Viernes, 29.05.2020 - 12:07 h
Tabula Rasa
Analista político

Hablando de petróleo... ¡Este muerto está muy vivo!

El petróleo continuará siendo la fuente de energía más importante de este siglo. La frase puede parecer de otras épocas, pero si nos atenemos a las previsiones reflejadas en las “perspectivas mundiales del petróleo 2018” de la OPEP, observaremos que conservará su hegemonía como el mayor contribuyente a la demanda energética mundial. Al menos durante los próximos 50 años.

Siendo cierto que su aportación al mix energético total está decreciendo – pasaremos del 31,5% en 2015 al 28% en 2040 – no es menos veraz que esta diferencia de apenas un 3% a 20 años lo cubrirán en parte las energías renovables y el gas natural. Otro hidrocarburo, a fin de cuentas.

Petróleo
El impacto del crudo sobre las economías ya no será tan fuerte hasta fin de año. / EP

En este sentido los combustibles fósiles seguirán siendo los principales componentes de las fuentes de energías mundiales con una cuota cercana al 75%, según la organización. El decrecimiento también alcanza este porcentaje, pero apenas lo hace en seis puntos porcentuales desde 2015, si bien en este caso las causas las encontramos en el factor tecnológico que aporta mayor eficiencia, concretamente en el sector del transporte.

Esta sería la principal conclusión que podemos extraer del informe presentado la semana pasada y que revaloriza de nuevo el papel de los hidrocarburos en la composición del mix energético del futuro.

Las renovables han venido para quedarse y eso nadie lo puede dudar, pero tendrán que convivir, les guste o no, con las energías fósiles a las que debemos gran parte del crecimiento y desarrollo económico de los últimos 150 años en el mundo.

Esta información puede chocar con la realidad a la que asistimos en Occidente. Vivimos en un mundo más preocupado por reducir su dependencia de este tipo de energía que por estudiar y analizar con rigor y precisión las ventajas económicas de la utilización de una u otra tecnología.

El informe presenta claramente las prioridades energéticas de los principales ejes económicos mundiales. Así, mientras que Europa y en menor medida Estados Unidos reducirán su dependencia energética, diversificando sus fuentes de aprovisionamiento y generación eléctrica, India, los países emergentes y en desarrollo apostarán de nuevo por el oro negro aprovechando su previsible –veremos– bajo coste, fácil extracción y la utilización de una tecnología que, por el paso del tiempo, ha hecho que no podamos concebir la era industrial sin el petróleo.

Casi un siglo y medio después, África se verá beneficiada por su empleo a costa, eso sí, de un aumento de las emisiones que, siendo realistas, tendrán que ser renegociadas si queremos asegurar la prosperidad y estabilidad en estas zonas a un coste asumible.

El caso de China parece otro cantar. Su histórica ineficiencia y escasez de recursos naturales parecen haberle hecho optar por la electrificación de la economía y la búsqueda de fuentes energéticas naturales, tanto en su territorio como en países terceros. La fuerte inversión en energías renovables hará que disminuya notablemente su dependencia del carbón. La OPEP cifra concretamente en 20 puntos porcentuales la reducción del consumo de carbón en el país asiático, pasando de un 65% a un 47,5% con respecto al consumo total de energía. El pacto que parece haber alcanzado China en su sistema energético es digno de mención al constituir una alianza entre el respaldo que pueden ofrecer las energías fósiles al desarrollo de las energías renovables, en la tan cacareada transición energética.

El otro gigante de Asia, India, parece recular en su estrategia por incentivar el consumo de biomasa, que está dando unos resultados altamente preocupantes en términos de deforestación y contaminación. Aquí, el incremento de energías fósiles directamente aumentará, optando por un mecanismo más económico y que en términos de costes competitivos y de emisiones parece ser más beneficioso. Ojo a este problema que puede extenderse a otras latitudes cercanas, como por ejemplo Italia.

La globalización también ha creado localismos energéticos y si bien la realidad que podemos vivir en Europa parece que se identifica más con aquellas energías limpias y renovables – no olvidemos que durante décadas hemos sido el continente más contaminante del mundo –, otra parte importante del globo parece apostar, seguramente por razones económicas, por una prolongación de la utilización de las energías fósiles al menos durante los próximos 50 años.

Recordarán aquel axioma del último cuarto del siglo pasado que rezaba diciendo que el petróleo se iba a terminar en 2015. A medida que pasa el siglo observamos como lo que iba a ser un entierro rápido se está convirtiendo en un renacer, al menos en una escala mundial. Incluso hoy parece estar más vivo que nunca. Con esto, no es el momento de reconvertir nuestra política medioambiental, pero quizá sí es el momento de explorar la convivencia entre energías y tecnologías. Si admitimos que el reinado monopolístico de las energías fósiles del petróleo ha terminado, también deberíamos afirmar que en términos políticos la suma siempre es mejor que la resta y cuanto más podamos sumar al conjunto de la economía y la energía mundial mayor será el beneficio para el conjunto del Planeta.

En el término medio encontraremos la virtud. Este principio aristotélico puede ser aplicado perfectamente a la energía, pero la sabiduría popular siempre apostilla a los filósofos. Siendo importante comer sano, más importante es aun simplemente comer, aunque sea para estar vivos.

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