Martes, 25.09.2018 - 07:47 h

El ' espíritu Korta', alma y drama de los empresarios vascos frente a ETA

Joxe Mari Korta amaba a su tierra y el ciclismo

Hubo un tiempo en que era muy complicado conseguir que los empresarios vascos contaran a toda la sociedad los logros de sus iniciativas y cómo a través de tesón, innovación y mucho trabajo se podía tener una comunidad autónoma como el País Vasco en el podium de las más desarrolladas de Europa. “Es mejor no hacerse notar demasiado, que luego los chicos de las pistolas ya sabes...” tuvieron que decir en demasiadas ocasiones, con crisis y sin ella, con beneficios o en pérdidas. No era el dinero lo importante, sino el tremendo daño que a toda la sociedad vasca estaba haciendo ETA con sus asesinatos, extorsiones, secuestros y amenazas. Estoy seguro que después de leer este viernes el comunicado de la banda terrorista donde, a su modo, intenta reconocer el daño que a hecho y muestra su pesar, por la mente de los empresarios vascos han pasado muchas imágenes y momentos dolorosos, por ver amigos muertos solo por el hecho de ser empresarios o familias amedrentadas (incluso las suyas) porque un extraño se había acercado a sus hijos al salir del colegio para decirles que les tenía en el punto de mira.

La democracia, el Estado de Derecho, la resiliencia de la sociedad vasca, Francia… podemos atribuir muchas medallas y buscar muchas razones para cantar victoria sobre el terrorismo de ETA, una vez que sabemos que la banda está casi entregada, pero si hay unos héroes que no deben quedar en el anonimato en este momento son los empresarios vascos. No solo ponían cada día en juego su dinero y su proyecto profesional, sino que arriesgaban su propia integridad física y muchas veces la de sus familias por resistir a la extorsión y las amenazas. Incluso los que pagaron tienen tanto mérito que los que no lo hicieron, porque también sufrieron y pasaron muchas noches sin dormir y otras tantas mañanas mirando debajo de su coche antes de arrancar. Y más alto fue el precio de quienes tuvieron que huir y dejarlo todo por proteger a su familia, o se dejaron la vida en ello.

Todavía recuerdo con nitidez la pasión con la que Joxe Mari Korta, presidente de la patronal guipuzcoana Adegi, asesinado por ETA en agosto de 2000, me explicaba lo que eran los husillos a bolas, el producto con el que se había abierto camino en la exportación en un sector tan complicado como la máquina herramienta. Él puede ser el ejemplo más fiel del alma y el drama que los empresarios vascos han soportado durante décadas. Apostaba y amaba su entorno en Zumaia, el monte y la bicicleta, se elevaba cuando hablaba de lo importante que es la formación para los jóvenes y el trabajo en las ikastolas, y derrochaba pasión sin querer para hacer ver a todo el mundo la labor social y de progreso que los empresarios ponían al servicio de todos. Un hombre de la tierra, nacido en una familia de doce hermanos, hecho a sí mismo pero siempre pensando en los demás. La sinrazón de ETA lo hizo pedazos con una bomba en la puerta de su empresas y el mazazo para el empresariado vasco fue rotundo.

En su entierro en la iglesia de Zumaia estaban todos, los buenos y los malos, los políticos españoles y los vascos, nacionalistas y constitucionalistas, el poder y el pueblo… y nadie destacaba por nada ni estaba a allí por estar. Ese crimen hizo un daño tan profundo que estoy seguro de que lo sintieron hasta sus propios asesinos, aunque hayamos tenido que esperar casi dieciocho años más para leer un “lo sentimos de veras” en Gara. Apenas un día después de su muerte, el entonces secretario general de Adegi, José María Ruiz Urchegui, que unos años antes tuvo muy cerca otra bomba de ETA en su coche, sacaba el coraje que le quedaba y con el corazón roto me explicaba lo que era el ‘espíritu Korta’: “El trabajo diario, amor por las pequeñas cosas de talla humana, ayudar a los demás, compromiso y diálogo sin límites, incluso asumiendo el riesgo de equivocarse. Él ha sido siempre así. Son cosas generales, de una condición ética, sin más. Los empresarios vascos queremos que los políticos apliquen el espíritu Korta. Hay que reconocer los errores y rectificar”.

Hay pocas formas más sentidas de definir lo que es la esencia de los empresarios vascos que con el ejemplo de Joxe Mari Korta y de todos los que, como él, han sufrido tanto por hacer progresar a la que hoy es la autonomía más próspera e innovadora de España. Era un momento en el que la situación política estaba enquistada, había fallado el dialogo PNV-EH, los políticos estaban inmersos “en una especia de guerrilla por el voto a corto plazo” y el hachazo del terrorismo ponía a la sociedad al borde de una escisión brutal, sin ánimo para avanzar y con el independentismo empujando a todos hacia el precipicio. Y aún así, en medio del dolor, los empresarios pedían sensatez a los políticos para no echar por tierra el bienestar de todos, el futuro de los jóvenes y la merecida jubilación de los mayores. “Los empresarios nunca vamos a posicionarnos sobre éste o aquel marco político, ni podemos ni debemos hacerlo. Lo que queremos es estabilidad, una imagen de país que nos permita emprender proyectos. Nada más. No vamos a decantarnos por una u otra opción, por mucho que nos duela y aunque nos estén machacando, que lo están haciendo”, admitía con crudeza Ruiz Urchegi.

No me puedo imaginar lo feliz que sería Joxe Mari Korta ahora viendo cómo la normalidad y el diálogo que él tanto defendía se han impuesto a la barbarie. Qué bueno sería que en un momento como este, ante el fin de ETA (algo que muchos creían imposible), su ejemplo y el de todos los empresarios vascos que sufrieron los años del plomo y del independentismo radical sirviera para que en otras comunidades se imponga “el diálogo sin límites” y no se genere un enfrentamiento social irreversible que solo llevará al caos y la pobreza de quienes también pueden ser una autonomía líder en Europa.

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