Martes, 23.04.2019 - 02:46 h

Cataluña se engaña con los lazos y 'el  lobo' se come su comercio exterior

Un reciente encuentro de la flor y nata de los empresarios catalanes más volcados en los mercados exteriores sirvió para ver con claridad que, más allá de las soflamas de Torra y sus lazos de colores, hay una tremenda preocupación por el declive económico que lleva la comunidad y la debilidad que cada día presentan las que siempre han sido las bases de su economía: las ventas al exterior de bienes industriales y la inversión extranjera de alto valor añadido en suelo catalán.

Los efectos de un Brexit duro en Reino Unido, la guerra comercial entre EEUU y China, el declive de las principales economías de Europa (que son el 65% de las exportaciones españolas) y un proceso independentista aletargado que solo genera incertidumbre económica, son una corrosión demasiado fuerte para cualquier territorio. Y los empresarios catalanes parecen no aguantar ya más esta situación absurda que se prolonga en el tiempo sin solución, por más que desde sus patronales se usen todavía paños calientes a la hora de reclamar menos ‘ñoñez’ política y más apoyo a la economía real, que es de lo que comen las familias catalanas.

La ministra Calviño fue muy cauta este viernes tras el Consejo de Ministros al presentar a España como el alumno aventajado de la UE, pero no tuvo más remedio que admitir que el riesgo para la economía está en la pérdida de peso del sector exterior, a causa precisamente de esa falta de tirón de los que son nuestros principales clientes europeos. Pero los buenos datos de la ministra sobre el funcionamiento interno de la economía española, hábilmente provocados, no calman los tambores que apuntan a una recesión a final de año a nivel mundial, que ha hecho que hasta la Fed americana descarte más subidas de tipos a medio y corto plazo.

De puertas adentro, los analistas que toman decisiones de inversión cada día advierten que mientras el consumo doméstico, la inversión inmobiliaria y hasta la creación de empleo aguantan en España, aunque sea por inercia, las grandes empresas ven ya en el horizonte una crisis causada por el tremendo deterioro del comercio internacional de bienes industriales que no es nada halagüeña. Y de Cataluña salen más del 25% de las exportaciones del país, muy centradas en sectores de alta dependencia exterior, como los productos químicos, bienes eléctricos o coches, entre otras cosas, y esos segmentos son los que ahora están más amenazados.

La exportación ha sido la tabla de salvación de la economía española tras la tremenda crisis sufrida, con récord histórico del número de empresas que venden en el exterior. En el caso catalán, ese proceso ha servido para apuntalar un ámbito en el que siempre han sido líderes, pero que ahora se puede desmoronar poco a poco, a no ser que se cuide la estabilidad política y económica de su territorio. Barcelona siempre será foco de atracción del europeísmo más vanguardista, pero hasta esa imagen sale deteriorada por conflictos como el del taxi y las VTC, tensiones en las calles por un procés que ya debiera ser pasado y medidas cuasi intervencionistas a nivel local que desaniman la llegada de inversores. 

Los datos son tozudos, y los empresarios catalanes saben que sus ventas al exterior han crecido menos de la mitad de la media española y están muy cerca de dejar de hacerlo, en un contexto en el que han salido casi 4.000 sociedades en apenas dos años y con la inversión extranjera directa (la que genera riqueza de verdad) hundida, cediendo a ritmos del 12%, frente a los aumentos de más del 70% en el dato general, de la mano sobre todo del empuje de Madrid. Nadie arriesga su dinero en una zona en desafío constante al sistema constitucional del país (y de la Unión Europea) y con unos políticos al frente que niegan la evidencia de que tienen en sus manos una sociedad partida y convulsionada.

Mientras hasta el propio Mario Draghi corroboraba esa semana las malas expectativas del comercio internacional, en Cataluña toda la polémica se centraba en como poner o no la pancarta para que se va el lazo amarillo o el blanco. En ese escenario, es normal que la tasa de indignación que están dispuestos a tragar los hombres de negocios catalanes se vea más al límite cada día. El tiempo para las medias tintas se está acabando para la economía catalana, endeudada hasta las trancas y con el riesgo que sobre su cielo, además del sol, se imponga una tormenta perfecta desde el punto de vista económico que produzca un empobrecimiento real y notorio de las rentas y el nivel de bienestar de los catalanes. Entonces, además de agrandarse las diferencias entre independentistas y constitucionalistas, se dispararán las que ya existen entre ricos y pobres.

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