Martes, 18.06.2019 - 15:38 h
Tabula Rasa
Analista político y socio de MAS ConsultingGroup

¿Y si nos equivocamos todos con Donald Trump?

Cuando Donald Trump llegó al poder cientos, miles de artículos en prensa, radio y televisión comenzaron a exponer un panorama apocalíptico en cuanto al fin de las relaciones internacionales, tal y como las estábamos concibiendo en el mundo multipolar.

Las previsiones de tensiones, enfrentamientos y guerras mundiales se sucedieron por doquier. El mundo miraba aterrado a un presidente acostumbrado a dirigir las cuestiones políticas vía Twitter y que parecía decidido a acabar con los tradicionales cauces de la representación diplomática basada en las Embajadas, los áridos discursos diplomáticos y un enrevesado vaivén de Tratados Internacionales, Foros, Congresos, Asambleas Generales y otras formas de entender una diplomacia 2.0.

Con su llegada la verdad es que las formas han cambiado sustancialmente. Si antes nos levantábamos al sonido de la corneta del Financial Times o de la CNN, ahora, nada más despertar, consultamos el timeline del presidente más poderoso de la tierra, con el único objetivo de saber hacia dónde girará la atención mediática mundial.

Donald J. Trump y Kim Jong-un dan un paseo por los jardines del hotel Capella
Donald J. Trump y Kim Jong-un dan un paseo por los jardines del hotel Capella / EFE

Desde un punto de vista de política de comunicación, Trump ha logrado exactamente lo que todo político debe aspirar a conseguir: la fuente. Ya no necesita la tradicional división entre agenda mediática y política. Ahora su referencia mediática es él mismo y parece decidido a marcar los tiempos internacionales desde su propio teléfono. Es el ejemplo claro de los nuevos tiempos de la comunicación política. El medio responde a la actualidad del político, no al revés.

Sus primeros meses al frente de la maquinaria exterior estadounidense pasaron por sonados nombramientos y ceses. El Maxim Huerta americano se llamaba Rex Tillerson, crucificado desde su inicio por su anterior jefatura en Exxon y sustituido por Mike Pompeo, ex director de la CIA, con un pasado belicoso pero que, sin embargo, de momento se ha comportado como el más cabal de los caballeros de Langley.

Numerosos jefes de prensa, declaraciones alarmantes y decisiones unilaterales han remarcado que la diplomacia y la inteligencia del primer cuarto de siglo estará presidida por la unilateralidad permanente. Al igual que en el pasado, cuando Estados Unidos estornuda el mundo entero sufre de gripe. La diferencia es que esta vez ni siquiera sabemos cuando nos llegará la infección.

Sobre el papel, la primera etapa de las relaciones exteriores de Trump ha cosechado éxitos de importancia. No se extrañen. Si hace unos años, incluso con el mandato de Barack Obama, nos hubiésemos imaginado siquiera un encuentro entre cualquier miembro de la dictadura norcoreana y un escalón inferior de la administración americana, hubiésemos tomado por loco al que lo hubiera planteado.

Hoy tenemos la foto que Asia, el auténtico foco de la política exterior americana actual, esperaba y que puede acallar las críticas hacia un extremo oriente nuclearizado. Todo un logro si lo pasamos por el tamiz de la objetividad.

Decisiones anteriores de Trump en materia de política internacional han sido más controvertidas. El movimiento en pro de Jerusalén como sede de la Embajada americana sorprendió a propios y extraños. Sin embargo, la acción diplomática parecía dirigida a ser el primer paso hacia la pax americana en Oriente Medio. Estados Unidos hace tiempo que renunció a su presencia militar en la zona más convulsa de los últimos 50 años en el globo y necesitaba dejar claro que nunca, ni siquiera en una futura retirada total de este escenario, dejaría solo a su eterno aliado en la zona. Un golpe de efecto que ahora puede llegar a entenderse.

La situación en Palestina sigue siendo igual de mala que en décadas anteriores, pero es cierto también que algo se mueve en la zona y en el tradicional vaivén de peones en la zona, Jerusalén fue la elegida. Palo y zanahoria. Jerusalén a cambio del silencio en la guerra en Yemen. Homeland en estado puro.

La gran muesca en la culata del presidente americano es, sin duda, la lucha contra el terrorismo del Daesh. Prácticamente ya extinto y que apenas se ha cobrado víctimas entre los soldados estadounidenses. El ISIS es ya una pesadilla olvidada sobre el suelo árabe. La contraprestación es clara. Rusia debe formar parte de la solución en este ajedrez. Su presencia en Siria puede recompensarse con su retorno al G-8, apadrinado por Trump y con el cabreo de las potencias emergentes, emergidas y en algún caso ya hundidas, como la UE. Sigamos atentamente este movimiento.

Irán es un punto aparte. Es quizá el elemento más político de toda la acción exterior americana. Su diplomacia se ha volcado desde el inicio en expresar la vulnerabilidad del acuerdo y la necesidad de comprobar primero la situación nuclear iraní antes de desarrollar un tratado propiciado, no olvidemos, por el antecesor de Trump en la Casa Blanca y, por lo tanto, carne de Tweet.

Con respecto a la retirada de Estados Unidos del Tratado de París y las sanciones comerciales a los grandes bloques comerciales, vuelve a ser más de lo mismo. El tiempo dará y quitará razones, pero lo cierto es que eran dos materias que figuraban en el programa del presidente Trump que, no hay que olvidar, fue refrendado por la mayoría del pueblo americano. En política las promesas están para cumplirse, máxime en el actual grado de populismo en el que vivimos en el occidente democrático.

Con todo, hoy en día, el legado de Trump en materia de política exterior es percibido como nefasto para la Unión Europea, y probablemente para el mundo diplomático, pero las cifras comienzan a darle la razón. Según el último estudio elaborado por Gallup, el índice de aprobación del dirigente republicano se sitúa en un 42%, diez puntos por encima de su mínimo histórico, situándose a tiro de piedra de la aprobación media de Barack Obama, un 46%, y con una clara tendencia a situarse en la media nacional, desde que existen mediciones de este tipo (desde 1938), que alcanza el 53%.

Probablemente el mandato del cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos no pase a la historia como el mejor en materia de política internacional, pero los americanos siempre han valorado las cuestiones internas frente al resto del mundo. Estabilidad a cambio de progreso. Estos han sido los patrones históricos en materia de política exterior de la máxima potencia mundial.

Si el rey está desnudo o no es una cuestión de percepción individual, pero ¿qué ocurre cuando todos los que observamos al rey estamos ciegos?

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