Jueves, 27.06.2019 - 07:15 h

¿Volveremos a ver un Pacto de Toledo donde se hable del bienestar de la gente?

Han pasado más de cuarenta días desde que votamos para tener un nuevo Gobierno y ahora sabemos que deberemos esperar casi otros cuarenta para que tenga lugar el pleno de investidura y se pueda formar otro Ejecutivo de Sánchez, una vez que se haya negociado todo lo negociable en ayuntamientos y comunidades autónomas. En esa vorágine local nos hemos olvidado de que no tenemos Gobierno central y, para cuando haya tomado posesión, en la segunda mitad de julio, habrá que irse de vacaciones, de forma que hasta bien entrado septiembre aquí paz y después gloria. Mientras tanto, no son pocos los problemas a medio y largo plazo que amenazan el día a día de los ministerios en funciones, con todos los equipos pendientes de si les moverán la silla o seguirán en sus puestos. La tranquilidad con la que Pedro Sánchez afronta la situación, sin importarle retrasos y desgobiernos más allá de sacar adelante su propia investidura, hace pensar dos cosas: que está por encima de todo, primero, y que va a renovar un gabinete con pocos cambios, más bien con los mismos peones, salvo excepciones lógicas, y el refuerzo de algunas figuras destacadas de los casi nueve meses de la etapa anterior.

El informe económico del Banco de España de hace algo más de una semana y las recientes recomendaciones del Consejo Europeo para la economía española son dos avisos a navegantes que deberían hacer salir al Ejecutivo (en funciones) del bucle de que todo se soluciona con la transición energética y la digitalización. Y el ejemplo más claro son las pensiones: hasta que les lleguen los beneficios de ambas revoluciones vía más empleo y cotizaciones a la Seguridad Social, con el paro y la temporalidad que sufre nuestro país, van a pasar muchos lustros. Mientras, la gente se jubila con una media de 1.600 euros al mes, uno de los datos más elevados de Europa en comparación equivalente con el nivel de vida del país, y la pirámide de población no da para más. La generación del ‘baby boom’, de la década de los sesenta, empezará muy pronto a engrosar las filas de los pensionistas, con más esperanza de vida cada día, pero con una base menor de trabajadores que coticen para sufragar su prestación. Hasta la UE se lo ha advertido al Gobierno, para que evite tomar medidas ahora que ahoguen el sistema dentro de una década.

Del lado optimista, cabe pensar que habrá pensiones para todos por el momento y durante algunas décadas más, aunque nos hayamos cargado la hucha para pagar la crisis; del lado más realista, si hacemos caso a la mayor parte de los expertos en este tema, es evidente que esa pensión será menor que la que ahora se cobra. De ahí la advertencia comunitaria para que se articulen medidas que controlen una subida media que pone en peligro el reparto futuro. El índice de revalorización que controlaba esa evolución se ha sustituido por el IPC de nuevo y ha levantado las alarmas, por más injusto que parezca a corto plazo no reconocer que la jubilación suba según el coste de la vida. Así debe ser, siempre que se pueda, no como una medida electoral tomada de cara a la galería y, que duda cabe, que ha supuesto muchos votos para el centro izquierda que la ha defendido. Pero ese cálculo de si se puede o no, no está hecho.

Resulta tranquilizador saber que dentro del Gobierno, por más en funciones que esté, ya hay quien se está preocupando de analizar soluciones paliativas para complementar esa pensión más baja a futuro, como el sistema de la 'mochila austríaca', tamizado a la italiana y adaptado a la realidad española. Su validez en otros países demuestra que puede ser un sistema brillante para que los trabajadores actuales puedan complementar su pensión a futuro, con parte del dinero acumulado de un posible despido. Sobre todo para quienes no han sido despedidos demasiadas veces, que por suerte, son la mayoría en este país. Eso sí, antes debemos desmitificar de una vez por todas el contrato fijo para toda la vida y pensar en un mundo laboral más abierto, con opciones de emprender y de profesionalizarse y haciendo valer el diferencial que cada cual sea capaz de aportar en su trabajo.

Pero la 'mochila austríaca' o los modelos de pensiones complementarias y planes de empleo ('matching contribution') que existen en todo el mundo, son solo una parte de las posibles soluciones que hay que poner sobre la mesa para modular un nuevo modelo de vida a quienes llegan al final de su vida laboral, sobre todo si durante ella lo han dado todo para poder sufragar las pensiones de sus mayores. Si hay algo que corre prisa poner en marcha en cuanto haya nuevo Gobierno y tras el merecido descanso vacacional, es el Pacto de Toledo. Su última ruptura por cuestiones de pura ambición política dejaron muy mal sabor de boca, y los enfrentamientos políticos tras los periplos electorales, con más avaricia política todavía sobre la mesa, son muy desalentadores como para pensar que ese pacto puede volver a ser lo que era, la gran esperanza para pensar en el reparto de las pensiones sin mezquindades partidistas y con el bienestar de la gente como meta básica. Qué bonito sería que del Pacto de Toledo saliera un abanico de opciones para que la gente pudiera elegir como sufragar el coste de su vejez de la mejor manera, dentro de sus posibilidades. ¿Por qué creo que eso es mucho pedir?

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