Jueves, 23.05.2019 - 21:45 h

La España vacía era la Corte Real hace dos siglos… ¡Volvamos a serlo!

Hace tres años tuve la suerte de dar con un ‘Mapa de las Cercanías de Madrid’, dedicado a Carlos III y hecho a plumilla en 1760 por “su más humilde vasallo y pensionista” Thomas López. El documento incluía todos los pueblos y municipios que se agolpaban a poco más de cien kilómetros a la redonda de la capital que se consideraban el centro neurálgico del país, dado que muchos de ellos (destacados con una flecha), eran “lugares por quienes Madrid habla en Cortes”. Y en ese cogollo estaba lo que ahora es parte de Guadalajara, Segovia, Cuenca, Toledo y Ávila, con localidades aglutinadas en torno a las cuencas de los ríos comunicados por caminos (de una y de dos ruedas) paralelos a su cauce. Hoy, gran parte de esa zona tocada hace dos siglos por la mano mágica de la Corona, es parte de lo que llamamos la España vacía o la Laponia del Sur, pueblos que, a pesar de que se ha ordenado todo en forma de provincias, se han hecho carreteras y ferrocarriles, hay luz y agua canalizada en los hogares y existe internet, la gente esta sola, los pueblos se han vaciado y, por más cercanías que sean de la capital, los beneplácitos de la Corte no llegan nunca. Y si ese fenómeno de olvido de lo que fueron los hogares de nuestros antepasados es patente en los alrededores de la capital, cabe imaginarse lo dramático de la situación cuando se sale de los cien kilómetros que recorrió el cartógrafo con su plumilla.

Hace cincuenta años, dejar el pueblo después de una infancia en la escuela nocturna y trabajo duro en el campo, era una proeza que no todo el mundo lograba. Tener un puesto de trabajo en una de las grandes fábricas de mano de obra intensiva de los sesenta y setenta, comprar un piso en la capital más cercana y llevar a los hijos a un colegio en la ciudad, con opciones de que pudieran llegar a la universidad, era progresar y triunfar en la vida. Muchos para ello emigraron a Suiza y a Alemania. Quienes lo vivieron aseguran que era desolador ver salir cada mes un autobús lleno de jóvenes del pueblo a un futuro incierto en Europa, pero también era su elección de vida y la forma de salir de un círculo duro de escasez tras una dura posguerra. Pero además era heroico: los que se quedaban, eran menos a repartir la miseria.

Las razones que explican el fenómeno demográfico y social de la despoblación en las zonas rurales de España son muchas, pero de nada vale lamentarnos ni buscar culpables, es la vida que a muchos les ha tocado vivir lo que ha generado esta situación. Ahora es el momento de buscar soluciones que estén acordes con los nuevos tiempos que tenemos encima y eviten que mueran nuestras raíces, las que explican por qué existimos. Es bueno tener una marcha multitudinaria en la capital para recordar a la gente de que el campo existe y se muere si no se toman medidas, de que hay vida más allá de las estampas bonitas que vemos desde el coche, en Google Maps o en un fin de semana de casa rural. Pero vista de cerca desde dentro, es una vida muy difícil, que si no recibe algún tipo de apoyo público o privado (o ambos), lleva a morir muchos rincones de España que en otros tiempos fueron parte importante de la existencia de alguien, de sus vivencias. Solo por esa razón merece la pena conservarlos.

Se ha establecido que la marcha de Madrid por la España vacía de este domingo sea apolítica, pero nadie va a poder evitar que pasen a hacerse la foto algunos líderes en plena precampaña electoral. Al menos se va a lograr que se hable de algunos de los dramas que sufre la España rural y que no son lógicos en pleno siglo XXI en un país avanzado como se supone que es el nuestro. Por ejemplo, la sanidad no llega a tiempo a todas las zonas. Si te da un infarto u otro tipo de ataque duro en un pueblo perdido de la España vacía, tienes muchas posibilidades de no llegar a tiempo a un hospital que pueda remediar el peor desenlace. No hay escuelas cercanas para llevar a los hijos, lo de internet es una quimera en la mayor parte de estas zonas rurales y es vergonzoso e insultante ver como de repente, antes de unas elecciones, las diputaciones o los gobiernos regionales de turno se afanan en limpiar las carreteras (sin que lo pida nadie), arreglar algún camino, mandar unos columpios para un parque que no se usa porque no hay niños o arreglar por fin la fachada del ayuntamiento o de algún monumento o reliquia histórica del pueblo, eso sí, que se pueda inaugurar con corte de cinta y todo antes de ir a votar.

Vivir de la agricultura es algo que solo pueden hacer un millón de privilegiados en esta país a nivel profesional, que un su mayor parte residen en la capital más cercana a las tierras que trabajan, no en el pueblo que les vio nacer (y son muy libres de hacerlo). Y la opción de los llamados planes de desarrollo rural nunca ha servido para repoblar la España más desfavorecida, porque hacen falta algo más que subvenciones para revivir los pueblos y las comarcas vacías. Pero sí tenemos buenas oportunidades de no dejar que esa parte de España muera si sabemos aprovechar las opciones de lo que se ha llamado la cuarta revolución industrial, la de la tecnología. Usemos los pueblos para generar ocio a quienes no tienen una vida fácil en las ciudades, apostemos de verdad por el turismo rural o cultural, hablemos de comarcas enteras en lugar de pueblos aislados y, por supuesto, conectemos todo a gran escala a través de la tecnología, para que nadie esté solo cuando se quiera comunicar con la sociedad sin importar la distancia y sin que sea un coste inasumible para quienes están en las peores condiciones. Compartir es vivir y avanzar, y si la tecnología permite a la España rural compartir su vida con la gran capital, seguro que entre ambas partes algo avanzan. Eso se supone que es posible ¿Por qué no lo hacemos? ¿Dónde están las diputaciones y los gobiernos regionales para llevarlo a cabo de forma decidida?

Que nadie juegue a la política con esto. Lo que ocurre en la España vacía no es cuestión de siglas de partidos, es cuestión de personas y voluntades. La política es un cáncer en los pueblos pequeños que solo consume energía y no lleva a nada. Precisamente, uno de los grandes frenos al desarrollo de las zonas rurales ha sido la ambición ciega de muchos políticos locales, que usan el lamento de quienes sufren en el campo para subir en el escalafón del partido y pasarse a la capital, que es donde creen que se hace política con la que se progresa. Así no vamos a ningún lado y pagan siempre los mismos, los pueblos.

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