Viernes, 19.07.2019 - 06:26 h

Ayudar a Venezuela sin 'activismo' sobrevenido

Se puede decir que la condición de refugiado del venezolano Leopoldo López es de libro. Está en la casa del embajador español en Venezuela por pura seguridad para él y para su familia, perseguidos por sus ideas políticas. Y se le ha acogido igual que se hubiera hecho con cualquier otro refugiado en sus mismas condiciones, sobre todo si se trata de una persona de esa notoriedad en un país. Las imágenes de su casa reventada en Caracas lo dicen todo. A partir de ahí, apostillar si se debe evitar que haga un uso “activista” de la sede de la embajada para remover desde allí la revolución, puede ser una percepción subjetiva, pero es evidente que el mero hecho de haber acogido a alguien de su relevancia en toda la contienda venezolana ya es una toma de postura importante y “activista”, consecuente además con el reconocimiento explícito de Guaidó como presidente.

Otra cosa es que para atajar cualquier especulación sobre el papel que puede jugar la Embajada española en Venezuela en estos momentos tan delicados, lo lógico es convertir la situación de refugiado o “huésped” en un proceso de asilo político lo antes posible. Las reglas básicas de derecho internacional dejan muy claro que no se puede negar a Leopoldo López esa opción, lo que iniciaría un proceso en el que la justicia española se decantaría por concederle ese asilo sin dilaciones, dado que es un descendiente directo españoles. Ahí se habría acabado el malentendido diplomático. Pero el problema está en la cabeza del propio afectado, que no tiene muy claro en este momento si quiere o no ese asilo político en España, dado que para ello debería huir de su país y pedirlo en suelo español, más allá de la casa del embajador en la capital venezolana.

El aviso a navegantes que ha lanzado Josep Borrell quiere poner el punto en la necesidad que hay de clarificar esa situación cuanto antes en aras de mantener en tiempo y forma las reglas de la diplomacia y el derecho internacional. Mientras tanto, no dejan a España en buen lugar las salidas del líder venezolano a la puerta de la residencia del embajador para atender a una nube de informadores y decir, además, que no va a pedir asilo. Eso es puro activismo y provocación, se mire como se mire. La Unión Europea ya ha advertido que acoger a un refugiado es un tema que concierne puramente al Estado español, pero no olvidemos que no se trata solo de una cuestión bilateral: estamos ante un conflicto geoestratégico amplio y en ascenso, donde los hilos más allá de Guaidó y López, los están moviendo Estados Unidos, por un lado, y Rusia y China por otro.

A pesar de las buenas intenciones de los líderes opositores venezolanos por hacer una transición tranquila y convencer a los militares de que cedan su poder, todos los analistas advierten que la situación va reventar por un lado o por otro, y España debe hacer las cosas muy bien ahora para no quedar descolocada cuando todo se decante de un lado o de otro. Los expertos en derecho internacional se afanan en advertir que no se puede detener a López en la Embajada, porque se considera suelo español, pero saben también que esa situación no puede prolongarse en el tiempo sin resolverse como un caso de asilo. Esta ofensiva contra Maduro es por el momento la más consistente de cuantas ha habido, pero no sabemos aún si caerá o no. Lo que está claro es que cuanto más tarde en resolverse la situación, más complicado será para el Gobierno español defender a un refugiado o “huésped”, reclamado por la justicia de su Estado de origen, que no está en España ni quiere salir de su país para pedir asilo.

Es cierto que, de generarse un gran conflicto diplomático, el riesgo es puramente político y no es fácil que suponga algún tipo de represalia para las empresas españolas en Venezuela. Por un lado, quedan allí poco más de un centenar de pequeñas y medianas compañías que tienen minimizadas sus inversiones y su actividad, porque la situación es de pura emergencia nacional. Por otro lado, esa misma carencia de toda actividad y recursos básicos hace que las grandes empresas españolas sean más necesarias para Venezuela, que Venezuela para ellas. Dicho esto sin olvidar que se trata de uno de los países más ricos del mundo, azotado por una nefasta gestión política crónica de la que no ha sabido sobreponerse. Esa paradoja de tenerlo todo y no tener nada al mismo tiempo es lo que genera la rabia y la impotencia que sobrevuela las calles y la sociedad venezolana.

Con las miras puestas en el medio y largo plazo, lo que muchos juristas y expertos internacionales advierten es que, tarde o temprano, todo esto acabará en la convocatoria de unas elecciones libres en Venezuela. Y en ese proceso, estarán los actuales opositores a Maduro, pero también estarán otros partidos políticos procedentes del chavismo. Con un condicionante más: una vez en marcha, todo se hará deprisa, y una democracia no se monta en tres días ni tres semanas. Cuesta años de trabajo, mucho esfuerzo para entenderse y una estructura política básica que permita dar los primeros pasos al gobierno que salga de las urnas sin mayores enfrentamientos. Y eso no parece que esté garantizado en este momento en Venezuela, con lo que no es difícil vaticinar que unos y otros darán todavía muchos altibajos. España es una democracia avanzada y de las más libres del mundo, tras un proceso de transición modélico de más de una década. Es seguro que en todo ese camino podremos ayudar mucho a una nación ‘hermana’ como Venezuela, pero si hacemos las cosas bien desde el principio y evitamos los conflictos diplomáticos sobrevenidos, nos irá mejor a todos.

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