Sábado, 24.08.2019 - 20:33 h

Turismo, construcción, servicios... se nos ha olvidado innovar

Uno de los más avezados economistas de este país advertía hace un par de meses que por más datos sobre crecimiento y empleo que se den en los titulares, el momento económico del país presentaba dos verdades que, por evidentes, pueden no verse con claridad: una, que las cifras sobre la bonanza económica van a la baja (ya se crece por debajo del 3% y la creación de empleo ha olvidado lo del medio millón de nuevos puestos al año); y la otra, que estamos repitiendo el modelo que nos llevó al desastre hace una década sin medidas claras para evitarlo: una economía basada de nuevo en el turismo y la construcción, sin un desarrollo industrial y tecnológico de futuro ni áreas de valor añadido que puedan hacer de motor, más allá de la automoción.

Mientras nos devanamos el cerebro para adivinar si hay burbuja o no, cegados en la comparación con lo que fue en 2007, resulta que los precios de la vivienda ya tocan aquellos niveles de infarto y en España hay casi medio millón de casas vacías que no se venden porque todo el mundo prefiere presumir de lo nuevo, hasta el punto de que unas 70.000 de esas viviendas van a tener que ser demolidas porque no las quiere nadie. ¿Dónde queda aquello del derecho a una vivienda digna, que dice la Constitución, cuándo hay que derribar ladrillo que bien pudiera serlo?

Todo ello sin tener en cuenta el dato más demoledor, que es (y fue) la verdadera seña de identidad de que algo está distorsionado con la vivienda: el caos en el negocio del alquiler. Un zulo en Madrid puede costar 500 euros al mes, y un piso supuestamente digno en una zona céntrica, cuatro veces esa cantidad. Los alquileres en el centro de las grandes ciudades van camino de ser prohibitivos, sobre todo cuando si se aplica menos de la mitad de esa renta a una hipoteca, se puede comprar un piso nuevo en los aledaños de esas mismas capitales. Un hecho: por la mitad de lo que vale un alquiler en el centro de Madrid, te puedes comprar un apartamento de lujo en Guadalajara, a media hora de camino en coche y poco más en autobús. Será por eso que la tercera parte de la población de la capital alcarreña va y viene a Madrid cada día a trabajar. Pero también lo será porque ese fenómeno es la antesala del descalabro inmobiliario. Solo falta que los bancos relajen un poquito las condiciones en las que dan los créditos hipotecarios, como han hecho ya con los que ofrecen para el consumo (a un tipo más alto) y como ha denunciado que ocurre en España el propio Banco Central Europeo (BCE).

En el otro contrapeso económico, el gran invento del turismo tira ya de más de 2,5 millones de empleo y genera actividad, pero muy marcada por la temporalidad y las contrataciones a tiempo parcial, como en el resto del sector servicios, el de más peso en nuestra estructura económica. Con esa base, mal se van a poder subir las rentas de los asalariados entre un 2% y un 3%, por más pacto que se escenifique con patronal y sindicatos. Y peor se va a poder pagar más allá de un alquiler en las afueras de Madrid.

todo ese riesgo a la vista, el Gobierno de Sánchez pretende poner en marcha un Presupuesto expansivo, que sirva para crecer más aunque sea a costa de gastar más dinero público en ello tras subir los impuestos a las empresas. Tal vez un ajuste fiscal sea necesario, después de la falla en la recaudación del último año de Montoro y ante un maremagnum tributario que necesita cierto orden en España. Pero mucho cuidado con ahogar a las empresas con ese proceso, sobre todo a las grandes, que son las que pagan más impuestos con diferencia, aunque pueda parecer lo contrario. En una economía globalizada y sin fronteras para ingresar, los grupos corporativos eligen donde pagar impuestos, y cambiar su sede fiscal en busca de menos apreturas y más certidumbre, es muy fácil. Un presupuesto expansivo y subir impuestos de forma comedida y pactada, puede servir para recuperar el consumo interno y la inversión, que aunque crezcan, están en clara tendencia a la baja. Asfixiar a las empresas, en busca de un cambio social utópico o por un puñado de votos para seguir en el poder, puede ser un suicidio colectivo con la tendencia actual.

Reformas sí, muchas, pero que vayan camino de promover el I+D+i, que lleva una década olvidado en España; o que vayan en la línea de acabar con monopolios absurdos y promuevan unas telecomunicaciones o un suministro eléctrico más barato y acorde con la tan nombrada transición ecológica. Con tanta carga política, una estrategia oficial de anunciarlo todo (que algo quedará) y unas tensiones independentistas que no tienen en cuenta el progreso social, a este país se le ha olvidado innovar, hasta el punto de que se prefiere crecer por la inercia del turismo y el precio de los pisos, que sobre unas bases sólidas de futuro para una generación que, queramos o no, va a trabajar menos que nosotros.

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