Domingo, 16.12.2018 - 03:05 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Retornados: la quinta columna del yihadismo

Cuando uno analiza el fenómeno del terrorismo yihadista son muchas las dudas e incertidumbres que aparecen. La primera de ellas no es otra que definir el objeto del estudio. Nos referiremos a la figura del retornado. De aquel integrante de ISIS, posteriormente conocido como Estado Islámico y llamado también peyorativamente Daesh, que regresa a su país de origen después de haber “servido” a la causa del padre de la criatura: Abu Bakr al Baghdadi.

Puede parecer que el terrorismo yihadista del ISIS está siendo derrotado. La evolución del conflicto sobre el terreno ofrece unos resultados prometedores desde el punto de vista material. Sus feudos en la región han sido retomados en Siria e Irak y la pesadilla del califato político, que al Baghdadi proclamara en 2014, parece hoy en día un sueño olvidado.

Sin embargo, el Daesh, la concepción ideológica y material del mismo, está lejos de ser eliminada por completo. La heterogeneidad del fenómeno terrorista hace que su campo de acción trascienda a áreas como Internet o incluso a la exportación de prácticas terroristas a distintos puntos del planeta. En este sentido, la figura de los denominados “retornados” juega un papel crucial que puede trasladar la malentendida Yihad a otros países.

La lucha contra el kafir, contra el no creyente, incluido aquel que no se pliega a los condicionamientos de la interpretación torticera que se realiza del Corán, no entiende de fronteras ni nacionalidades. Exige por parte del combatiente la dedicación al terror allí donde esté.

Recientemente, la Oficina de Lucha contra el Terrorismo de Naciones Unidas ha alertado sobre el éxodo que van a protagonizar miles de combatientes del ISIS cuanto regresen a sus países de origen. Fundamentalmente el movimiento terrorista se dirigirá a cuatro zonas claramente diferenciadas. Miles de ellos (se estima que el ISIS aún mantiene más de 20.000 integrantes en regiones aisladas de Siria e Irak) continuarán su lucha en Siria hasta que se complete la estabilización de la región. Otros muchos se mantendrán latentes en Irak, donde la acción del gobierno iraquí, apoyado por la coalición internacional, es más efectiva que en el país vecino.

La diáspora terrorista continuará por otros territorios potencialmente más peligrosos como Afganistán, donde existen claros riesgos de que talibanes y antiguos integrantes del ISIS puedan reforzar las acciones de guerra contra el gobierno de Ashraf Ghani Ahmadzai en Kabul.

Por último, de todos estos movimientos, los más peligrosos para nuestro continente son, sin duda, el retorno de aquellos terroristas que abandonaron la democracia que les acogía para abrazarse a los brazos de la tiranía. Se estima que el número de combatientes europeos que forman parte del ISIS asciende a más de 2.000.

Si bien es cierto que hacer predicciones sobre las nacionalidades concretas de estos terroristas es un ejercicio de difícil solución, al menos 200 han sido identificados como procedentes de territorio español, lo que provoca un alto grado de probabilidades de retorno a sus ciudades de origen en nuestro país.

Si determinar el número exacto de retornados es complicado, no lo es menos aventurar cuál puede ser el papel que jugarán en España. La ONU se muestra muy preocupada por esta cuestión. Es especialmente alarmante su influencia sobre potenciales integrantes de la red. Aun teniendo en cuenta su radicalidad y formación de combate sobre los desiertos de Siria o Irak, lo cierto es que su experiencia sobre el terreno será aprovechada más en términos estratégicos o tácticos que operativos. La figura de un retornado que ha combatido con su interpretación del kafir y ha sobrevivido a ello es muy atractiva para las generaciones más jóvenes y radicalizadas, que buscan en estas figuras su respuesta al descontento y a menudo la frustración que encuentran en la sociedad occidental.

Su misión pasará más por la captación, radicalización y reclutamiento de operativos que por la acción directa, al menos en un primer momento de su actividad en el país. La idealización de su figura, la utilización de las redes sociales y la escasa permeabilidad de la actividad terrorista hará que su localización y seguimiento sea difícil, aun incluso para aquellos – que los habrá – que vuelvan para formar parte de la población penitenciaria de nuestro país. Esta es una tarea que competerá directamente a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y también, sin duda alguna, al Centro Nacional de Inteligencia.

Ahora bien, ¿cómo puede el Estado afrontar esta amenaza? Para dar respuesta a esta pregunta es necesario asumir que vamos a encontrarnos ante una batalla que se librará a medio y largo plazo. Es decir, deberemos acostumbrarnos a vivir con el enemigo en casa. Un adversario que será capaz de ofrecer una cara normal y amable pero que a la vez procurará planear y en último caso ejecutar el mayor de los males a la sociedad de acogida. Lo que es más relevante aún. Será consciente de que a mayor impacto mediático de sus acciones mayor será el reconocimiento que obtendrá de sus followers.

La acción del Estado tendrá que girar en torno a dos ejes principales de acción. En primer lugar, el terapéutico. La acción policial en España es un ejemplo para el resto del mundo. Aproximadamente 300 presos cumplen condena en España por actividades terroristas relacionadas con el yihadismo. La aprobación de un marco legal más flexible para poder extender la actuación policial contra los responsables directos del planeamiento y la captación de terroristas se hace vital para aumentar las cotas de éxito que estamos alcanzando en los últimos años.

Junto a la labor terapéutica destaca la profiláctica. Las guerras del futuro no sólo se libran en el campo de batalla físico. La educación y en algunos casos la reinserción de estos combatientes es crucial. La experiencia pone de manifiesto la importancia que juega la idolatrización del terrorista, máxime cuando es un familiar o amigo cercano al que todo su grupo respeta. En ese juego entre el bien y el mal (que no olvidemos que también, por desgracia, es atractivo) será esencial la puesta en práctica de medidas de integración de las comunidades y colectivos potencialmente más expuestos al riesgo de la captación del terrorismo yihadista.

Su papel en la sociedad deberá tener en cuenta su idiosincrasia, pero con el respeto a los valores esenciales del Estado. Educación y religión jugarán un vector fundamental de acción contra el terrorismo. Por último, pese a que los efectos del terrorismo yihadista serán locales, sin una visión global y holística será imposible erradicar el fenómeno que ha centrado la política internacional en el último decenio. La cooperación y confianza mutua será el instrumento, casi único, al que confiar nuestra respuesta en una lucha que nos compete a todos, independientemente de la Comunidad Autónoma o Estado en el que vivamos.

Temas relacionados

Ahora en Portada 

Comentarios