brecha que existe entre la comunicación emocional y la racional no debe ignorarse, y mucho menos debe servir para justificar decisiones de Estado tan importantes como las políticas de inmigración y asilo. Sin racionalidad la política deviene en populismo, y éste puede acabar con los derechos de la mayoría, si únicamente se guía por las emociones. Por otra parte, la política también debe ser consciente de la necesidad de responder a las emociones, ya que de otra manera devendría en despotismo, y ésto ya lo sufrimos en Europa en el siglo XVIII.

En este contexto es imprescindible la vuelta a la racionalidad. Un país como España, con la tasa de desempleo más elevada de la OCDE y un sistema de protección social fundamentalmente basado en las ayudas que prestan las familias a sus miembros –no nos olvidemos de que un Estado del bienestar es factible con unas tasas de empleo inferiores a un 5%-, difícilmente podrá acoger en condiciones óptimas a los mismos inmigrantes que Alemania.

Por mucho que el impulso irrefrenable a huir de países en conflicto sea irresistible, no es menos cierto que la capacidad de acogida tiene sus límites y entre ellos también se enmarca la paz social y las condiciones necesarias para acoger en condiciones óptimas al mayor número de personas posibles.

En lugar de preguntarnos por el cómo, parece que nos preocupa más el cuántos. Esto provoca que el debate tranquilo y sosegado, tan necesario en estos temas, se convierta en una especie de carrusel de brazos abiertos o puertas cerradas. La ausencia de debate provoca que obviemos las consecuencias lógicas que una política de acogida sin criterio pueda tener en la sociedad española, tan necesitada de seguridad en la toma de decisiones últimamente.

Por último, es necesario recordar la connotación de refugiado y que parece querer ser olvidada. Por definición, un refugiado es una persona que desea poder volver a su país de origen mientras que un migrante busca vivir de manera más o menos definitiva en otro, bien sea para prosperar personalmente o para poder ayudar a su familia desde el exterior. Ambas son realidades diferentes y, por lo tanto, deben ser tratadas de manera distinta. Acudiendo a los principios del derecho, no habría mayor injusticia que tratar como iguales a los que no lo son.

El ejemplo de Reem Sahwill pone de manifiesto que efectivamente la política es muy dura, sobre todo cuando se sufren sus efectos en persona, pero también es verdad que sin racionalidad la política, además de dura, puede ser peligrosa.

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