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Cuidemos el clima... y que nadie más muera en soledad por un virus

Duodécima y última jornada de la Cumbre del Clima (COP25) en Madrid
Duodécima y última jornada de la Cumbre del Clima (COP25) en Madrid
Europa Press

Una de las pocas cosas buenas que nos hemos encontrado con el maldito virus ha sido la mayor concienciación sobre la importancia que tiene para el desarrollo futuro el cuidado del aire que respiramos y la lucha contra el cambio climático. Nunca tuvimos un cielo tan azul ni una atmósfera tan limpia que durante los meses de confinamiento. Sin llegar a esos extremos, la moralina que sale de ese momento es la necesidad de mantener nuestro hábitat limpio, si queremos seguir dando paseos sin miedo a más contagios o simplemente, a respirar. Ya solo nos queda la tarea titánica de que seguir sin la cúpula gris de humo sobre las grandes ciudades no sea por no salir, sino por saber vivir de forma más sostenible y menos contaminante.

Cuando se cumple un año de la cuasi fallida Cumbre del Clima de Madrid, estamos al final de la segunda ola de una pandemia que entonces no esperábamos y delante de unas navidades que, lejos de ser un momento de recogimiento, regocijo y alegría del alma (o sea interna), como marca la religión católica, se puede convertir en la base de una tercera etapa del azote del virus, que echaría por tierra todo el sacrificio realizado hasta ahora. La expectativa por la pronta llegada de una vacuna salvadora (que ya veremos) no ayuda a minimizar ese riesgo. Pero tal vez pueda ayudar ahora volver la vista a todo lo que se habló en Madrid hace un año y pensar que un mundo sin contaminación ni destrucción de la naturaleza, sería también un día a día con menos virus por la calle y más esperanza de vida.

No nos engañemos, ni dentro ni fuera de casa, con el reto del cambio climático. A nivel interno, España sigue siendo uno de los países de Europa que más residuos genera por persona (doble de la media europea) y que más retraso lleva en la descarbonización de la economía; y a nivel mundial, poco se puede hacer sin el apoyo de potencias como EEUU, China o Brasil para que las cosas mejoren. Es un avance la caída de Trump, el más poderoso negacionista del cambio climático hasta ahora, y la decidida apuesta que desde el Reino Unido, a pesar del Brexit duro y la ruptura con Europa, ha hecho Boris Jonhson por reducir las emisiones contaminantes del imperio anglosajón. En eso también quiere ganar a la UE.

Entre esos dos niveles extremos del estado de la cuestión climática, existe una oportunidad que ha cogido consistencia en los últimos años y puede ser una de las llaves de progreso futuro: se llama sostenibilidad, es decir, aplicar una conducta de vida y de trabajo en la sociedad que no ponga en peligro las necesidades básicas de las futuras generaciones. Para no caer en demagogias comunes con el concepto, hay que tener en cuenta un cambio trascendental que ha venido para quedarse: hace apenas un lustro, tanto personas como empresas eran sostenibles por cuestiones de puro postureo o por rellenar la reputación corporativa de una entidad. Ahora la sostenibilidad es parte de la cuenta de resultados de las empresas y sirve para tener mejor financiación, para atraer inversores comprometidos y hasta para mejorar el ambiente y la paz social en el seno de las organizaciones. Es decir, le hemos puesto números a la sostenibilidad y le hemos hecho capaz de generar beneficios, que era lo que le faltaba para sustentar su arraigo social y concienciar más allá de las acciones de Greenpeace.

El otro ámbito de la sostenibilidad que hace muy poco no tenía y que le ha sacado del postureo es la tecnología. La investigación se ha puesto al servicio del desarrollo de innovaciones que no solo buscan la rentabilidad pura, sino que además debe ser una rentabilidad ‘verde’. Ya hay empresas (españolas incluso) que piensan en aerotaxis eléctricos para las grandes ciudades o que hacen de la plantación de árboles a gran escala un compromiso serio que es parte indivisa de su producción de microchips, sin fotos de políticos. Incluso el mundo del hidrógeno verde abre caminos de movilidad y generación de energía que hasta hace muy poco solo veíamos en las películas del espacio.

Llevamos casi un año con el virus a nuestras espaldas y estamos ante un reparto de fondos europeos que debe dirigirse en busca de esa ‘rentabilidad verde’ que conlleva aplicar la sostenibilidad a todos los órdenes de la vida, pero sin pensar en que es algo snov o nuevo, sino cotidiano, algo que es parte de nuestra vida (o que debe serlo) como lo de no tirar la basura en cualquier sitio o volver a aquel famoso eslogan del “mantenga limpia España, es cosa de todos”. Hay una cuestión que también ha traído el virus y que es tumbativa a la hora de tomar conciencia y optar por una vida un poquito más limpia y solidaria, que no debemos olvidar nunca (y menos estas navidades): con una vida más sostenible normalizada es casi seguro que no tendremos que volver a dejar que nuestra gente se muera sola por un maldito virus. Hagámoslo por ellos. 

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