Miércoles, 20.11.2019 - 06:19 h

Gobernar tras el 10-N va a ser cosa de héroes

Con tanta preocupación por reubicar los restos de Franco y digerir la subida de aranceles de Trump al vino y al aceite, en plena precampaña electoral, casi nadie se ha parado a pensar en lo que vendrá a partir del día siguiente al 10-N y la tremenda tormenta que va a tener que capear quien se atreva a gobernar, muy probablemente en minoría. La encuesta preelectoral que publique el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) va a marcar un antes y un después en las estrategias de los partidos políticos, a sabiendas de que los datos hasta ahora recogidos vienen demasiado contaminados por una situación envenenada de incertidumbre social. Ahí se empezarán a ver las orejas al lobo.

Asumido ya que con una abstención amplia (mínimo del 30%), los más beneficiados son los dos partidos mayoritarios y los más castigados los que se quedan en los extremos, una de las grandes incógnitas está ahora en la segunda línea, en la que el hueco se lo disputan Podemos, Ciudadanos y Vox. La fuerza de Albert Rivera llega tocada a la recta final de la campaña, con el techo puesto por sus propias encuestas en el entorno de los treinta escaños, prácticamente los mismos a los que aspira Vox y el nivel al que puede caer Iglesias tras el efecto Errejón. Desde Vox están lanzados con tres caravanas electorales dando vueltas por media España, con el objetivo de conquistar los escaños que se quedaron a muy poquitos votos en ocho provincias, y completar su ascenso. Y mientras la extrema derecha sube, sus dos contrincantes en esa liga están a la baja y con muy malos augurios.

Es decir, que si todo sale como está previsto y el PSOE gana en minoría de nuevo, con pocos más escaños que los 123 que tiene, tendrá enfrente a un PP reforzado por la vieja guardia económica y en claro ascenso tras los derrapes de Ciudadanos, y se verá en la tesitura de buscar socio de Gobierno, puntual o estratégico, entre lo que quede de la batalla de la segunda línea, con permiso de Errejón.

Ese posible Gobierno socialista en minoría se va a encontrar, de entrada, una sociedad catalana erizada y dividida por la sentencia del ‘procés’, cuyas consecuencias se van a ver enturbiadas por todas las soflamas que desde un lado y otro se hayan dicho en campaña electoral. El respeto a las sentencias judiciales se da por asumido, pero la publicación del fallo más importante en la historia de España de los últimos cuarenta años en plena pelea electoral, va a ensuciar burdamente el trabajo de los jueces y eso se dejará notar más allá del 10-N. Todo después de mover los restos de Franco y resucitar fogonazos de lo peor de nuestra historia reciente, que al PSOE solo le van a servir para reafirmar el voto de los suyos, ante una derecha muy astuta y moderna que huye de la idea y el concepto de un franquismo mal visto socialmente y desconocido para los más jóvenes, aunque asimile y adapte a nuestros tiempos parte de su ideología para convencerles.

Cierto es que el PSOE se mantendrá en la Moncloa después de ocho meses de gobierno y casi otros ocho en funciones, en los que ha prometido y preparado muchas cosas que ahora irán saliendo deprisa. Pero cuidado, en un escenario que ya no es el de antes del verano (cuando debían haber formado gobierno) y tras un desgaste duro de asumir. La desaceleración económica nos lleva a la parte más baja del ciclo y a una situación en la que ya no se va a poder presumir de creación de empleo, sino excusar la subida del paro sin haber quitado de en medio el lastre de la anterior crisis dura.

El PP estará rearmado, sobre todo en el flanco económico, y Sánchez tiene a su mejor baza en la ministra de Economía, que no deja de pensar en su carrera internacional. En ese contexto habrá que pactar una reforma de las pensiones más en entredicho que nunca y una nueva financiación autonómica en la que, a diferencia de las demás cerradas hasta la fecha, no hay dinero para todos y la pauta la marca el recorte de ingresos básicos y la reducción del déficit.

Y si el patio está poco revuelto a nivel interno, la anunciada crisis llegará desde fuera de nuestras fronteras y se cebará en la gran dependencia económica exterior del país. Con los tipos bajos no hay mucho miedo para la deuda, pero los azotes arancelarios de Trump y su guerra con China y con todo lo que no le cuadre a su “América first” , pueden dejar muy tocados a sectores básicos de la economía española, como el automóvil o la industria alimentaria, y eso tarda muy poco en convertirse en menos empleo, caída del consumo, falta de inversión y más deuda privada. Todo aderezado con un Brexit que tarde o temprano llegará y cuyas consecuencias reales, por más que se prevean sobre el papel, solo se van a ver cuando las tengamos encima.

Al final, si en el tablero político del 10-N quedan dos partidos fuertes y triple empate en la segunda fila, con ‘sorpasso’ o no de Vox sobre el resto, lo de menos va a ser sacar adelante una investidura. Al primer héroe que se proponga ser presidente se lo colocan con una simple abstención, a la vista de que el reto que tiene que afrontar le va a desgastar de tal manera que será mejor verlo desde la barrera que ponerse delante, y esperar a que la breva caiga, como mucho, en cuatro años.

Ahora en Portada 

Comentarios
NOTRACKING