Miércoles, 20.11.2019 - 07:52 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Cuando el relato es más importante que la victoria electoral

Vivimos presos del relato. En los últimos tiempos, y debido a la importación del vocablo storytelling de la terminología política americana, la palabra relato se ha impuesto en la terminología de politólogos, comunicólogos, tertulianos y ciudadanía en general.

El storytelling es el arte de contar una historia. Su objetivo es más estético que ético. Sin embargo, en castellano el relato va más allá. Al margen de figuras controvertidas como la del relator, el relato es el conocimiento que se da de un hecho. El mayor o menor detalle del mismo es lo que diferencia al relato de la mera descripción.

En el campo de la política el relato se está convirtiendo más en el fondo que en la forma. Un buen relato lo puede llegar a aguantar todo. La posición política más demagógica o incluso inviable puede defenderse si cuenta con un buen relato.

Trágicamente esta situación es la que estamos viviendo en España. La convocatoria o no de elecciones está sufriendo el mal llamado proceso de construcción narrativa. Precisamente este punto es el más peligroso para una sociedad, puesto que el relato se está empezando a construir a priori en lugar de centrarse en los hechos sucedidos. Incumple así la primera norma del relato que es contar una historia en lugar de construir el futuro. En manos equivocadas, el apriorismo narrativo condiciona el objetivo último de la política y el político.

Tradicionalmente, el objetivo de un partido político no es otro que alcanzar el poder y, una vez en él, mantenerse a toda costa. En un mundo político eficiente, la consecución del poder se obtiene gracias al reconocimiento ciudadano. El medio está claro: unas elecciones. El método también: obtener la victoria en la confrontación entre cambio o permanencia.

El cambio no es otro más que la insatisfacción ciudadana por unas políticas erradas desde el Gobierno. Por el contrario, la permanencia implica la ratificación universal de una labor bien hecha. Es el premio a cuatro años de una gestión complaciente para con los intereses de una sociedad democrática.

Una vez obtenido el objetivo de la victoria electoral es cuando podemos comenzar a hablar de relato. Tenemos una historia que contar. La práctica hace que se adapten las tácticas al relato. Al igual que la historia es escrita por los vencedores, en el caso de la política, el relato también sufre de este vicio. Las estrategias serán mejor o peor relatadas en función de su resultado en las urnas.

Ahora bien: ¿Cuál es el problema del relato apriorístico? Fundamentalmente su problemática reside en la confusión existente entre el objetivo último y el método. A menudo, quizá esta es la situación en la que se encuentra la política española, el relato es más importante que el fin último de la victoria electoral.

Dicho de otra manera, es más importante poder ganar unas nuevas elecciones que haber ganado ya. Es lo extraño de nuestra situación actual y es aquí donde reside el peligro apriorístico. Si admitimos que la población ha hablado hace apenas unos meses y que ha emitido su veredicto sobre quién debe presidir el país en los próximos años, ¿deberíamos poner en tela de juicio esa votación soberana?

La lógica política nos llevaría a concluir que no. El riesgo de la repetición electoral estriba en su imprevisibilidad. La ciencia política -y concretamente la demoscópica- reflejan una realidad, una fotografía del estado político de una sociedad. Eso es cierto, pero es una realidad concreta e inmediata en un momento determinado del tiempo y con unas circunstancias definidas. Un grupo poblacional muy reducido (hablamos de muestras de apenas 2.000 ó 3.000 personas) proyectan el sentimiento de una población de decenas de millones de personas.

Pese a que pueda parecer lo contrario, su fiabilidad es óptima. Pese a que las empresas demoscópicas suelen ser vilipendiadas año tras año, lo cierto es que son una muy buena referencia, pero siempre para unas fechas y condiciones determinadas. A esta máxima, debemos unir la imprevisibilidad del comportamiento de voto de decenas de millones de ciudadanos.

A medida que pasan las convocatorias electorales hay un patrón que se repite. El ciudadano decide su voto en el último momento. Este va en una franja temporal que abarca desde los 15 días anteriores a la cita electoral hasta el último minuto. Justo ese es el momento en el que elegimos entre una papeleta y otra.

Las campañas electorales son ahora más importantes que nunca. Su focalización en esas dos semanas anteriores a la fecha electoral las ha situado en un lugar importantísimo a la hora de mostrar las argumentaciones que unos y otros partidos desean mostrar a los votantes.

A los dos factores anteriores se añade el condicionamiento coyuntural. Los indicadores económicos y sociales que se sucederán desde que se conozca la fecha definitiva de las elecciones al voto efectivo. Desempleo, índices de producciones industriales, matriculaciones, gasto de turistas, hipotecas, tipos de interés… Todos estos datos pueden minar, poco a poco, la percepción e ilusión de una sociedad cansada de estar esperando durante tanto tiempo un Gobierno capaz de ofrecer luz en un panorama cada vez más sombrío.

Por último, hay un elemento determinante que juega en contra del relato: los cisnes negros. Aquellos sucesos que, por su imprevisibilidad e importancia, pueden echar por tierra el análisis de cualquier ‘spindoctor’ que se precie. Un Brexit sin acuerdo que castigue a nuestras empresas, una crisis alimentaria nacional, una sentencia polémica, una mala gestión de un accidente… son acontecimientos que pueden castigar electoralmente a un partido en el Gobierno, aunque esté en funciones.

El ciudadano no conoce de tecnicismos jurídicos o administrativos. El relato no puede explicar que no se atiendan las necesidades de un país, máxime si, por desgracia, nos encontrásemos ante una crisis en la que hubiera un gobierno ausente.

El relato, el maldito relato, puede ser el causante de perder algo que ya se tiene, como el Gobierno de una nación. Y es que una cosa es el relato y otra muy diferente la realidad.

Esta última, en nuestro caso, es cuando menos preocupante.

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