Lunes, 09.12.2019 - 15:19 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Esquilo decía que la primera víctima de una guerra es la verdad. En un debate a cinco, como el vivido ayer, el mártir es el espectador. El plató de la Academia de la Televisión fue el fiel reflejo de la España de hoy. Un escenario en el que con tantos interlocutores repartidos por el territorio nadie es capaz de sacar nada en claro.

Dividan 120 minutos en cinco bloques y vuelvan a dividir el resultado por cinco candidatos a la presidencia del Gobierno. Ni siquiera obtendrán cinco minutos para defender temas tan importantes como la cohesión de España, la economía, las políticas sociales y la igualdad, la calidad democrática y la política internacional. Con eso prácticamente está dicho todo.

Desgraciadamente, la política ha cambiado tanto que hay que reducir el mensaje al mínimo. No hay lugar para la reflexión o el debate sosegado. Estamos en la época de la simplificación del lenguaje para comprimirlo en un tuit y posteriormente en un emoticono, que es más gráfico y corto.

Con la llegada del multipartidismo sin duda hemos ganado en diversidad política, pero hemos perdido, y mucho, en calidad dialéctica. La única manera de diferenciarse en una pelea a cinco no es otra que sacar los mejores golpes cuando y como puedas y para ello es imprescindible soltar el discurso preparado desde casa pronto. Meterlo a toda costa. No hay tiempo para más.

Como dijo Kissinger: “espero que tengan las preguntas adecuadas para mis respuestas” y es que la segunda víctima del debate a cinco fueron los presentadores. Si me apuran el periodismo en general, entendido como la capacidad que tiene un profesional de la información de plantear una pregunta a un político y que este le responda.

Sin la posibilidad de la repregunta y debido al escaso margen temporal para exponer sus argumentos, el grueso del debate se centró en la atropellada sucesión de promesas, vaticinios, propuestas, nombramientos y datos. En definitiva, no hay mejor manera de confundir al espectador que abrumarle a información.

Desde un punto de vista técnico el gran perdedor en este formato fue el candidato de Unidas Podemos. A menor tiempo, menor es la posibilidad de brillar y en las distancias cortas, Pablo Iglesias siempre había demostrado que era el rey. En esta ocasión pasó desapercibido. De un color azul a otro gris, casi negro. Víctima quizá del aburrimiento al ver que poco a poco se le iba la oportunidad de centrar el debate en la auténtica pregunta que todos nos haremos el 10N y que plantearemos después. Este no es su campo de batalla y se le nota.

Eso desde el punto de vista técnico porque, desde la más absoluta de las objetividades, Albert Rivera sufrió un profundo varapalo. ¿Cual fue la razón? Quizá en las encuestas y perspectivas electorales encontremos la respuesta. Salir a ganar un debate no es fácil. Necesita estrategia, táctica y un operativo capaz de enganchar al espectador y a la vez soltar un golpe directo, incontestable, que desarbole al adversario por completo.

Este fue precisamente su error. Tratar de exponer sucesivamente estos golpes de efectos en forma de adoquines, papel continuo, fotografías o discursos que lejos de enganchar, ponían en evidencia su desesperación, además de llegar a cansar.

En el centro geográfico del escenario alguien se frotaba las manos. Mientras que Albert Rivera y Pablo Casado se empeñaban en volver a despellejarse, Santiago Abascal surgía como un líder moderado. Quien nos lo iba a decir. Alguien incluso en quien confiar en la lucha por el liderazgo del espectro político que va desde el centro más liberal a la derecha más extrema. Estratégicamente el discurso se dirigía a sus votantes, que debe ser la primera máxima del candidato: la lealtad a sus seguidores. No les defraudes y te votarán. Traiciónales y no les volverás a recuperar.

Tras la estrategia viene la táctica. Señala a tu principal adversario y lanza tus mensajes más controvertidos y seguros. Todos esperábamos el encontronazo entre Abascal e Iglesias, sin embargo, el objetivo estaba a su derecha. Pedro Sánchez se iba a convertir en el saco de boxeo perfecto para el líder de VOX. El operativo era sencillo. Golpea a la cabeza para evitar el contragolpe rival.

Dicho de otra manera, lanza tus mensajes de una manera clara y sencilla y así evitarás que nadie contradiga los tuyos. Lejos de meterse en la batalla dialéctica, Abascal pudo defender los temas políticamente más complicados como la inmigración, la violencia de género o la supresión de las autonomías sin ningún tipo de contestación. Al menos a los puntos ganó la batalla en su ring particular.

Llegamos a Sánchez. ¿Con quien va a pactar usted el día después de las elecciones? Solo pedíamos eso. Una respuesta, un sí o un no. Nada más. Su estrategia fue nítida. Ante la duda presenta una propuesta. Si alguien se molestó en contar las promesas y proposiciones que volaban sin control por el plató, comprobaría que, en eso, Pedro Sánchez se convirtió casi en el Generalísimo. Los minutos iban corriendo, las horas pasando y la mezcla de temas y discursos se iban sucediendo ante la difícil labor del analista.

Y en ese lugar inhóspito en el que nos encontrábamos, a la una de la mañana surgió el minuto de oro. Todo un acierto televisivo sí, pero a la hora adecuada. El minuto de oro es el postre español. Dejamos lo mejor para el final, cuando ya no podemos comer más y la comida se convierte en gula, intentamos dar lo mejor de nosotros mismos. Pero nos encontramos con el hartazgo del espectador que en este caso, además, es votante. En este último tramo del debate, en general malos resultados. Unos por abandono (Iglesias), otros por preparación (Rivera), los menos por sencillos (Sánchez y Casado) y el último, quizá el mejor, por repetición controlada (Abascal).

En todo este recorrido solo hubo un vencedor claro: el realizador. Consiguió, y no debió ser tarea fácil, dar paso a cada uno en un debate con más de 400 intervenciones e interrupciones, 160 minutos de discurso continuo y decenas de objetos pululando por los atriles.

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