Viernes, 22.06.2018 - 11:02 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Gas y renovables: la alianza perfecta

Hoy es uno de los días más señalados para hablar de gas, sea este Natural o no. Los que ya llevamos algún tiempo en este sector solemos decir que España rompe el principio físico por el que la energía ni se crea ni se destruye, se transforma. En nuestro país, lejos de sufrir esta metamorfosis física, la energía simplemente se politiza.

Si realizamos una encuesta entre la población y preguntamos si la energía nuclear es de derechas o de izquierdas, probablemente encontremos la respuesta en la derecha, independientemente de asumir que su coste es de los más bajos de todas las tecnologías existentes en nuestro mix y, por lo tanto, la más democrática en términos económicos.

Si por el contrario realizamos la misma pregunta sobre las energías renovables la respuesta será de izquierdas, obviando que gran parte de su potencial radica en tecnologías de respaldo que, la mayoría de las veces, son de origen convencional y por lo tanto con la aureola de ser calificadas como de derechas, como la misma energía nuclear.

Si trasladamos esta politización a otros aspectos más técnicos, como el reparto y la distribución por tecnologías del total de nuestras fuentes de aprovisionamiento energético, encontraremos que “el café para todos” autonómico encuentra su similitud en el campo energético, donde damos entrada a todo tipo de tecnologías, en honor al sacro sanctorum principio de neutralidad tecnológica, independientemente de su eficiencia e incluso eficacia económica.

El panorama no parece muy alentador para el futuro, y es que próximamente la Comisión de Expertos encargados de establecer las bases para la elaboración de la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética presentará su informe orientado al sector de la energía. Según las informaciones que Santiago Carcar adelantó en estas mismas páginas, las principales modificaciones vendrán del campo de la fiscalidad.

Siendo necesaria esta reforma en aras de un sistema de tributación que permita mejorar la competitividad de nuestras empresas y favorecer aquellas fuentes de energía menos contaminantes, lo cierto es que hay un aspecto que debemos tener en cuenta a la hora de diseñar la política energética y medioambiental del futuro, y que no es otro que definir cómo nos aprovisionaremos y, si me apuran, cuál será la energía base sobre la que construir nuestro sistema energético.

España apostó allá por la década de los 80 por el gas. Los polémicos acuerdos políticos y económicos con Argelia aseguran la obtención de esta fuente de energía a unos precios que el tiempo ha demostrado competitivos, estables y alejados de los vaivenes del petróleo, que hacen difícilmente sostenible la predicción de su evolución en el medio y largo plazo. En este sentido Gas Natural - ojo a las mayúsculas - cuenta con una importante participación en el gasoducto Medgaz, que provee de esta materia prima a España.

Con todo, diseñamos las infraestructuras necesarias para que el gas pudiera recorrer gran parte de nuestra geografía y de nuestra industria, para convertirse en la fuente principal que permitiera a nuestra economía crecer en el conjunto del PIB europeo y permitiera suministrar energía a unos precios razonables.

Fue ya a comienzos del siglo actual cuando la irrupción de tecnologías renovables en el mix energético español apareció como un fenómeno imparable. Nos encontrábamos ante un fenómeno lógico y necesario. Las renovables habían venido para quedarse. El cambio de modelo energético se centra en el aprovisionamiento y en la entrada en la red de tecnologías renovables. Esta es una realidad, y ya es asumida por todas las empresas denominadas de energía convencional.

Los movimientos empresariales de todas ellas hacia un futuro verde los podemos observar en la adquisición y entrada de estas mismas compañías en empresas del denominado negocio verde. Sin ir más lejos, los movimientos futuros de Repsol podrían ir por ese camino, como este mismo diario anunció ayer mismo.

Ahora bien, ¿es lógico que un país que ha mirado al gas en el pasado como recurso principal y que cuenta con una red diseñada para esta fuente de energía renuncie en su totalidad a ella? ¿Hemos amortizado siquiera una mínima parte de todos los esfuerzos – no solo económicos – sobre los que se ha construido nuestro sistema, sobre la base de la Ley Eléctrica de 1997?

En términos absolutos la respuesta es negativa a estas dos preguntas. Desde un punto de vista económico el gas debe ser reaprovechado para incluso convertirse en el garante de la estabilidad del sistema eléctrico.

Es aquí cuando se puede construir una auténtica alianza estratégica entre las energías renovables y el gas. Las tecnologías renovables son limpias, sí. Seguras, sí. Pero no son fiables en el sentido que son dependientes de las condiciones medioambientales para poder abastecer el consumo eléctrico. Por este preciso motivo es esencial, incluso para su correcto desarrollo y maduración, contar con fuentes de energía capaces de garantizar la continuidad y seguridad del suministro. Energías capaces de responder en cualquier momento y en cualquier circunstancia al funcionamiento de nuestra industria y hogares. Esta realidad ya sucede cuando las condiciones climatológicas lo requieren y entran los grandes olvidados del sistema energético español, los ciclos combinados, para corregir los huecos de producción que las nuevas tecnologías, tan incipientes como prometedoras, dejan en determinadas circunstancias.

En nuestro país, este reconocimiento al gas apenas se produce. La Comisión Europea señala a esta fuente de energía como el principal apoyo de las renovables, y lo define como una garantía constante de suministro eléctrico cuando las condiciones climatológicas impiden el funcionamiento de dichas tecnologías.

Desde el punto de vista medioambiental, el gas natural – fíjense que va en minúsculas pese a la actualidad – también representará un papel clave en la transición energética, tanto en su vertiente de hibridación con otras tecnologías, como por el origen renovable del gas natural que circula por la red de transporte y distribución española.

Todas estas ventajas hacen que la participación del gas natural en el futuro mix energético sea esencial para alcanzar los objetivos marcados para 2030. De la correcta relación entre tecnologías convencionales y renovables obtendremos un resultado satisfactorio en el proceso de transición energética, y se cerrará el círculo entre energías limpias, renovables y fiables. Tres de las características necesarias para que tengamos éxito en la operación. Quizá sea hora de ser menos políticos y más técnicos, al menos en la futura regulación del mercado energético en España.

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