Domingo, 18.08.2019 - 05:29 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

Tres revoluciones y un funeral

El mundo está mutando a pasos agigantados. La sucesión de cambios en la economía, la sociedad o la política no parecen tener fin. Los cimientos sobre los que sustentaban los pilares de la democracia y la economía de mercado están siendo cuestionados. Algo que ocurre en aquellos sectores que tradicionalmente se caracterizaban por su sentido estático y conservador.

En un mundo incierto, inestable e inseguro, la educación, la economía y la política tratan de adaptarse a las exigencias de una sociedad líquida que avanza más rápido que los Estados Nación e incluso con mayor dinamismo que los sectores anteriormente citados.

La primera de las revoluciones es la de la educación, o si prefieren, la del mundo académico. El sector está sometido a mil y una tensiones que pueden provocar su colapso tal y como lo conocemos. El tradicional papel de las Universidades e institutos de formación profesional como prestatarios de la función de aportar recursos humanos formados y adecuados al mercado laboral ha sido superado.

El proceso de homologación y creación de títulos universitarios es tan complejo, tedioso y lento, que provoca un desequilibrio entre lo que el mercado laboral necesita y lo que la educación puede ofrecer. Los puestos de trabajo de mañana no son aquellos que estudian nuestros hijos hoy.

Las skills están siendo superadas por las capabilities, puesto que hoy en día es más necesaria la capacidad intelectual para aprender un oficio que la habilidad propia del mismo. La capacidad continua de aprender es más importante que lo aprendido. Puede parecer una contradicción, pero en el fondo es una muestra evidente de un mundo en cambio continuo.

El mercado no puede permitirse este desfase. Ya son muchas las organizaciones que apuestan por traspasar las barreras tradicionales de separación entre empresa y universidad y comienzan a formar a estudiantes para los trabajos que creen que necesitarán en el futuro.

La segunda revolución que vivimos es la económica y ésta ha sido desencadenada por un actor visible y concreto pese a su virtualidad. La digitalización de la economía no es una nueva manera de entender el conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de un país. Supone una nueva relación entre el individuo y el ecosistema económico. A diferencia de las revoluciones anteriores, en esta no solamente están cambiando los métodos de trabajo o de producción. Es una auténtica revolución social que transforma radicalmente la manera en la que el individuo se relaciona tanto con la economía, con la sociedad y, si me apuran, incluso con sí mismo.

Como en toda revolución es necesario un cambio abrupto en el sistema. Los guillotinados de hoy no los encontraremos en La Bastilla. Estarán en el mercado de trabajo, en el empleo y en un probable cambio de relación entre la masa trabajadora y las élites económicas.

La robotización es el complemento perfecto para la revolución económica. No debemos pensar tanto en un reemplazo de la humanidad por seres domóticos capaces de servirnos un café o limpiar casas. El auténtico reto reside en la sistematización de los procesos de trabajo.

En otras palabras, en el dominio del método sobre el contenido. La implantación de procesos en los que el objetivo del negocio, sea este el Derecho, la hostelería o la venta de mantequilla, no sea tan relevante como la gestión de este. La principal víctima de esta nueva revolución será, paradójicamente, la creatividad humana, que ya no la encontraremos en la argumentación jurídica, en la superación de una buena tortilla de patata o la elaboración de un producto lácteo natural.

La hallaremos en el perfeccionamiento del método de gestión y, concretamente, en los algoritmos que demuestren que un alegato jurídico es más eficaz que otro, que el cliente prefiere una tortilla sin cebolla o que la mantequilla debe hacerse con leche de avena.

La última de las revoluciones, pero no por ello la menos importante, es la revolución política. La superación de la doctrina de los partidos políticos con la aparición de nuevas formas de representación ha llegado para quedarse. Si antes la militancia activa se ejercía con la adopción como propia del contenido íntegro de un partido político, hoy en día parece que la identificación del individuo con la política es más causal que doctrinal.

Ya no nos movilizamos por la política, nos movilizamos por causas concretas como el feminismo, la educación y sanidad públicas, la despoblación rural o el apoyo a una familia desahuciada. En realidad, esta es la auténtica causa de la desafección política y, por extensión, la etapa de incertidumbre que mantiene bloqueada la dirección del país.

Un dato corrobora esta teoría. Según los españoles, la clase política es el segundo problema nacional. Solo es superada por el miedo al desempleo, con todo lo que esto conlleva para una economía familiar y muy por encima de otros problemas como el terrorismo, la inseguridad ciudadana, la precariedad o la situación económica.

Mal vamos si el solucionador es visto como un problema por los potenciales solucionados. La representación política de calidad está sustituyéndose por la prevalencia de la ineptocracia, un concepto creado por el profesor Jean d’Ormesson y que consiste en un "sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados por los impuestos sobre el trabajo y la riqueza de unos productores en número descendente".

Tal cual. La deriva lógica de este sistema endemoniado no es otra que la desafección, el rechazo de la política como método de convivencia y la sustitución del partido y su carga ideológica por el líder carismático que más enganche con la ciudadanía votante.

Solo nos queda por anunciar una trágica noticia para dar razón al título de este artículo: el funeral. No tardemos más. Lamentablemente, el finado no es otro más que el mundo tal y como lo hemos vivido.

El antiguo mundo cierto, estable y seguro ha muerto. Aquella máxima que nos prometían nuestros padres de estudiar para ganar tu sustento de forma honrada ya no existe. El principio de la estabilidad laboral, del “trabajo para toda la vida” ya solo es residual en la Administración (y también tiene plazo de caducidad). La seguridad que proporcionaba la configuración de gobiernos permanentes en el espacio de una legislatura también se ha visto cercenada. La interinidad orgánica se ha convertido en la nueva realidad política.

El nuevo mundo está a punto de desbancar al viejo. No tiene por qué ser malo, pero sin duda será diferente. La principal virtud será el poder de adaptación. El darwinismo social y económico en pleno esplendor.

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