Viernes, 13.12.2019 - 04:09 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Europa: gran damnificada de la muerte de Abu Bakr Al-Baghdadi

Evidentemente la eliminación de un personaje capaz de asesinar, torturar, secuestrar, degollar y llevar a miles de personas a engrosar las filas de un ejército de fanáticos es una buena noticia para el planeta.

Lejos de cuestionar las formas y los modos en los que Estados Unidos ha puesto fin a la vida de al-Baghdadi, lo cierto es que hay varias derivadas que, especialmente para Europa, empañan el gran resultado conseguido por la administración Trump. Y es que la globalización también llega al terrorismo.

Si por algo se ha caracterizado el Estado Islámico (EI) es por constituir una marca global, capaz de reclutar a sus terroristas en cualquier lugar del mundo y capacitado para entablar una guerra contra otros Estados de la zona.

La muerte del líder del EI supone el descubrimiento de una realidad a la que ya nos habíamos acostumbrado. La guerra contra el terrorismo se estaba librando a miles de kilómetros de la aletargada Europa. Eso, objetiva e incluso egoístamente, era una buena noticia. La ciudad donde el líder del EI ha “muerto como un perro” es Barisha, dentro de la provincia de Idlib. Es una zona en la que operan las dos caras del terrorismo más extremo, el Estado Islámico y sus mil grupos afines y Al - Qaeda, a través del grupo Hurras al Din, gran beneficiado de la desaparición del líder del EI.

Con la muerte de Al Baghdadi, la organización fundada por Osama bin Laden podría volver a gozar de la preeminencia en el control del terrorismo internacional. Si bien diezmada, Al - Qaeda se reivindicaría como la protagonista indiscutible en el manejo del terror planetario.

No hay que olvidar que el Estado Islámico surgió por los profundos desencuentros entre Al Baghdadi y los seguidores de bin Landen. La situación terminó por explotar con la incursión del Estado Islámico, antes denominado Al - Qaeda en Irak, en Siria, en contra de los mandatos de la dirección del grupo terrorista matriz.

Paradójicamente, la consecuencia lógica del debilitamiento del Estado Islámico puede conllevar el reforzamiento de Al - Qaeda y esto, por desgracia, es también una muy mala noticia para Occidente. Conlleva el agravamiento de la expansión internacional del terrorismo fundamentalista islámico.

Esta es precisamente otra de las diferencias entre la organización de Al Baghdadi y Al - Qaeda: el enemigo a batir. Mientras que el EI optaba por una política de enfrentamiento entre el mundo musulmán, al considerar infieles a todos aquellos que no siguieran su visión torticera del Islam, Al - Qaeda propugnaba la ofensiva, con todos los medios a su alcance, contra el enemigo exterior. Concretamente Estados Unidos y sus aliados. Es la denominada “cabeza de la serpiente”, liderada por EEUU y cuya derrota era el paso previo para acabar con todas las naciones consideradas impías por bin Laden, sus sucesores y seguidores.

En los últimos años nos habíamos acostumbrado al teatro de operaciones del Estado Islámico. Un territorio en guerra entre Siria e Irak con atentados puntuales en otros países reivindicados bajo el paraguas del Daesh. Paradójicamente, la creación del Califato fue una buena noticia para los servicios de información de los países aliados contra el terror. Implicaba tener al enemigo determinado.

El objetivo estaba así fijado en un territorio. Es un dato importante puesto que permitía librar la guerra contra un adversario peligroso, pero con una cara definida. Esta situación estretégica posibilitaba optimizar los recursos destinados a la lucha contra el terrorismo internacional en forma de grupos tácticos de Operaciones Especiales. Unos operativos capaces de llevar a cabo incursiones exitosas en entornos hostiles, con un espacio aéreo dominado por los aliados y con el monopolio de la inteligencia y la información, las mejores armas de lucha contra la barbarie del siglo XXI.

Por desgracia, las dos consecuencias anteriores, revitalización de Al - Qaeda e internacionalización del terrorismo, son dos muy malas noticias para Europa. El mismo presidente americano ha puesto el dedo en la llaga en su conferencia de prensa posterior a la muerte de líder del EI. Trump acusó directamente los países europeos de utilizar la táctica del avestruz y esconder la cabeza ante el problema de los prisioneros del Daesh que se agolpan en las cárceles gestionadas por kurdos y sirios en la zona.

La negativa de los países de la UE, incluido el Reino Unido, de hacerse cargo de los miles de terroristas e incluso sus descendientes que campan a sus anchas por las tierras turcas, sirias e iraquíes supone un auténtico problema futuro para las autoridades de todos y cada uno de los países de la Unión. España incluida, por supuesto.

Sobre el terreno la administración americana ya ha dejado claro que considera esta guerra como finalizada y no va a hacerse cargo, bajo ningún concepto de un problema que no es suyo. Gran parte de los terroristas del Daesh son nacionales de los países miembros de la Unión. En caso de llegar a las fronteras de Europa y de abrazar los postulados de Al -Qaeda, cambiaremos el teatro de operaciones de esta guerra. Ya no se librará en los lejanos desiertos y montañas sirias. Por el contrario, podría desarrollarse en los cafés parisinos o en las calles de Londres o Madrid.

Es evidente que, incluso con la muerte de Abu Bakr Al - Baghdadi, no hemos llegado al final del terrorismo fundamentalista islámico del EI. Su organización continuará siendo una franquicia del terror. Europa debe darse cuenta de esta nueva situación y dejar de estar desaparecida ante un problema que deja de ser americano para convertirse en español, británico, alemán o francés.

Unan la situación de inestabilidad política, la inseguridad institucional y la incertidumbre que caracteriza el liderazgo de Bruselas y tendremos un auténtico ejemplo de cuando una buena noticia para el mundo puede convertirse en el peor de los anuncios para Europa.

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