Domingo, 22.09.2019 - 15:15 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

¡¡Enhorabuena!! Usted también es berlinés

Ich bin eln Berliner. Con estas palabras, el presidente estadounidense, John Fitzgerald Kennedy, se dirigía en 1963 a miles de berlineses congregados frente al balcón del ayuntamiento Occidental de la autodenominada ciudad libre. Su discurso estaba dirigido a lo más profundo del corazón de todos y cada uno de los habitantes de una población que se veía amenazada por la futura construcción de un muro que dividiría en dos la política, la cultura, la economía y a familias enteras durante décadas.

Europa ha cambiado mucho desde entonces. Si a alguno de los asistentes a ese discurso le hubiesen dicho que, apenas 50 años después, el Pacto de Varsovia sería historia, que toda Alemania y Europa caminarían juntas en un marco único de convivencia jurídico - política o que podría comprar con la misma moneda en cualquier rincón del espacio comercial más importante del mundo, poco menos que pondría en cuestión nuestro estado mental.

Y es que el mundo y la política se mueven. A menudo más rápido que la sociedad. La superación de la antigua división mundial entre Este y Oeste se ha reconvertido en una colisión brutal Norte - Sur. Europa también se ha transformado radicalmente. A la creación de una organización llamada a regir los designios del carbón y del acero, que hoy conocemos como Unión Europea, se ha superpuesto una macroestructura que gobierna a más de 500 millones de personas y que afecta absolutamente a todas nuestras acciones individuales. Desde la regulación de las gallinas ponedoras en línea en el campo abulense, a la posición internacional de 28 países sobre la situación en Sudán o Yemen.

Con todo, siempre hay algo que se mantiene en el tiempo. Los países, aun con sus crisis como Estados Nación, perviven como referentes del ejercicio de la soberanía y el poder. A mayor importancia del país, mayor es la influencia ejercida en Europa. Berlín siempre será Berlín. El protagonismo alemán (compartido con el francés) en la configuración de la Unión Europea es innegable y siempre ha sido reconocido en forma de puestos de mando en las principales instituciones comunitarias.

De toda la batalla vivida durante esta semana en Bruselas podemos sacar al menos tres conclusiones claras.

En primer lugar, Europa tiene nombre de mujer. La propuesta de nombramiento de Ursula Von Der Leyen al frente de la Comisión Europea supone la delegación de Angela Merkel de la concepción europea alemana en manos de la que antes era su delfina en la cartera de Defensa en el Bundeswehr. Por su parte, Christine Lagarde ejercerá, al frente del Banco Central Europeo, la política monetaria de la Unión.

Unas funciones que suponen el punto final de la etapa de “supermario” Draghi, al que tanto debe nuestro país y, quizá, al término de una política basada en el mantenimiento de tipos de interés bajos. Dentro de unos años, cuando miremos el recibo de nuestra hipoteca a final de mes, nos acordaremos de esos años en los que vivimos maravillosamente, sin tener que estar sometidos a la presión del Euribor.

En segundo lugar, Europa es patriótica. Entiéndase este término como perteneciente a la nación, la de cada europeo, claro. Se mantiene el tradicional reparto de poder por países. España es el segundo país de la UE por territorio, pero caemos hasta el cuarto país por número de habitantes. Este factor hace que existan otros Estados, principalmente Francia y Alemania, que defienden con uñas y dientes la importancia de reconocerse en la cúspide del poder comunitario, tanto por exigencias internas como por simbolismo internacional.

Nuestro país ha sabido sacar tajada de este hecho. Pese a las críticas que puedan hacerse, lo cierto es que España se consolida históricamente como el país más importante en la definición y ejecución de la política exterior de la UE. Tanto Javier Solana en el pasado, como Josep Borrell en el futuro suponen la continuidad y la españolidad de la creación de la diplomacia común europea. Un aspecto que, junto a la Europa de la Defensa, debe convertirse en uno de los principales proyectos supranacionales si queremos que, de una vez, alguien se ponga al otro lado del teléfono cuando EEUU llama a la UE.

Hay un tercer factor que, junto al primero, es novedoso con respecto a otras ediciones del tradicional baile de nombres y puestos que cada cinco años se vive en Bruselas. Europa, además de mujer y patriótica, es política. A la exigencia de la representación territorial de países en los puestos de mando de la Unión se une también la inexistencia de una correlación exacta entre las formaciones políticas paneuropeas que, a día de hoy, siguen siendo las de hace 50 años. Democristianos y socialdemócratas se reparten un poder que no contempla las nuevas corrientes de pensamiento político surgidas desde Dublín a Nicosia.

El populismo, el liberalismo o incluso las formaciones de extrema izquierda y derecha que surgen como setas por el Continente únicamente están representadas en el Parlamento Europeo, pero están al margen de los centros de decisión más importantes de la UE. Este hecho provocará que la ratificación de las propuestas de nombramientos realizadas por los Estados puedan verse frenadas desde la cámara de representación comunitaria, donde sí existe una muestra de la división ideológica europea.

Vivir de espaldas a la realidad es un error, que se lo digan a los eurodiputados británicos que tendrán que defender el Brexit cobrando del bolsillo de todos los europeos, pero además supone obviar que más del 50% de los europeos han votado a otros partidos alejados de la tradicional entente “social - cristiana” a la hora de repartir el poder en Bruselas.

Si París bien vale una misa, Berlín vale mucho más que un Banco. Vale toda una Comisión. Nos guste o no, las palabras de JFK presagiaban una Europa en la que, sea mujer, hombre, socialdemócrata o demócrata cristiano, manda el que más poder tiene: Hoy, más que nunca, todos somos berlineses.

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