Martes, 11.12.2018 - 22:09 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

La catarsis de Catar

Catar se ha reinventado. Abandonará la OPEP dejando atrás más de 50 años de pertenencia a uno de los símbolos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Puestos a encontrar términos que expliquen los movimientos diplomáticos, el 'Catarexit' es un ejemplo más del cuestionamiento de las organizaciones internacionales.

Puede sorprender que alguien no quiera pertenecer a uno de los clubes más importantes del mundo. El 23 de junio de 2016, Reino Unido sorprendió al Universo cuando su ciudadanía, libre y democráticamente, decidió volar sola en una pista de baile que supone el espacio comercial más importante del mundo. La decisión británica pasaba por admitir el viejo dicho que reza: más vale solo que mal acompañado.

El mensaje caló profundo en el corazón de Europa y cada vez son más los movimientos sociales que discuten la eficacia del entramado comunitario. El debate sobre la legitimidad de las instituciones siempre ha acompañado a la Unión Europea. Es parte inherente de su naturaleza y, sin duda, protagonizará un interesante foco de discusión durante los próximos años.

Siendo el más reciente, el ejemplo del Reino Unido no es un hecho aislado en la historia de las organizaciones internacionales. Tras la creación de la Sociedad de Naciones en 1919, auspiciada por Woodrow Wilson, muchos fueron los países que fueron abandonando su manto. El rechazo del Senado norteamericano a su pertenencia, la retirada de Japón, Italia y Alemania y la permisividad de la propia organización, provocaron que países como Francia o el mismo Reino Unido ningunearan a una institución con claros síntomas de extinción en los años que precedieron a la II GM.

Ya en la posguerra, los movimientos internacionales tendieron a la búsqueda de estructuras supranacionales capaces de articular políticas fundamentalmente económicas, que condujeran a la consecución de objetivos globales. La suma se consideraba siempre como un triunfo. La búsqueda de un mínimo común denominador permitía que países antagonistas pudieran converger en sedes comunes como las Naciones Unidas, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, el Consejo de Cooperación del Golfo o Mercosur. Otros con intereses diversos conseguían un vehículo de entendimiento en estos foros, como Venezuela e Irán en la década de los 80 o hasta la fecha Arabia Saudí y Catar.

Cuando una institución internacional deja de ser útil para un país, la deriva lógica es el planteamiento de la duda existencial y diplomática en torno a la pertenencia a la misma. Esta semana Catar se encontraba ante esta situación y anunciaba su intención de abandonar la Organización de Países Exportadores de Petróleo. La OPEP se quedará así – a partir del 1 de enero de 2019 – sin uno de los países fundadores y pieza clave a la hora de determinar el futuro global de los hidrocarburos.

Evidentemente, el régimen catarí ha negado cualquier tipo de condicionamiento de su decisión al conflicto que vive con su rival, Arabia Saudí, por ejercer un contrapoder en la zona. Las represalias de Riad frente a Doha no se ciñen al aspecto económico. Incluyen también un boicot político que difícilmente justifica que los gobiernos de dos países, que no se hablan, puedan compartir sillón en una organización tan importante para la economía mundial como la OPEP.

El papel predominante que los saudíes ejercen sobre la OPEP es otra de las razones ocultas que se esconden tras la decisión del Emirato. Durante décadas, Riad ha mantenido el control fáctico del volumen de producción de petróleo mundial. Cada vez que lo deseaba recortaba la producción para aumentar el precio del crudo, consolidando un monopolio de facto sobre el mercado mundial.

Ante el desarrollo tecnológico del último lustro en técnicas alternativas de extracción de gas y crudo en territorios ajenos a la OPEP, su estrategia ha pasado por mantener la producción estable, pese a que esto redundaba en una mayor oferta de los países no OPEP y por lo tanto los precios, también condicionados por la demanda, han tendido a descender, con episodios puntuales de repunte en el valor del oro negro.

Por lo tanto, la imperiosa necesidad de la utilidad de una organización se ha vuelto vital para justificar la decisión de Catar. El poder de este pequeño trozo de terreno 'gaseoso' entre el desierto y la costa es relativo desde el punto de vista de la producción petrolera. En contraposición, guarda para sus socios comerciales una ingente cantidad de gas natural en su subsuelo. Catar es la tercera potencia mundial en cuanto a reservas de este hidrocarburo y el primer exportador de GNL.

Sobre una población de más de dos millones y medio de habitantes, cae una tormenta de más de 160.000 millones de dólares, con un reparto ficticio de 60.000 dólares por habitante. Es una renta per cápita no creíble, pero que le permite tener una altísima esperanza de vida y niveles de educación, desarrollo y sanidad equiparables a los occidentales. Eso sí, con unos índices de desarrollo democrático cuestionados y cuestionables.

Su política exterior está presidida por la búsqueda de la autonomía frente al resto de potencias de la región. Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes son sus grandes antagonistas en la zona. Pese a ser un país con mayoría suní, mantiene y comparte intereses energéticos con Irán en el mayor yacimiento gasístico mundial, el North Field.

La acción de Doha supone un ejemplo de diplomacia fáctica. Es capaz de convertirse en adalid de la libertad de prensa a través de Al Jazeera a la vez que niega la prensa libre en su territorio. Teje vínculos con Hamas sin alterar a Israel y supone una alternativa al wahabismo saudí, algo paradójico al ser la Sharia su principal fuente legislativa y referente moral.

Sin duda, la decisión unilateral del abandono de la OPEP es un síntoma de la tradicional vinculación de la evolución del crudo con la turbulenta situación política en Oriente Medio. La ausencia de este país en la organización provocará un fortalecimiento de las relaciones entre Arabia Saudí y Rusia, los dos grandes países que quedan en una institución cuyos miembros mantienen importantes litigios y diferencias estratégicas.

Cuando una organización deja de ser útil para uno de sus socios lo más normal es que la abandone. Si además este socio no depende económicamente de la misma, lo lógico es que contraprograme con la creación de otra que sí cumpla con sus intereses.

El Foro de Países Exportadores de Gas, dominado por Rusia y Catar, podría convertirse en un importante actor y pasar de ser un gigante dormido a ejercer el papel que le corresponde como representante del 67% de las reservas probadas de esta energía en el mundo, mientras le sea útiles a sus miembros, por supuesto.

Solo el tiempo juzgará lo acertado o no de la decisión del Emirato, pero parece que con el “Catarexit” se confirma la sabiduría popular: más vale solo que mal acompañado.

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