Viernes, 06.12.2019 - 01:34 h

Una cumbre climática en un país que aún no sabe pensar en verde

Todos los expertos en cambio climático que van a llegar a Madrid este fin de semana para la COP25 lo tienen muy claro: la economía del futuro o es sostenible o no es. Por debajo de las grandes diatribas y los compromisos políticos sobre el papel que salgan de la cita de Ifema, se va generando poco a poco una base sobre la que orientar todas las actuaciones de los ciudadanos, las empresas y la Administración hacia un modelo económico y social que sea menos dañino que hasta ahora con el medio ambiente y reduzca en lo posible la nube gris que se coloca sobre las grandes ciudades cuando no llueve. Hasta ahí la teoría. Pero un mero análisis de esa conciencia sostenible que pretende impregnarlo todo deja a las claras lo mucho que queda por hacer a todos los niveles.

Es inquietante pensar, cada vez que abrimos el grifo y sale agua en el hogar de cualquier país avanzado, qué ocurriría si algún día ese recurso no estuviera a nuestra disposición con esa facilidad, como antaño o como ocurre en muchas partes del mundo a las que no les ha dado tiempo a llegar a tamaño avance. Aunque parezca mentira, ese es uno de los riesgos a los que nos enfrentamos si seguimos por el camino actual y no medimos el impacto medioambiental de cada cosa que hacemos. Pero para entenderlo, hace falta un gran esfuerzo desde los poderes públicos y económicos que permita ordenar bien las cosas, porque no se puede cortar de la noche a la mañana la producción de plásticos o derivados del petróleo solo porque una niña sueca llena de contradicciones lo diga.

Claro que se puede contaminar menos, pero nos faltan datos sobre la rentabilidad que tienen la sostenibilidad y la economía circular a todos los niveles. Faltan métricas que midan cuanto cuesta la economía verde y cuánto nos puede dar a futuro, y eso es una de las claves de la falta de concienciación social que todavía existe. Durante las últimas décadas se ha puesto todo el peso en el reciclaje, que es el final del proceso, pero no en medir los ahorros que nos ofrece una producción sostenible, que sería el inicio de todo. Es lo que se conoce como economía circular, cuyo círculo está todavía sin cerrar.

Cada vez hay más convencimiento social de que las energías renovables son la panacea de todos los males, pero para que ese fenómeno no lleve a ninguna duda, deberemos conocer bien su rentabilidad, la capacidad de almacenaje y las posibilidades que tiene de darnos una calidad de vida mejor que la que ya tenemos con la energía que se produce con otros combustibles fósiles. Hay que ser realistas, aunque sepamos que lo natural es mejor que lo contaminante, no lo vamos a medir ni evaluar con ese parámetro en las sociedades avanzadas, lo vamos a medir según la comodidad y el ahorro que nos ofrezca, y no todo lo renovable tiene el mismo recorrido en ese proceso. El autoconsumo a partir de energía solar avanza, pero para convencer tiene que superar aún las ventajas que ofrece el gas en un hogar, o la rentabilidad que necesita una empresa en su gasto energético.

En ese camino hacia lo renovable y lo circular, van a surgir muchos nichos de negocio que puede ofrecer grandes avances y que necesitan un empujón por parte de quienes pueden darlo: los poderes públicos y las grandes empresas, que son quienes mueven la investigación y el desarrollo en España. La geotermia es una gran innovación para los hogares en los que se puede implantar y tiene muchos ámbitos de desarrollo donde generar mercado; la digitalización y el big data sobre usos, hábitos de consumo y ahorros de energía puede abrir huecos de negocio inimaginables todavía; la agricultura ecológica es lo que todos desearíamos tener en la puerta de casa, pero es imposible porque no es rentable; y hasta en materia de educación y concienciación medioambiental pueden surgir nuevas ideas que vayan más allá de las manidas charlas en colegios, que han caído en el olvido, aunque solo sea porque educar para la sostenibilidad no tiene edad y es otra cosa mucho más amplia.

La apuesta pública por investigar y promover la economía circular en España lleva en dique seco unos cuantos años, tal y como denuncia la Fundación Cotec en su último informe y nadie se atreve a desmentir. Y la iniciativa del nuevo Gobierno y su Ministerio de Transición Ecológica todavía es un proyecto sobre un papel, que se va a dar un baño de multitudes esta semana, pero seguirá estando sobre el papel, a la espera de que seamos capaces de tener un Gobierno estable, que no contamine la convivencia con socios que anteponen su egoísmo político a todo, como hasta ahora.

Han empezado a moverse las grandes empresas con buenas apuestas como el coche eléctrico, el gas, las energías limpias, la construcción ‘ecológica’, la rehabilitación sostenible que recupere patrimonio sin dañar a nadie, las apps con nuevas métricas y todo un cúmulo de iniciativas que pueden arrastrar a muchas pymes y dar pasitos de progreso. Pero necesitan tener ayuntamientos y comunidades que sean capaces de apoyarles, en lugar de generar una maraña de normas y burocracia que todo lo ensucia; de ceder para aprovechar sinergias sin limitaciones ideológicas absurdas y que nos lleven a todos a creer que pensar en verde es posible en nuestro día a día, cosa que por ahora nos desmiente la cruda realidad de un país cuyos vertidos duplican la media europea sin paliativos.

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