Domingo, 15.12.2019 - 07:14 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Emoción, diferenciación y liderazgo: consejos (gratis) para ganar un debate

Comienza la campaña electoral más corta de la historia de nuestra democracia. Durante una semana los partidos políticos serán libres para rogar y suplicar por nuestro voto.

Las calles serán empapeladas. Los buzones rebosarán logos de los contendientes y los parques y aceras comenzarán a acoger discursos, proclamas y soflamas en pos del disputado voto del señor votante.

Los tiempos cambian y la política, concretamente las campañas electorales, también. El 'merchandising' político ya no se lleva. Si en los 90 era habitual hacerse con un mechero, gorra o camiseta con el logo del PSOE o del Partido Popular, hoy esta técnica de marketing político está olvidada en favor del debate, el momento culmen de las campañas.

La razón no obedece tanto a la obsolescencia de estos productos. En realidad, se debe a la escasa fidelización del voto. A la conexión con el ciudadano. Actualmente, los bloques derecha-izquierda siguen tan definidos como en los 80. Entre el 80 y 90% de la población se identifica en ese espectro político. La diferencia estriba en que los votantes no tenemos tan clara la pertenencia o simpatía hacia un partido, en concreto dentro de esa dicotomía derecha - izquierda. Es un contexto en el que se demuestra que el centro no existe. En realidad, el centro nunca llego a ser nada.

En el fondo, no hay nada más maniqueo que la política. Blanco o negro, democracia o dictadura, izquierda o derecha son ejemplos claros de la ausencia de grises, de aquellos espacios que permiten elegir entre lo bueno y lo malo de una u otra opción.

Además de la escasa fidelización del votante, los partidos afrontan otro reto de igual o mayor calado: el momento de la toma de decisión del votante. Si en el pasado acudíamos a las urnas con el voto decidido mucho tiempo atrás, en la actualidad los porcentajes de ciudadanos que deciden su voto en el último momento ha aumentado considerablemente. Aproximadamente entre el 10 y el 15% de la ciudadanía opta por una u otra opción en las semanas o días previos a la cita electoral. Un porcentaje que alcanza el 3% en aquellos que lo deciden justo en el mismo momento de depositar el voto.

Por estas razones, las campañas electorales y, concretamente, los debates son más importantes que nunca. La audiencia que se consigue en estas contiendas dialécticas está en el mismo nivel que en un acontecimiento deportivo. Así, desde el primer debate que se celebrará este lunes los líderes políticos se enfrentarán a un escenario protagonizado por la falta de fidelidad del electorado, escasa empatía con el partido votado y nueve millones de personas a las que conquistar políticamente en poco más de 120 minutos.

Es una combinación perfecta para la brillantez, para sacar lo mejor de sí mismos en un tiempo en el que no se piden más que líderes capaces de encandilar y entusiasmar a un país que parece dormido ante su futuro, inseguro en su presente y enardecido contra su pasado.

Los consejos prometidos en este artículo arrancan precisamente con esta última reflexión. La conexión con el votante tiene que ser instantánea y directa desde el minuto 1 del debate. Estamos en el momento de la emoción frente al dogmatismo del pasado. La política ya no entiende de programas. Entiende de causas, de motivos que lleven a alguien a abandonar el cálido sofá de su casa para dirigirse un 10 de noviembre a un sórdido colegio electoral. Por esta razón, la emotividad del mensaje y del personaje es fundamental para conectar y movilizar al votante.

El segundo consejo se basa en la importancia de la diferenciación. El candidato debe mostrar en el debate que es único y no admite rival en contrario en su mismo espacio ideológico. Es decir, debe ser, parafraseando a Pep Guardiola, "el puto amo" de su espectro político. Si antes el adversario se situaba en la otra orilla de la izquierda o derecha, hoy, el enemigo, electoralmente hablando, se encuentra en tu misma zona, sea esta la triada PP - Ciudadanos - Vox o el tándem PSOE - Unidas Podemos. Hay que sumar más que tu presunto aliado. Esto te dará posteriormente la hegemonía, bien sea en la formación de Gobierno o en el liderazgo de la oposición.

Por último, es necesario hacer del liderazgo la principal de tus cualidades. La ciudadanía no vota políticos. Vota líderes. El liderazgo ofrece la seguridad que un país necesita para afrontar tiempos turbulentos. Los valores inherentes a esta virtud están relacionados con la credibilidad, la firmeza, la autoridad, la honestidad, la convicción y la empatía. Todos estos atributos se corresponden con las cualidades del mejor de los políticos y, si me apuran, con la mejor de las personas.

Si el liderazgo siempre ha estado bien considerado para ganar unas elecciones, hoy, debido a la situación de incertidumbre política, económica o incluso identitaria que vivimos en nuestro país, se convierte en la baza principal para transmitir en un debate en el que te juegas todo en un minuto final de intervención ante tu público.

Decía Arquímedes aquello de “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Aplicado a la política de hoy: la emoción, la diferenciación y el liderazgo pueden convertirse en los requisitos necesarios de un debate capaz de movilizar a todo un electorado. Ofrezcan un buen producto y moverán España.

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