Martes, 19.03.2019 - 18:51 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

El federalismo como... ¿solución a todos los males de España?

Que el modelo de organización territorial español presenta claros síntomas de agotamiento es más que una realidad. La excesiva atomización del Estado en pequeñas unidades organizativas es más un lastre que una ventaja a la hora de afrontar los problemas que, como en todos los países y naciones, surgen de la normal y cotidiana convivencia entre ciudadanos e, incluso, entre los conflictos existentes entre la sociedad y el Estado.

Ahora bien, a la hora de abordar los distintos modelos que pudieran servir de base de funcionamiento en un determinado Estado, siempre aparece el federalismo como la solución fácil para ordenar la vida política y administrativa de un país. Dando por sentado que el federalismo tiene aspectos muy positivos, es conveniente reflexionar sobre su idoneidad en un momento determinado de la historia. Es evidente que supondría la creación de válvulas de escape ante las tensiones nacionalistas. También es cierto que homogeniza el sentimiento de pertenencia a un ente superior, pero su aplicación práctica a sistemas tradicionalmente centralistas es otro cantar.

En primer lugar, el federalismo encuentra su razón de ser en sistemas republicanos, es decir, monarquía y federalismo pueden suponer una contradicción en términos. Si bien Bélgica e incluso España son puestos como ejemplo de monarquía federal, formalmente evitan definirse como tales. En el caso español, incluso nuestro modelo de organización territorial supone un paso adelante en las competencias que las autonomías despliegan frente a otros países de corte explícitamente federal.

Distinto es el caso de Australia o Canadá en el que sí supondrían de derecho monarquías federales, pero siempre amparadas en una organización supranacional como es la Commonwealth, que por una mera cuestión de distancia geográfica entre sus miembros impide hablar en propiedad de un Estado monárquico federal.

El segundo punto a cuestionar es el federalismo como sistema igualitario entre sus miembros. El federalismo nace de la firme convicción de la igualdad en derechos y competencias entre los miembros que forman parte de la federación. Estos confían en una organización superior determinadas funciones (política exterior, defensa, etc). Gracias a que todos mantienen su igualdad, no existen comunidades o entes especialmente privilegiados, como sí ocurre en las Comunidades Autónomas españolas, donde, bien por razones históricas o de cualquier otro tipo, determinados entes gozan de situaciones especiales reconocidas constitucionalmente que las diferencian sustancialmente del resto.

Para tratar de evitar este conflicto doctrinal el federalismo se reinventa a sí mismo apareciendo al término federalismo asimétrico, aquel en el que se hace un reconocimiento explícito de diferencias entre una y otras regiones dentro de un régimen federal. El federalismo asimétrico surge como solución a un problema, no como un régimen en sí mismo. Cuando una o varias comunidades presentan características propias que las diferencian del resto, y esto puede suponer un problema para la pervivencia o continuidad del conjunto del Estado, aparece esta solución, pero en el fondo no aporta nada nuevo a la actual configuración del sistema autonómico español, donde se podría asumir que de facto estamos en un Estado cuasi federal con un reconocimiento explícito y diferencial entre regiones, aproximándonos al mencionado federalismo asimétrico.

El tercero de los puntos de conflicto en la configuración del federalismo es la voluntad propia de constituirse como Estados. La famosa soberanía recaería sobre los Estados que formen parte de ella y esto lo diferencia sustancialmente de la confederación. Mientras que en la segunda el poder limitado es el del Estado central, en la federación es precisamente en el Estado central sobre el que recaen las competencias tradicionales que caracterizan a una Nación, como la Defensa o las Relaciones Exteriores, es decir el fuerte es el Estado.

El resto de cuestiones formales van implícitas en el modelo de federalismo. Evidentemente necesita de una Cámara de representación territorial fuerte y capaz de reflejar los intereses de todos y cada uno de los territorios representados, pero también que confíen en el Estado central y se sometan al mismo cuando exista un conflicto o bien superior que lo justifique. Lejos de ser un primus inter pares, en realidad el Estado central se fortalece con el federalismo, gracias a la existencia también de un tribunal que ostente la interpretación única y exclusiva de la constitución.

Guardando las distancias, el ejemplo básico de confederación que ha y esta dando sus frutos, aunque esté muy cuestionada, es la Unión Europea en la que son las naciones, constituidas como Estados, las que libremente se asocian en una confederación y en la que sus miembros son libres de adherirse, pero también de irse, como es el caso del Reino Unido en la actualidad.

Por último, hay que destacar la importancia de la voluntad a la hora de ser parte de un Estado. Difícilmente encontraremos ejemplos en el que el federalismo conviva pacíficamente (constitucionalmente hablando) con el nacionalismo. La máxima primera del nacionalismo no es otra que convertir en Nación un territorio. Esa es su razón de ser y su legitimización, por lo que no dejará de extenderse en una comunidad hasta que encuentre este fin último, independientemente de la forma de organización territorial del Estado.

Admitiendo los beneficios del federalismo que de manera imperfecta vivimos en España, sí debe cuestionarse su conveniencia a la hora de solucionar un problema que no versa sobre formas de Estado o de Gobierno. Va de algo mucho más sencillo: de voluntades, de querer ser o no parte de una misma Nación.

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