Viernes, 18.10.2019 - 04:17 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

ETA: Relato olvidado del terror

Relato. Estarán ustedes hartos de escuchar estas palabras en manos de los comunicólogos. El relato es aquella palabra que adquiere especial importancia cuando hablamos de comunicación política, puesto que puede determinar el éxito o el fracaso de una aproximación al ciudadano, al cliente, a aquel que a fin de cuentas puede determinar el destino de un país simplemente con su voto.

Por norma general, los expertos (si somos algo) en política tendemos a elaborar el relato a posteriori, es decir, tratamos de encontrar una respuesta coherente a una práctica política pasada que casi siempre responde al azar o en el mejor de los casos a la concatenación normal de hechos.

Relato es también una narración, un cuento que escribimos para dar consistencia a nuestras acciones que busca en la auto exculpación la ansiedad por poder darse a conocer o incluso ser perdonado. En el fondo el relato no es más que una excusa moral.

En todas las guerras, tratamos de que nuestra historia se imponga a nuestro adversario. Actuamos de determinada manera, pero no por odio ni siquiera por convencimiento. Lo hacemos para escribir nuestra visión, aunque sea 60 años después. Para alcanzar su objetivo, el relato, deberá, aunque sea a costa de todo y todos, incluir equivocaciones y olvidos.

Ayer la banda terrorista ETA anunció al mundo su relato. Más que disolución, en realidad trata de exponer la misión pasada de su existencia. Según este cuento, su ser no se debe a otra cosa más que a las “garras del franquismo, al Estado jacobino”. Más de 40 años desde su primera muerte ha tardado en darse cuenta de que este país hace ni más ni menos que medio siglo que se desprendió del franquismo. Recordar hoy el franquismo en España es doloroso pero es como hablar de Alfonso XIII hace 50 años. En realidad, es un relato corto, de mente estrecha, carente de cualquier norma racional que lo sustente y dirigido únicamente a ellos mismos.

Incluso en su comienzo ya destila la imposición unilateral de los hechos, primera norma del relato político. “ETA, organización socialista revolucionaria de liberación nacional, quiere informar al pueblo vasco…” Al más puro estilo del bando municipal, la ETA hace saber que ellos mismos han decidido dar por concluido el ciclo histórico y la función de Organización que los llevó a asesinar a casi mil personas durante todo este tiempo, la mayor parte del mismo durante la democracia. A nuestros padres. A nosotros.

Es ETA la que “desmantela totalmente el conjunto de sus estructuras”. No las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ni siquiera la presión del pueblo. Son ellos los que siempre tenían el mando y el control de sus acciones.

Mención aparte merece el cuarto párrafo de su comunicado. ETA “no será más un agente que manifieste posiciones políticas, promueva iniciativas o interpele a sus actores”. Ojalá lo hubiese hecho alguna vez. Únicamente interpelaba a base de tiros en la nuca o secuestros interminables en zulos abominables.

Atentado de ETA en Madrid. | EFE
Atentado de ETA en Madrid. | EFE

Es ETA la que desea “cerrar un ciclo en el conflicto que enfrenta Euskal Herria con los estados, el caracterizado por la utilización de la violencia política…”. Se equivocan de nuevo. La única violencia vivida ha sido el terrorismo en grado sumo. La imposición del miedo frente a la convivencia. Ese sí ha sido el auténtico conflicto.

Pero junto a las equivocaciones del relato destacan también los olvidos.

Se olvidan los terroristas de los esfuerzos del pueblo, el vasco y el español, de todos los Gobiernos para erradicar un cáncer que lastraba año tras año a nuestra sociedad en forma de bombas lapa, coches bomba, bombas de péndulo y demás tipos de artefactos, ya que su lenguaje solo conocía estos términos, pero no, esto no es parte de su relato.

Se olvidan también de que su militancia no es tal, que ha pasado al olvido más absoluto una vez que se mostró con toda su crudeza su auténtico propósito: la muerte.

Se olvidan también en su relato de todos aquellos que sufrimos durante nuestra infancia y adolescencia los atentados, los desalojos a trompicones de los colegios por amenaza de bomba cuando ETA decidía atentar en cualquier punto de España, los cristales que retumbaban por todos los barrios madrileños cuando su dedo ignorante decidía quien debía vivir y quien debía morir.

Se olvidan de los que cada mañana veíamos salir a nuestros padres de casa sin saber si volveríamos a verlos. Se olvidan de nuestros padres que tampoco lo sabían cuando arrancaban el coche, pero ellos no eran víctimas. Eran solo el enemigo, el segundo elemento esencial del relato.

Se olvidan de todos aquellos que decidimos viajar y que teníamos que sufrir las preguntas inquisitoriales de un mundo extrañado que no entendía como era posible que nos dejásemos asesinar uno tras otro sin más respuesta que la Ley, esa misma que ahora se critica por su garantismo y que es la gran vencedora en este mal llamado proceso.

Se olvidan de la más profunda de las ignominias que ha vivido un país cuando tenía que enterrar a sus muertos en silencio, por la puerta de atrás, pidiendo perdón por algo que los hijos de las víctimas no sabían muy bien qué era.

Se olvidan de las manifestaciones, de las lágrimas de millones de nosotros que casi teníamos que pedir permiso por tener amigos vascos sin temor a levantar suspicacias. Se olvidan de la Universidad ensangrentada y profanada por sus pistolas, por los estadios de futbol amenazados, por los centros comerciales devastados. Se olvidan de muchas cosas o más bien las omiten por conveniencia. Tercer elemento del relato.

Por último, se olvidan del perdón, que estoy seguro de que a nadie importa – mucho menos a las víctimas – cuando ya se les ha humillado de todas las maneras posibles, puesto que el perdón de un asesino no tiene más valor que la promesa de un embustero o el arrepentimiento de un violador.

No solo ETA se olvida. Nos olvidamos todos de cómo fueron aquellos años y de todo el dolor que nos causó. Seamos capaces de transmitir nuestro relato. Se lo debemos a ellos, nos lo debemos a todos.

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